www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

El peligro de las buenas compañías, de Javier Gomá: humor contra desaliento

El peligro de las buenas compañías, de Javier Gomá: humor contra desaliento
Ampliar
viernes 13 de mayo de 2022, 12:55h

Sorprendió Javier Gomá con su incursión en el teatro con su excepcional “Inconsolable” en 2017, después de una dilatada y brillante trayectoria como pensador y ensayista. ¿Exploración circunstancial en el arte dramático? Desde entonces, los estrenos de “La sucursal”, “Don Sandio” y “El peligro de las buenas compañías” (y “Las lágrimas de Jerjes” por subir al escenario), lo consolidad como un dramaturgo asentado en un tiempo récord.

El peligro de las buenas compañías, de Javier Gomá

Director de escena: Juan Carlos Rubio

Intérpretes: Fernando Cayo, Carmen Conesa, Ernesto Arias y Miriam Montilla

Lugar de representación: Gira por España

Digamos de antemano que el autor ha bautizado su comedia con dos títulos correlativos que en el texto publicado por Galaxia Gutenberg figuran del siguiente modo: Quiero cansarme contigo, o El peligro de las buenas compañías. Y no denomina a su drama cómico con esta forma doble por capricho, sino porque aluden a los dos asuntos que se entrecruzan en una misma acción dramática. Pugnan ambos entre sí, se entrelazan como en una hélice, libran dos batallas paralelas donde, no obstante, la victoria en uno de los combates arroja una luz decisiva para dar una solución satisfactoria al otro dilema que se mantiene en liza sobre las tablas.

Y ha sido todo un acierto elegir como título para la representación escénica el segundo: El peligro de las buenas compañías, no solo por su sorpresivo oxímoron conceptual, ya que se presupone que las “buenas compañías” constituyen un privilegio en vez de un riesgo o una amenaza, creando así una contradicción aparente que desautoriza con humor la idea preconcebida según la cual las “malas compañías” son el motivo -o la excusa- para los actos más bajos. Volver del revés esa noción anquilosada provoca ya una incongruencia sobre la que se alza aquí la diversión y la risa. Pero más aún que ese aviso al público sobre lo inútil y la desgracia de las amistades bondadosas, lo sustancial de esta advertencia estriba en que anuncia ya en clave humorística el resentimiento del protagonista, Tristán, cuyo despliegue de amargura será el detonante de las constantes peripecias que se suceden a lo largo de toda la comedia.

Tristán, casado con Lola, no debería sufrir en principio ningún resquemor, ya que se trata de un abogado brillante que ha alcanzado la cumbre de su éxito profesional. Pero el declive de su matrimonio con Lola, y más aún, la comparación perpetua con la hermana de esta, Julia, y su esposo Félix, despiertan en el alma de este letrado un abominable sentimiento de mediocridad y subordinación moral que atormenta su orgullo. Javier Gomá subraya con astucia el contraste más concreto entre los dos cuñados, Tristán y Félix, situados en dos polos éticos antagónicos, recalcados ya a partir del simbolismo de sus nombres. De Félix se rescata una de sus etimologías del latín: “feliz”. Mientras que de Tristán se recupera uno de sus significados medievales: "dado a luz triste”, aunque el dramaturgo también aprovecha un segundo sentido que se remonta al mitológico enamoramiento eterno de “Tristán e Isolda”, con el que también se alude al amor insobornable que el protagonista experimenta por su esposa Lola.

La cuestión decisiva reside en por qué Félix es dichoso, mientras que Tristán vive afligido. La felicidad de Félix procede de su generosidad radical. Se siente afortunado y alegre cuando consigue animar la vida de Julia, tanto como la de Lola o la de su cuñado Tristán. Esa entrega ingenua y espontánea crea en torno suyo un cordón sanitario contra la angustia o cualquier otro pesar. Al mismo tiempo, provoca en Tristán una rabiosa desazón, porque ante el modelo ejemplar del comportamiento de Félix, él siempre sale perdiendo en la comparación, sobre todo ante los ojos de su cónyuge Lola, rebajando sus triunfos profesionales a la categoría de un ser egoísta, ególatra, desinteresado por ayudar a los que le rodean, centrado en su autopromoción, y por lo tanto, cada día más cargante y antipático.

