Una ópera en cinco actos con música y libreto en ruso de Serguéi Prokófiev, basada en la novela de Valeri Brúisov (1873-1924), de 1907. Esta sería la definición básica de la obra representada el martes en el Teatro Real con un elenco de profesionales que quita la respiración; todos actuando bajo las órdenes de Calixto Bieito y la batuta del director valenciano Gustavo Gimeno, que se sube por vez primera al foso del coliseo madrileño. Sin embargo, El Ángel de Fuego merece una descripción más amplia que se intentará dar a continuación.
Poco representada en la actualidad, la obra se estrenó en 1954 en versión de concierto en el Théâtre des Champs-Elysées, casi treinta años después de que Prokófiev acabara su composición (ésta se gestó entre 1919 y 1927). La ópera no se escenificaría hasta 1955, lo que tendría lugar en La Fenice de Venecia, y en italiano, bajo la dirección de Giorgio Strehler. En Rusia la obra estuvo prohibida durante todo el período soviético y se subió finalmente al escenario en 1991, en el Teatro Kirov de San Petersburgo, bajo la dirección del escenógrafo australiano David Freeman. Siguieron representaciones en Londres, Nueva York, San Francisco y Tokio. El Teatro Marinski repondría en 2020 la misma versión.
El martes El Ángel de Fuego se subió por fin a escena en el Teatro Real, en un estreno protagonizado por la entidad en colaboración con la Opernhaus de Zúrich -que había presentado esta versión en 2017-. Están previstas diez funciones hasta el 5 de abril.
Si hubiera que atribuir dos características a esta ópera de Prokófiev, podrían ser su genialidad y desigualdad. Genial es su música, claramente dentro del expresionismo (amplios intervalos -casi en los extremos de los instrumentos-, acordes vehementes, inflamadas disonancias, dinámica entre el mezzoforte y el forte…), pero con el lenguaje inconfundible de este inmortal compositor, que ha dejado momentos musicales tan soberbios como “La danza de los caballeros”, de su Romeo y Julieta (1914), o “La Marcha Triunfal” de El amor de las tres naranjas (1919); por citar solo dos ejemplos, dado que toda la música de Prokófiev es tan extraordinaria como eminentemente personal. Desigual -respecto de la música- es el argumento; por cierto, claramente anacrónico en la forma en la que se presenta en esta producción, con personajes contextualizados en la Alemania de mitad del siglo XX. El libreto, basado en la obra homónima de Valeri Briúsov, resulta confuso y la razón estriba en la imposibilidad de trasladar al libreto de una ópera una realidad tan compleja como la que propone la novela de este escritor simbolista ruso: su protagonista, Renata, ha sido poseída por un diablo desde la infancia (no otra es la identidad del ángel de fuego), aunque ella siempre pensó que era un ángel celestial. La aparente incongruencia argumental del libreto consiste en que presenta una imagen algo cándida e inocente de esta supuesta “novia del Diablo”. Solo el trágico final -la muerte de Renata en la hoguera tras un exorcismo al que es sometida tras ingresar voluntariamente en un convento- obliga al espectador que no haya leído la novela de Briúsov a repasar y revisar el significado real de la historia (aunque antes ya hayan aparecido pinceladas, por supuesto, como la inclusión de los personajes de Fausto y Mefistófeles en una de las escenas).
Otro punto de desigualdad -respecto de la música- es la partitura para voz, algo brutal o desgarradora en la dinámica y que, desde luego, no está a la altura de la partitura instrumental, salvo cuando Renata comienza a ser interrogada en el convento por el Inquisidor; en este momento Prokófiev pone en boca de la protagonista unas cuantas frases bellísimas que recuerdan a la Desdémona del Otello verdiano. Pero en general, la escritura vocal está muy lejos de la orquestal, dado que ésta experimenta caracteres muy diferentes, que van desde el expresionismo más aparentemente sobrenatural hasta el impresionismo más lírico; concretamente aquí, el espectador iniciado podrá reconocer ecos evidentes de El amor de las tres naranjas y de la evocación que Prokófiev hace en dicha obra del Pelléas y Mélisande debussiniano.
Con todo, la producción que ahora se presenta en el Real, de Calisto Bieito, es extraordinaria. Así, la escena, de Rebecca Ringst, compensa con un movimiento casi continuo (un escenario giratorio sostiene una estructura que recuerda vagamente a un cubo de Rubik, cuyos cuadrados -las estancias de la posada- albergan escenas e interiores diferentes, que aparecen y desaparecen, aprovechando la momentánea desaparición de parte de la escena mientras la estructura gira) lo plano del argumento, que no se presta a muchos cambios escénicos con los dos protagonistas siempre presentes. La iluminación -extraordinaria- es de Franck Evin, que en esta ocasión repone la iluminación de Dino Strucken; compensa el algo mediocre vestuario ideado por Ingo Krügler.
Con todo, quizás lo más digno de alabanza de esta producción sea el trabajo de los dos intérpretes principales. Presentes continuamente escena y cantando casi todo el tiempo (la obra dura dos horas y se presenta sin descanso), el martes evidenciaron profesionalidad y buena forma, tanto vocal como física. El papel de Renata estuvo protagonizado por Ausrine Stundyte. Esta soprano dramática lituana ha sido la Elektra de Strauss en el Festival de Salzburgo, Judit de El Castillo de Barbazul de Bártok en la Staatsoper de Viena, Lady Macbeth de Mtsensk de Chostakóvitch en la Ópera de París o la Isolda de Wagner, entre otros papeles. Su pareja en el escenario, Ruprecht, corrió a cargo de Leigh Melrose. Este barítono inglés -por cierto, especializado en música contemporánea-, ha interpretado el rol de Alberich de El Oro del Rin wagneriano, Edipo de Oedipe, de George Enescu, o Stolzius de Die Soldaten, de Zimmermann.
En total, en el reparto de El Ángel de Fuego que ahora presenta el Teatro Real intervienen dieciocho cantantes de diez nacionalidades distintas, cinco de ellos españoles.
La ópera El Ángel de fuego será retransmitida en directo por el canal ARTE el 5 de abril a las 19.30 horas y grabada para su distribución internacional, en una coproducción audiovisual del Teatro Real con Elzévir Films, RTVE y el canal ARTE. La grabación se integrará posteriormente en el catálogo de MyOperaPlayer.
Radio Clásica, de Radio Nacional de España, grabará la ópera para su retransmisión en diferido.