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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

La mujer buena de Karina Garantivá: el teatro frente al resentimiento

La mujer buena de Karina Garantivá: el teatro frente al resentimiento
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domingo 17 de abril de 2022, 11:05h

Continúa el Teatro Urgente dando luz a nuevas piezas. En este caso, la dramaturga, actriz y directora juzga lo más urgente emplear el teatro como conjuro frente al rencor que nos golpea día a día, sea a través de la cultura del espectáculo o mediante el recurso brutal de la guerra.

La mujer buena, de Karina Garantivá
Director de escena: Ernesto Caballero
Intérpretes: Nerea Moreno, Alberto Fonseca y Karina Garantivá
Lugar de representación: Teatro Quique San Francisco (Madrid). Gira por España

La vitalidad, la cultura, la creación, y en ella, la teatral, se ven asediadas hoy desde fuera y desde dentro de ellas mismas por una visión distópica de la existencia, animada por un hondo impulso de resentimiento desde el que se fomenta el menosprecio, el desdén, si no el odio, contra cualquier creatividad que no pueda instrumentalizarse al servicio del poder o dirigida a aturdir a las masas con espectáculos vacíos donde el pensamiento crítico resulta anulado y sustituido por impulsos tan huecos como primarios.

La mujer buena lleva a cabo una puesta en escena de resistencia contra ese cerco a la creatividad, su manipulación y vaciado de sentido con los que se trata de marginar al arte dramático como una fórmula del pasado ya superada, o inútil ante los hechos tecnológicos o políticos que conducen a las masas de un modo eficazmente irreflexivo. Es lo que se muestra en el primer acto de La mujer buena, donde el escenario de un antiguo teatro ha sido sustituido por un estudio de grabación de un pódcast​​ titulado: “La mujer buena”. Recordemos que pódcast representa una fórmula de comunicación asociada a la difusión de internet, en formato de audio o de vídeo, que puede emitirse en directo vía streaming, asociado a las reacciones de una red social como pudiera ser Twitter, y que sobre todo se archiva en una serie episódica, que los usuarios pueden descargar, ver u oír, en el día y la hora que les plazca. Que este pódcast​​ bautizado como “La mujer buena” se grabe, a su vez, con público en directo, subraya el propósito de desplazar y suplantar al arte dramático por un modelo digital que desvirtúa los valores propios de un auténtico escenario.

En este pódcast​​ con el que nos encontramos en el instante en que se encienden los focos escénicos, nos asalta una capciosa defensa de los más deleznables espectáculos de la telebasura, las redes sociales y el entramado digital que a ellos va asociado. La dramaturga Karina Garantivá hace que los protagonistas de este pódcast, Diego y Ágata -dos nombres con genealogía irónica-, lancen una sibilina apología del espectáculo catódico o digital. Es Diego (cuyo nombre en griego alude a “instruido”) quien suelta una tergiversadora tesis que tranquilice a los usuarios del pódcast, pues según sus palabras siempre, toda cultura, ha sido una cultura del espectáculo, incluso las más religiosas. Pues hasta los más virtuosos creyentes realizan sus actos cotidianos para que los vea Dios, o los dioses vigentes en cada momento. Por lo tanto, para él, la actual cultura del espectáculo posee la misma legitimidad que cualquier otra civilización humana desde sus ancestros, solo que ahora se ha sustituido la antigua mirada sagrada por otra mediante la tecnología, a través de la cual la sociedad se mira a sí misma. El público, así sosegado, podrá entregarse sin sentimiento de culpa a un voyerismo digital de la más baja especie.