Por eso, desde su particular óptica, las “buenas compañías” -como su cuñado Félix-, constituyen un auténtico “peligro”, pues son el arma más certera para hundir su propia reputación. La comicidad de la obra se pone en marcha a partir de los berrinches ocultos con los que rabia Tristán ante los persistentes actos desinteresados y altruistas del cuñado Félix. La hilaridad que producen estas reacciones, junto a los enredos y equívocos causados por sus intentos estériles para ensombrecer el comportamiento intachablemente ejemplar de Félix, promueven nuestra franca carcajada gracias a los espléndidos recursos del actor Fernando Cayo en el papel de Tristán, cuya vis cómica desconocíamos hasta ahora –recuerden su muy conseguido registro muy diferente en Inconsolable-, y que brilla de forma risueña en los apartes donde da rienda suelta a sus rabietas y corajinas mientras el otro se luce con absoluta humildad.

Para Tristán todo se reduce a un problema de comparaciones. Por ese motivo invita con frecuencia a un vecino zarrapastroso, deslenguado, bebedor, machista, autoritario y bilioso, ya que frente a ese modelo atrabiliario, la estima de Lola por él -y su propia autoestima-, suben como la espuma. Del mismo modo trata por todos los medios de tender astutas celadas a Félix, para que el aprecio de todos hacia él se hunda, y mediante la comparación, su propia imagen se eleve de manera súbita muchos enteros. Algo que no ocurre nunca porque tras cada encerrona de Tristán, el azar siempre favorece a Félix y tras cada trampa, la fortuna gratifica con más éxitos, aciertos y prestigio al aborrecido cuñado.

Da la impresión de que su venturoso oponente estuviese premiado por la teológica “gracia divina”, que algunas doctrinas cristianas atribuyen al antojo inescrutable de Dios. Pero en realidad su fortuna no proviene de fuera, sino más bien de su propio interior. Su desprendimiento y prodigalidad íntimos causan una inconsciente simpatía en su entorno que propicia que se originen circunstancias favorables impremeditadas. Por esta razón Tristán se equivoca al considerar que Félix representa una bondad cruel, del mismo modo que se confunde de medio a medio cuando cree que su problema radica en la comparación con el otro, como si el valor de una persona dependiese de su cotejo con otra.

Es cierto que existen virtudes insufribles y atroces. Son aquellas en las que un individuo se autoimpone duros sacrificios y privaciones voluntarias solo para obtener un poder moral sobre los demás y ejercer con él un castigo a los que no pueden llevar a cabo renuncias tan altas. Nos viene a la mente el estricto e intransigente clérigo que fue el padre de Ingmard Bergman, causante de su desdicha y terror infantil. Un modelo de frialdad inhumana que también nos evoca el mundo romano con sus feroces ejemplaridades, incluyendo las de las matronas en posiciones de poder, utilizándolas como una fórmula de supremacía. Es el caso de la virtud insoportable de la esposa de César Augusto, Livia, usada al servicio de la tiranía política, o la de otra matrona egregia: Agripina, de la que Gregorio Marañón no se resistió a dictaminar que “humillaba haciendo ostentación inoportuna de su virtud y de su honestidad”.

Nada de esto sucede con Félix. El dramaturgo calcula muy bien sus antítesis con Tristán. Este último encarna una fría inteligencia, mientras que Félix carece de las dotes del razonamiento profundo y el análisis intelectual. Sus valores son morales, pues su virtud emerge de una cordialidad que procede de dentro, no autoimpuesta como un sacrificio. De modo que se trata de una generosidad bondadosa, y, ante todo, humilde. No estamos, pues, ante una honradez estratégica usada para humillar o controlar a los demás, sino ante una integridad tímida y modesta, que le permite una cordialidad e identificación con los que le rodean.

