Espada y Moretti han sabido llegar al público madrileño en la Fundación Juan March con un programa muy escogido, dedicado a obras de los compositores argentinos: un agradabilísimo paseo sonoro por la música nacionalista latinoamericana, que hunde sus raíces en el siglo XIX como consecuencia del orgullo emergente tras las guerras de independencia y que, en lo musical, llevó a muchos compositores a explorar el folclore, con sus elementos nativos y africanos, desde una óptica academicista.
De López Buchardo (1881-1948) se interpretaron cuatro temas (“Si lo hallas” y “Frescas sombras de sauces”, sobre poema de Miguel Andrés Camino (1877-1944) pertenecientes a sus Cinco canciones argentinas al estilo popular, “Canta tu canto, ruiseñor, y vuela”, sobre poema de Ignacio B. Anzoategui (1905-1978), así como “Canción del Carretero”, de sus Seis canciones argentinas al estilo popular, sobre poema de Leopoldo Lugones (1874-1938). López Buchardo, nacido en Buenos Aires, inició su formación en su ciudad natal para después marchar a París, donde estudió con Albert Roussel. De regreso a Argentina fue uno de los principales protagonistas de la vida musical del país ocupando importantes cargos (fue, por ejemplo, miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes e integró la dirección del célebre Teatro Colón). Su obra compositiva es amplia e incluye música sinfónica (Escenas argentinas) y hasta una ópera (El sueño de alma), si bien la mayor parte de su producción es de cámara (Nocturno para cuarteto de cuerdas, flauta, clarinete, arpa y celesta) y, sobre todo, para canto y piano, como la ofrecida el sábado.
El paseo por Argentina terminó con canciones de Alberto Ginastera (1916-1986) Este compositor porteño de música académica, que experimentó una gran variedad de estilos contemporáneos (incluidos el dodecafonismo y la música aleatoria), que estudió con Aaron Copland y que fue maestro, entre otros destacados compositores, de Ástor Piazzolla, está considerado uno de los compositores americanos más importantes del siglo XX. También miembro de la Academia de Bellas Artes, Ginastera fue sobre todo un pensador que aplicó a la música su rigor intelectual y su elegante estilo personal (los lectores posiblemente conocerán su “Canción al árbol del olvido”, sobre poema del poeta, compositor y dramaturgo Fernán Silva Valdés). La muestra de sus canciones populares ofrecidas en el recital del sábado (“Chacarera”, “Triste”, “Zamba”, “Arrorró” y “Gato”), pertenecientes a sus Cinco canciones populares argentinas (Op. 10), son un ejemplo clarísimo de su lectura erudita de lo popular.
Así concluyó la muestra de compositores argentinos. Se echó en falta al compositor Carlos Guastavino (1912-2000), otro de los músicos argentinos insignes del pasado siglo, representante del llamado nacionalismo romántico del país y con una nutrida obra para canción y piano (266 piezas), con temas tan sobresalientes como “La rosa y el sauce” sobre poema de Francisco Silva, “Se equivocó la paloma”, compuesta sobre versos de Rafael Alberti, o su “Nana” sobre el poema de Gabriela Mistral. En su lugar, se abordaron cinco autores brasileños. El primero de ellos fue Heitor Villa-Lobos (1887-1959) y aquí hay que alabar una vez más la selección de los temas. Este compositor es un exponente clarísimo del nacionalismo y modernismo brasileño que, sirviéndose no pocas veces del expresionismo recreó -con un lenguaje europeo bastante reconocible- el folclore de Brasil: lo hizo, por ejemplo, en muchos de sus choros (reuniones de músicos por placer en torno a la comida y la bebida, aunque el término también puede significar “llanto” y, en efecto, en los choros solía tener protagonismo la guitarra, instrumento melancólico donde los haya). Moretti tocó al piano su Choros nº 5 para piano, titulado “Alma brasileira”. A continuación, tras la célebre “Modinha” del compositor, Espada interpretó “Desejo”, “Abril”, “Redondilha”, “Na pas do outono” y “Cançao do marinheiro”.

De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Carlos López Buchardo, Alberto Ginastera, Heitor Villa-Lobos, Óscar Lorenzo Fernández, Mozart Camargo Guarnieri y
Radamés Gnattali.
Siguió a Villa-Lobo, Óscar Lorenzo Fernández (1897-1948). La obra de este autor, fundador del Conservatorio de Música de Brasil -no muy extensa- incluye una ópera (Malazarte), sobre libreto de Graça Aranha, así como obra sinfónica y un ballet. En el recital se interpretaron “Toada para você” y “Berceuse da onda”, una original y bellísima canción de cuna, absolutamente descriptiva, ambientada en el agua.
A continuación se escucharon temas de Mozart Camargo Guarnieri (1907-1993). Miembro de la Academia Brasileira de Música y director del Conservatorio de São Paulo, está considerado el compositor brasileño más importante después de Villa-Lobos. Con obra que comprende sinfonías, conciertos, cantatas, una ópera cómica y música de cámara, en el recital se escucharon tres obras para piano (nº 44 “Desconsolado”, nº 45 “Com alegría” y nº 50 “Lentamente e triste”). Con ellas Moretti, brasileño de nacimiento, brindó al piano al público asistente uno de los momentos más intimistas del recital. Tras este paréntesis pianístico se pudo escuchar la canción “O impossível carinho” y el famoso “Vai, Azulão” sobre poema de Manoel Bandeira.
Siguió Radamés Gnattalli (1906-1988). Este reconocido compositor y arreglista que, tras pasar por el estilo Neo-Romántico y por el jazz, se centró hacia la década de 1960 en los estilos brasileños populares, tiene una obra destacada para guitarra. Espada cantó “Acalanto de John Talbot”, la tercera de las canciones de cuna incluidas en el recital, y “Dona Janaína”.
El paseo por Brasil y el recital no podía concluir sin contar con otro autor “obligado”, Antonio Carlos Jobim (1927-1994), cofundador del género bossa nova, aunque este título se le añadió después, porque su obra es mucho más amplia e incluye también la reelaboración de canciones populares brasileñas. Jobim es uno de los músicos que más ha influido a compositores (su importancia se ha comparado en este aspecto a la de Greshwin), tanto brasileños como estadounidenses desde la mitad del siglo pasado. Las obras elegidas fueron las de dos nombres de mujer, precisamente dos de las musas del compositor, “Lígia” y “Luiza”.
Los artistas obsequiaron un bis de Eduardo Toldrá (1895-1961) que Moretti calificó como “el mejor compositor español de canciones”: “Madre, unos ojuelos vi”.
En definitiva, la soprano María Espada demostró el sábado al público madrileño que, en cuestión de canción, lo que importa no es tanto la técnica de la voz de soprano, como la interpretación: ponerse en lugar del poeta y transmitir su sentimiento. La soprano realizó este cometido a la perfección, haciendo un buen uso de los pianísimos y del filado de la voz, con una expresividad muy convincente -nada afectada- y un estilo muy personal. A su lado, el brasileño Kennedy Moretti al piano demostró que conoce bien el género que se interpretó y que -al menos en el repertorio de Brasil- ha sabido transmitir a la soprano las claves de su interpretación.