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Diarios

Rafael Chirbes: Diarios

lunes 22 de noviembre de 2021, 09:44h
Rafael Chirbes: Diarios
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Prólogos de Marta Sanz y Fernando Valls. Anagrama. Barcelona, 2021. 472 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 11,99 €. El autor de la multipremiada novela “En la orilla”, nos ofrece unos duros y amargos diarios, a corazón abierto. Inclementes con casi todo y con casi todos, especialmente consigo mismo. Por Carmen R. Santos

“Como me derrumbo y empiezo a pensar una vez más que esa idea que tengo de que puedo llegar a ser escritor es una fantasía de ególatra, vuelvo a la modestia de estos cuadernos, que no son para nadie, que no compiten con nadie. Ni están al albur del juicio de nadie. Ellos son ellos mismos, y yo a solas conmigo”, escribe Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949-2015) en Diarios. A ratos perdidos 1 y 2 -para él “cuadernos”-, que acaban de ven la luz de manera póstuma, y que, en esta condición de haberse publicado cuando el autor valenciano ya había fallecido, se suman a su última novela, París-Austerlitz (2016), en la que ya se apreciaba un componente autobiográfico –como lo hay en cierta medida en alguna de sus otras novelas-, aunque todavía camuflado por la ficción.

Ahora, sin embargo, Chirbes da un salto mortal sin red, se despoja de cualquier máscara, y se enfrenta a sí mismo, y a los demás y al mundo, a solas consigo mismo, y lo lleva a cabo a corazón abierto en un implacable ejercicio de autoanálisis, en unos diarios tan sinceros como quizá se hayan escrito pocos con tal grado de amargura y dureza.

Esta primera entrega -habrá más-, arranca en abril 1984, cuando Chirbes está al borde de la cuarentena y aún no se ha publicado Mimoun (1988), su debut como novelista, finalista con ella del Premio Herralde, y alcanzan hasta el 1 de marzo de 2005, la última entrada consignada. En esos momentos, Chirbes enfila hacia los sesenta años, y todavía quedan dos para la aparición de Crematorio (2007), Premio de la Crítica, aldabonazo en la literatura española de un recién estrenado siglo XXI, y algunos más para En la orilla (2013), que se alza con el Premio Nacional de Narrativa, repite con el de la Crítica, entre otros galardones.

No es extraño que Chirbes fuera un escritor tardío, dada la complejísima relación que tenía con la literatura, con su anhelo de ser escritor, que no deja de juzgar como una “fantasía de ególatra”, según señalamos al inicio de esta reseña. Chirbes mantiene con la escritura una relación tormentosa, ambivalente. Para él, la escritura, como sucede con todos aquellos que se ponen el listón muy alto y se autoexigen sin concesiones, es un potro de tortura, al que, sin embargo, no puede dejar de encadenarse, pues el remedio es peor que la enfermedad: “Estoy poseído por unos personajes que son fantasmas, humos de mi desvarío, como en una representación barroca. Me han ocupado y no consigo expulsarlos de mi casa, a pesar de que ni me interesan ni me los creo”, y concluye, “pero, fuera de ellos, no veo”, confesando: “Noto que la literatura ha perdido toda coloratura para mí. Lo peor de todo es que fuera de ella estoy a la deriva”, y “llevo días sin escribir. Me siento vacío, vacío, vacío”.

Comprobamos con nitidez este bifronte nexo en sus diarios, que nos sumergen también en su cocina literaria, con análisis de su propia obra y de los avatares de la creación. Por ejemplo, aborda una de las cuestiones capitales de la narrativa, como es la elección del punto de vista: “La tercera persona convierte el relato en destino. Un pueblo, una clase, cualquier grupo, son una narración. Toman forma por el hecho de que alguien los agrupa bajo una palabra que los incluye, al tiempo que excluye de ese enunciado a los demás. El problema es la legitimidad del narrador, quién es él para narrar, quién para incluir y excluir, para tomar un camino u otro; en nombre de quién y con qué derecho lo hace”.

Y, naturalmente, como no podía ser de otra forma, son asimismo un diario de lecturas, esa actividad que siempre le acompaña. Entre otras referencias, nos remite a sus lecturas y relecturas de Proust, de Pérez Galdós, de Baroja, de Marsé, de Martín Gaite, de Vázquez Montalbán, de Corpus Bargas, y elogia El hombre sin atributos, de Robert Musil -“Con Musil uno toca el cielo”-, Moby Dick, de Melville, entre otros libros, y nos releva a quienes son en gran medida sus santos patrones: Balzac y Dostoievski. Especialmente, le atrae el tortuoso escritor ruso: “Conozco pocas novelas tan soberbiamente construidas y concluidas como El idiota”; “parecía un alma a la deriva que se hubiera encontrado por casualidad con un cuerpo al que sacaba adelante como podía. Todo esto es Dostoievski, de los Karamázov”.

No elude Chirbes sus fobias, arremetiendo contra, entre otros, Belén Gopegui, Eduardo Mendoza, Pérez-Reverte, sobre todo el de Cabo Trafalgar, Roberto Bolaño, o Antonio Muñoz Molina, y cuenta algunas experiencias de la tarea de promoción de sus libros, como un viaje a Alemania en 2004, surcado por anécdotas que se mueven entre la desolación y disparatadas situaciones. Igualmente, en su gusto por el cine, nos ofrece sus opiniones sobre grandes nombres como Chaplin, Mankiewicz, Visconti, De Sica, Fellini, Rosellini, Martín Patino, Ford, Wilder, Tarkovski, Bergman…

Por otro lado, estos diarios son un repaso de su personalidad, marcada alternativamente por la felicidad, en el fondo siempre incierta, y el abatimiento y la depresión, y de su existencia personal. Chirbes da cuenta sin ambages de sus contradicciones, sus dolencias –su pertinaz insomnio, su pérdida de oído…-, el alzhéimer de su madre, sus viajes, sus temores, sus adicciones -alcohol y drogas-, y, sobre todo, de su vida sexual, en la que, aparte de sus ligues ocasionales de sexo desenfrenado, destaca su relación más continua con François, gozosa pero conflictiva: “El hombre bueno al que estoy obligado a hacerle daño”. Chirbes describe sus encuentros sexuales, sórdidos en no pocas ocasiones, de forma absolutamente cruda y descarnada.

Sin duda, un acierto de este volumen es haber incluido prólogos de Marta Sanz y del profesor Fernando Valls. En el de la escritora madrileña -de quien reseñamos hace poco en este mismo suplemento Parte de mí, con mucho de original diario-, no se dibuja a Chirbes como un ser extraño, maquiavélico, casi un monstruo, como sorpresiva e injustamente, la acusó Juan Manuel Ruiz, amigo de Chirbes, en la presentación de los diarios. Al contrario, si ese prólogo se lee sin prejuicios ni anteojeras, vemos que es respetuoso y honesto. Y la honestidad implica no desparramarse por un encendido ditirambo ni ocultar, más allá de las luces, las sombras, las contradicciones que existen en todo ser humano. Pero la conclusión de Sanz, a quien un sobrino del escritor valenciano, impulsor de la Fundación Rafael Chirbes, le aseguró que a su tío le habría gustado que ella preparase estas páginas, es clara: “Nos dejamos seducir por esa sensación de verdad que conmociona y golpea. Entonces, solo nos resta acompañar y asentir. Vamos”.

En un momento de estos “cuadernos” nos dice Chirbes: “No quiero darle pena a nadie. Prefiero tener pena”. En efecto, consigue su propósito.

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