Si Tristán se equivoca al considerar a su cuñado como una fuente de integridad ofensiva, también yerra al creer que su desdicha se origina por la comparación entre uno y otro. Su resquemor, que va aumentando poco a poco, acercándose peligrosamente al odio, se sustenta en simples quimeras, ya que sus ventajas son palpables: más instruido, más perspicaz, más acaudalado, más próspero, más prestigioso. Lo previsible en el resentimiento es todo lo contrario. Nace de ofensas recibidas por personas con mayor poder, contra las que no se puede reaccionar por debilidad o inferioridad. La reacción contra la ofensa del superior se reprime e interioriza en sentimientos tan ocultos como venenosos. Por ello la venganza de los resentidos está asociada a las violencias revolucionarias o a tragedias brutales donde el resentimiento se descarga como una fulgurante deflagración. El rencor de Tristán, por el contrario, se produce ante una persona que está debajo de él y cuyo agravio es solo una quimera subjetiva. Este contrasentido hace que su inquina y aborrecimiento sean, en vez de trágicas, cómicas. Javier Gomá ha creado un carácter en verdad sorprendente y de profunda originalidad: el resentido humorístico. Una auténtica singularidad en la historia teatral.

Si este resentido cómico que es Tristán no estuviera tan obsesionado hasta la ceguera por comparaciones un tanto alucinadas por su egolatría, se daría cuenta que el fondo de la cuestión estriba justo en aquello de lo que se encuentra más orgulloso: en su inteligencia. Pues se trata de una inteligencia instrumental, apática e indiferente hacia los demás, gélida frente a todo lo que no sea alcanzar sus metas y ambiciones personales. Si en los Libros de la Sabiduría bíblicos, el rey Salomón rogaba al cielo que le concediese “un corazón inteligente”, ahora en el caso de Tristán le convendría implorar que le fuese dispensada una “inteligencia con corazón”. Es decir, un intelecto cordial. Un pensamiento generoso. Un entendimiento capaz de abrirse a los demás con bondad. Algo que el protagonista, por otro lado, alcanza al final del drama, pero no tanto por una reflexión propia, sino por trastazos, golpes adversos, miedos a lo que puede perder, carambolas causadas por malentendidos o giros imprevisibles, en la línea de las tácticas más eficientes de la comedia.

Si esta, digamos, “astucia de lo cómico” es capaz de corregir el inicial talento sin corazón ni moral de Tristán, y puede decirse que su rectificación da un resultado esplendoroso, pues Tristán no solo se adentrará en lo virtuoso cordial, sino que lejos de la forma de ser de Félix, hará que esa nueva generosidad sea elocuente, lúcida y se guste a sí misma. Lo que por cierto evoca en buena medida el ideal humanista grecorromano sintetizado en aquella célebre sentencia latina que rezaba: “vir bonus dicendi peritus”, tan presente en la pedagogía de Catón o Quintiliano, es decir: “El hombre virtuoso diestro en hablar con elocuencia en público”. Y el nuevo hombre honrado que acaba siendo Tristán se acomoda en gran medida a ese hablar bien y con elocuencia, en cuanto no puede soportar las muletillas y expresiones hechas tomadas de las tertulias televisivas que acompañan, cuando menos vienen a cuento, el lenguaje de Félix. Tenemos, pues, al final de la comedia dos hombres íntegros que, sin embargo, presentan caracteres diferentes entre sí. Esta es una de las motivaciones que con toda seguridad han llevado a un filósofo como Javier Gomá a adentrarse en el arte dramático. Sus conceptos ensayísticos -como el dedicado a la “ejemplaridad”- son sumamente valiosos y clarividentes. Pero la fórmula del ensayo trabaja en una clave de abstracción que lo aleja de la existencia concreta y sus imprevisibles contingencias. Al bajar a la pluralidad espontánea y repentina de la existencia real, el acceso a esa ejemplaridad se ha producido por vías en apariencia caóticas, y más aún, ha originado dos seres ejemplares que compartiendo ese concepto, son personas muy dispares entre sí. De la generalización conceptual hemos descendido a la variedad de la existencia real, aportando a las ideas del autor un decisivo suplemento de veracidad.