Resulta obvio que el razonamiento de Diego se halla plagado de todo tipo de trampas. Si nos remitimos por encima en los teólogos descubriremos pronto sus desautorización de aquellas acciones humanas efectuadas solo para que sean vistas por la divinidad, por miedo a su castigo, considerándolas como meros gestos, vacíos de verdadero sentido moral. La mirada de Dios atraviesa, para los creyentes, las apariencias de los hechos para filtrarse hasta los más auténticos sentimientos e intenciones últimas que los motivan. La interrogación del creyente recae así sobre sí mismo, sobre sus profundos móviles o causas, sus deseos reales y propósitos ocultos. Esa civilización religiosa constituye, pues, un poderoso utensilio creador de interioridad humana. Justo lo que no sucede con la mirada tecnológica televisiva, la red social o el digital pódcast.

Estos últimos realizan la operación contraria: restar mundo interior a la persona, minimizar su conciencia y meditación. Reemplazar la reflexión por el espectáculo banal y divertirse con golpes de efecto intrascendentes. Esto que separa, de forma radical, a esta civilización del espectáculo de la auténtica vivencia religiosa, la enfrenta por igual a la cultura creativa, incluyendo lo más genuino del teatro, pues estos ensanchan y enriquecen nuestro universo interno. Además de entretenernos, nos obligan a pensar, a revisar nuestras convicciones y observar con mayor perspicacia crítica nuestros errores y aciertos, nuestro pasado biográfico y nuestros proyectos. Tal como no hace mucho Vargas Llosa diagnosticase con lucidez: “En la cultura del espectáculo el intelectual solo interesa si sigue el juego de la moda y se vuelve un bufón”. En cuanto a los consumidores digitales de esta fórmula, solo les cabe ser vistos si se dan un trastazo, fingen cantar baladas de otros, se hacen selfis con filtros en lugares icónicos y suben a la red una vida personal ilusoria, mentirosa, mera pose sin contenido ni trascendencia real tratando a duras penas fingir que se vive con arreglo a los arbitrarios cánones impuestos tiránicamente desde las propias redes sociales.

Un ejemplo de ello es la presentadora del pódcast, que encarna ella misma a La Mujer Buena del programa, cuyo nombre: Ágata, alude sarcásticamente a su origen etimológico: Buena. Quizá doblemente buena porque sus gestos simulan los patrones establecidos en el ámbito digital: sonriente, positiva, inclusiva, filantrópica, altruista y radicalmente falsa. Un estereotipo hábilmente construido e impuesto a través de esa imperceptible pero férrea dictadura de la imagen.

La acometida dramática se produce cuando la actriz que tiene asignado ese espacio teatral, que no es otra que la autora de la obra Karina Garantivá, entra intempestivamente en él, con su propio nombre, Karina, para reclamar airadamente un área de creación que hasta ahora le pertenecía. Diego encauza este litigio con otra teoría no menos manipuladora que la anterior. Recuerda a sus espectadores que la Humanidad necesita de la fiesta para preservar su salud y que toda fiesta se sustenta en un acto de crueldad. Por ello, los reality shows giran en torno a las desgracias reales o fingidas de figuras que se prestan a ello bajo el acoso de entrevistadores malvados. El resentimiento colectivo obtiene así una válvula de escape perfectamente inútil en términos sociales, pero muy provechosa políticamente, pues desvía el odio social hacia personajes quiméricos.

La disputa de Karina con los conductores del pódcats “La mujer buena”, ve interrumpido su desarrollo dialéctico, pues Ágata se quedará con el rol de mujer buena, mientras la actriz, creadora y pensadora pasará a encarnar a la mujer mala. No se amolda a los estereotipos de cómo ha de ser "una mujer buena", a los modelos oficiales de altruismo y filantropía. Lo que será aprovechado por Diego para convertirla en chivo expiatorio de su propia fiesta digital. Zarandeada, insultada sin compasión desde el anonimato de las redes sociales, con la cabeza metida en una bolsa como escarnio lúdico hasta la alucinación y casi asfixia, la representante de la cultura teatral acaba vejada por las nuevas tecnologías simbolizadas sarcásticamente por “La mujer buena”.

