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ÓPERA

El Teatro Real prosigue su temporada con el Orfeo de Monteverdi

El Teatro Real prosigue su temporada con el Orfeo de Monteverdi
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(Foto: Javier del Real/Teatro Real)
lunes 21 de noviembre de 2022, 16:41h
Actualizado el: 21/11/2022 22:17h
El domingo el Teatro Real estrenó una ópera muy esperada, el Orfeo de Claudio Monteverdi, con un prólogo y cinco actos, basada en el mito de Orfeo y una de las primeras óperas de la historia. El genio de Monteverdi, la dirección musical del director argentino Leonardo García Alarcón, que debuta en este teatro dirigiendo a la agrupación Vocalconsort de Berlín y a la Orquesta Barroca de Friburgo, y el trabajo la coreógrafa Sasha Waltz fueron los ingredientes de una velada que prometía mucho, pero de la que el público entendido no salió completamente satisfecho.

Monteverdi (1547-1643) es la figura que mejor representa la transición entre la música del Renacimiento y del Barroco. Compositor, gambista y también cantante, la Historia de la Música le debe haber sentado los fundamentos del drama lírico y de la ópera materializada en el siglo XVII a partir de la tradición polifónica y madrigalista del siglo XVI. Fue también uno de los compositores más prolíficos del Barroco. Educado en la tradición de Tomás Luis de Victoria, Orlando di Lasso y Palestrina, encarnó el nuevo arte de hacer música surgido de la Camerata Florentina, que integraron, entre otros, Jacobo Peri, Jacopo Corsi, Ottavio Runccini, Giulio Caccini, Pietro Strozzi de Cavalieri y Vincenzo Galilei (padre del astrónomo homónimo). La Camerata se caracterizó por volver la mirada a la Grecia Antigua, para con ello recuperar lo que entendían que era la música clásica pura, para sobreponerla a la música de la época, que consideraban corrompida. Siguiendo esta corriente, Monteverdi se convierte con Orfeo en un ferviente renovador de la antigüedad clásica, sólo que, en esta ópera, estrenada en 1606 en Mantua y compuesta sobre libreto de Alessandro Striggio el Joven basándose en Las metamorfosis de Ovidio y Las geórgicas de Virgilio, la idea religiosa, sobre la que reposa todo el teatro griego, está ausente, de modo que la creación del genio se aparta aquí de la pureza griega para desembocar en el amor, el lujo y la voluptuosidad, es decir: no consigue desprenderse la pátina propia de los hábitos italianos. Sin embargo, uno de los grandes méritos de Monteverdi sigue siendo, en el sentido apuntado, haber asignado a un personaje una sola voz independizando el incipiente género que recibiría el nombre de ópera del género del madrigal, compuesto para varias voces.

La expectación por el Orfeo monteverdiano era mucha, pero hay que reconocer la experiencia estuvo bastante por debajo de lo esperado: desde luego, no debido al responsable musical, Leonardo García Alarcón, extraordinario director barroco, que debería de haber dirigido a cantantes especialistas del repertorio. De los intervinientes en la velada del domingo sólo la soprano Julie Roset, que interpretó a Euridice y a La Música, la mezzo-soprano Luciana Mancini como Proserpina (con una voz oscura bellísima), el bajo Alex Rosen como Caronte, y dentro de los papeles secundarios el tenor Julián Millán como Apolo, Eco y Pastor 4 y el contratenor Leandro Marziotte como Pastor 2 y Espíritu cantaban como cantantes del Barroco.

En cuanto la escena, los únicos colores son el blanco y el negro, respondiendo a la idea arraigada en Occidente -errónea; hoy se sabe- de que la Grecia Antigua era monocromática. Pero el problema de la escena no es éste, dado que la elección del color es algo muy respetable y parte del feudo privado de los escenógrafos. El verdadero problema es que la escena de esta producción está dominada por el ballet; no ballet clásico (tampoco hubiera sido correcto). En este Orfeo todos bailan, también los cantantes, y en varios momentos de la función del domingo se puso de manifiesto que estos no estaban totalmente en lo que debían estar (y es que en un determinado pasaje hasta Plutón tiene que cargar con Proserpina). En mi opinión el ballet debería haber estado de complemento, como alargando o complementando al coro, no invadiendo la escena ni el argumento mismo y hasta el canto, comprometiendo a los cantantes. Sin embargo, hay que alabar la belleza del cuadro de Caronte paseándose en una barca y perchando, o la salida del ballet-coro como cortejo fúnebre de Eurídice muerta. Pero lo más reprochable a la escena concebida por Sasha Waltz junto con Alexander Schwarz es la avalancha de estímulos visuales, que parecen querer arrancar esta producción del terreno de la ópera y acercarla al teatro musical. Sólo la estupenda orquesta de Friburgo ata al espectador al hecho operístico, que con todos los elementos arriba citados queda bastante desvirtuado.

El Orfeo de Monteverdi que ahora se presenta en el Teatro Real es una producción de Sasha Waltz & Guests en colaboración con la Dutch National Opera Amsterdam, el Grand Théatre du Luxemborug, el Bergen International Festival y la Opéra de Lille. Se representará hoy, lunes 21 y los días 23 y 24 de noviembre.

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