De hecho, la idea inicial de esta peripecia de Tristán está expuesta en términos ensayísticos en su libro Filosofía mundana en un microensayo, con una alta dosis de ironía, titulado: “Amor, lujo y buena conciencia”. Pero lo que allí concluye en una sarcástica recomendación abstracta, aquí se ha desenvuelto mediante una peripecia humana en el trascurso de ese caos que caracteriza lo concreto, con una transfiguración intuitiva de la vida interior del personaje, similar a la que todos hemos vivido, de un modo u otro, no tanto tras sesudas meditaciones, sino a raíz de vencer de forma perentoria obstáculos en nuestra existencia que jamás habíamos previsto.

El desenlace positivo de esa situación amarga, contribuye a iluminar la solución a la otra zozobra que oprime el corazón de Tristán: el agotamiento de su matrimonio con Lola, a la que ama intensamente, pero cuyos vínculos se derrumban hacia un ocaso irreparable. En este otro aspecto de sus infortunios encaja a la perfección el otro título de la comedia: Quiero cansarme contigo. Al igual que sucede con la ejemplaridad de Tristán, también su angustia originada por el declive de su matrimonio pudiera tener, en su punto de partida, una fuerte conexión con otro ensayo de Filosofía mundana que lleva por título “El dudoso porvenir del sexo placentero”. Tanto en esta meditación teórica como en el drama cómico El peligro de las buenas compañías o Quiero cansarme contigo, se plantean las consecuencias de una teoría que sostiene que el matrimonio se instituyó cuando las expectativas de vida eran mucho más cortas que ahora y los cónyuges no iban a sobrevivir mucho tiempo después de haber criado a su prole.

Hoy todo ese tiempo extra añadido podría conspirar contra la unión de la pareja, más aún si se consideran informes que constatan cómo algunos grandes simios pierden el apetito sexual cuando se encuentran en cautividad. Pero, de nuevo, en el ensayo, estos datos desembocan en una idea universal sobre los resultados que todo ello causaría en la evolución de la especie humana, mientras que en la comedia se trata de informes que agitan la emocionalidad de los personajes, les pone alerta, los deprime o los enerva, les obliga a autoexaminarse, y, en su caso, a improvisar una transformación intuitiva tanto de su comportamiento como de su universo interior. De nuevo, esas vicisitudes imprevistas de la vida humana subjetiva que han traído al autor del pensamiento filosófico al drama teatral.

La posibilidad de una demanda de divorcio hace trizas los nervios de Tristán, pues mantiene intacto el enamoramiento por su esposa Lola. Gran parte de la comicidad proviene aquí de los desmesurados miedos y retorcidos presagios que el gran actor Fernando Cayo revela en sus apartes, rompiendo la cuarta pared y sincerándose sin tapujos con el público. Aunque sin duda la iniciativa proviene, en este punto, de la consorte de Tristán. La actriz Carmen Conesa dibuja con extraordinaria precisión interpretativa este personaje decepcionado por la rutina conyugal. Lola es un contrapunto en la misma órbita que su esposo. Es profesora de Filosofía, metódica, puntual, previsible, analítica, rigurosa. Se singulariza por sus largos y sistemáticos alegatos sobre los defectos que debe superar Tristán. Aquí lo cómico no busca la carcajada, sino ese fino humorismo que conduce a la sonrisa inteligente. Como es previsible, todos los discursos racionalmente metódicos de Lola rebotan inservibles en la mente de su pareja, pues esa concatenación de argumentos lógicos se muestran ineficaces y por completo estériles para cambiarle, ya que lo que le llevará a modificarse serán más bien las emociones, con frecuencia fruto de equívocos o malentendidos fortuitos.