Habrá quién se plantee hasta qué punto esta afrenta presupone una rendición del teatro ante otra civilización más poderosa. Pero habríamos de fijarnos con más atención. Pues Karina sufre la burla en la historia de ficción, pero la Karina autora ha conseguido todo lo contrario: situar en el centro de un escenario teatral un pódcast, lo ha subido a las tablas y descubierto e iluminado sus tretas, sus tergiversaciones, sus imposturas, obligándonos a llevar a cabo una meditación personal sobre algo que nos envuelve en nuestra vida diaria y sobre lo que no nos paramos a pensar lo suficiente. Nada de capitulación. La dramaturga ha sometido, por el contrario, la cultura digital a la ley clarificadora del arte dramático.

El papel del resentimiento no se agota aquí. En el segundo acto, la autora nos brinda un soberbio, realmente antológico, duelo entre dos actrices. Ambas colaboran en un mismo espectáculo, pero una no se siente lo suficientemente mirada y atendida por la otra. Nace así una espiral de críticas mutuas, que les lleva a arrojar a la una sobre la otra decisiones, proyectos frustrados, fantasías sin sustento, éxitos y fracasos. Este pulso nos mantiene en vilo porque una y otra poseen motivos sólidos y legítimos para defender sus posiciones, lo que nos obliga a reflexionar desde nosotros mismos sobre las razones últimas que han arrastrado a una y otra a actuar de forma tan distinta, algo que no se circunscribe a la profesión de actriz, sino que abarca todos los cometidos y vocaciones de la vida actual. La validez de una de ellas se fractura cuando el odio de su resentimiento, en este caso un resentimiento estrictamente individual, le hace romper consigo misma y con sus principios más valiosos.

La expresión que utiliza: “Rompo la paz”, da paso al último acto, en el que irrumpe la ferocidad de la guerra como antagonista de la cultura, ante la que la cultura y el teatro parecen no tener nada que decir. Así lo siente otro actor de la compañía, de repente ávido de hechos u no de representaciones. El director del montaje, Ernesto Caballero, que resuelve cada escena con concisa y eficaz sencillez, recurre aquí a una metáfora visual muy irónica: Desde el comienzo de la función, hemos visto en la esquina del escenario una pecera con un solitario pez dando vueltas en su interior. Conforme se acerca el final, esa pecera ocupa el centro del espectáculo. Y los dos actores que, por motivos diversos, se alejan del teatro, lo hacen nadando como el pescado en su cárcel de cristal. Es decir, atrapados en sus propias peceras, envueltos en sus burbujas mentales que les impiden poseer una visión amplia y en profundidad de la tarea que estaban realizando. Esa irrupción intempestiva de la guerra procede de lo imprevisto de una contienda en Europa con la invasión rusa de Ucrania. Otra forma de expresión -en este caso criminal de lesa humanidad-, del resentimiento histórico de la actual élite política rusa que ha iniciado esta conflagración. Todos tenemos de ella informaciones e imágenes ya imborrables.

Una, de gran contenido simbólico, nos muestra cómo los bombardeos del invasor se han ensañado con el gran teatro de la ciudad de Mariupol. Se trataba de un teatro inaugurado con una pieza de Nikolái Gogol: El inspector, y que anualmente convertía a Gogol en el centro de un gran festival, ya que el autor de Almas muertas provenía de una población cercana a Mariupol, en el este de Ucrania. Los misiles lanzados sobre esta ciudad, las piezas de artillería o los bombarderos, destrozaron centros neurálgicos del ejército ucraniano, zonas residenciales, lugares estratégicos. Y dentro de estos, decidieron pulverizar aquel gran teatro no por casualidad, sino con toda la intención. Pues el teatro atesora el saber de siglos, la mirada lúcida frente a violencias y ultrajes, la conciencia crítica contra la barbarie. El teatro sí tiene que decir -y mucho- ante las guerras. Esquilo lo creó tras una de ellas. El joven actor se equivoca cuando abandona el escenario en busca de realidades. Karina Garantivá ha subrayado con acierto los hechos que el arte dramático puede oponer al resentimiento y sus fatídicas consecuencias.

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