La evolución de Lola, en este sentido, resulta ser paralela a la de Tristán, y queda simbolizada en su propósito de combinar sus clases de filosofía con la creación de una empresa de reformas interiores de inmuebles. Dos actividades sin ningún tipo de conexión pero con una fuerte carga simbólica. Otra vez, el descenso de lo conceptual a la anarquía de lo concreto. La empresa de reformas puede aludir a las renovaciones íntimas que experimentan todos los miembros de las dos parejas. También hace referencia al talento pragmático necesario para modificar cosas específicas, en vez de demolerlas y sustituirlas por otras quizá tan inhabitables como las anteriores. Es decir, reformar con perspicacia una relación –y a sí mismo-, antes de hacer tabla rasa de una larga experiencia en común. Es ella quien decide que la pasión sexual está sobrevalorada y que el tiempo extra de convivencia que nos otorgan las nuevas expectativas de vida, poseen otros alicientes cuyo reto merece la pena afrontar cuando su esposo comienza a superar sus resentimientos. En la comedia clásica, el final feliz se alcanza cuando los jóvenes vencen los obstáculos que les separan y se unen, ya sea en la boda de las piezas teatrales o el beso último de la pareja, que pone punto final a su historia.

Ahora, por el contrario, ha cambiado la naturaleza de ese final feliz, pues solo puede decirse que de verdad se ha logrado solo tras el periodo de la crianza de los vástagos, cuando se dominen otros escollos mucho más insospechados que los juveniles. El final feliz de “casarse”, debe sustituirse por el final feliz de “cansarse” juntos -usando el juego de palabras del título-, que implica descubrir estímulos novedosos que compartir. De la comedia romántica juvenil pasamos al romanticismo de vidas avezadas, del amor del impulso al amor de la inteligencia de conocerse a sí mismos, del humor crudo y pueril al humor granado tras los desengaños.

La valía de estos descubrimientos y evoluciones íntímas de ambos protagonistas, Tristán y Lola, se ven realzados por la benevolencia que destila la otra pareja formada por Félix y Julia. Si Ernesto Arias da curso a un Félix cuyo carácter anodino no merma la ejemplaridad ética, la actriz Miriam Montilla, a su vez, otorga con destreza una singular personalidad a Julia, pues los severos riesgos que corre su vida se ocultan tras un trato cordial permanentemente risueño, con tal de no desasosegar a nadie de su entorno. Juan Carlos Rubio ha realizado una puesta en escena que se amolda a la perfección a los contornos de este estilo de comedia. No solo en el ágil diseño de los innumerables movimientos de los actores, en apariencia naturales pero que esconden una verdadera álgebra de desplazamientos, cruces, pausas, acciones paralelas, meditaciones, rupturas de la cuarta pared. También en el reto estético de hablar con elocuencia, muy lejos de ese lenguaje cómico que gana adeptos por sus exabruptos, salidas de tono, groserías y farfulleos, tan promocionado por el habla coloquial televisiva. Es un acierto acompañar ciertos relatos y reflexiones de los personajes con las melodías de un piano en escena, donde música y palabra se entrelazan con una gracia ligera, tan elegante como versátil. Cualidades resaltadas por la inteligencia conceptual de las escenografías de Curt Allen Wilmer, que en este caso realiza una quintaesencia casi abstracta del ámbito exquisito de los protagonistas, presidido por un enorme espejo circular que nos ofrece una perspectiva inesperada de la acción, antes de convertirse en luna, y quizá en arcoíris nocturno, como emblema de esas esperanzas imposibles que sí se hacen realidad. Un humor que contribuye a acrecentar y elevar nuestra determinación y confianza en nosotros mismos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (11)    No(0)

+
0 comentarios