La partitura del flamenco nunca podrá escribirse, ni siquiera registrarse sus coreografías -algo, lo de fijar la danza, ya de por sí utópico-. Es uno de los lenguajes más libres creados, cuyas características principales residen precisamente en la imposibilidad de la repetición, en la vivencia fugaz y momentánea de lo performático. La raíz de su esencia brota de lo más profundo del ser humano, es la expresión plena de lo irracional y, a la vez, de lo certero por meditado. Lo "hondo" o "jondo", ese "duende" al que se refería Federico García Lorca, surge como grito desgarrado, como canalización de los sentimientos más primitivos. Pero, para saber llegar o tratar de llegar a ello, resulta imprescindible un acercamiento estudiado, un ejercitamiento de las capacidades físicas o creativas. Un conocerse a sí mismo, como rezaba el aforismo inscrito en el pronaos del templo de Apolo en Delfos. Lo sabían muy bien los griegos cuando invocaban a Dioniso. Inspirador de la locura ritual y el éxtasis, este Dios no será por casualidad patrón del teatro. Nunca habrá dos acciones performáticas iguales y, mucho menos en el flamenco. Imposible determinar el origen de esta tradición que revive en cada puesta en escena. De la confluencia de las culturas árabes y cristianas en la geografía andaluza nace ese -en palabras de Javier Tolentino- "arte desnudo, puesto en escena en fraguas, en el campo, en casa o en la bodega". Unos "santuarios" o lugares de reunión íntimos y privados, de los poco a poco fue saliendo para visibilizarse en parte por el espíritu romántico europeo, que demandaba la presencia de lo exótico e inusual en la vida como fuente de inspiración y catarsis de lo sublime. Tiempo extenso dominado por los "cafés cantantes", influencias incluso en la vanguardia de entreguerras -cubismo, dadaísmo y surrealismo-, pasando por referencias discográficas ineludibles como las que Enrique Morente o Lagartija Nick pergeñaron conjuntamente o en solitario, a través de álbumes como Omega (1996) o Val del Omar (1998), homenajeando bajo este arte telúrico a figuras como Federico García Lorca, Leonard Cohen o José Val del Omar, tan dispares en espacio-tiempo y estilo pero unidas bajo un mismo interés y causa. Por último (o penúltimo), alguna referencia intelectual relativamente reciente, como la que el filósofo francés Georges Didi-Huberman materializó en El bailaor de soledades (2006). Figuras presentes y radicales como la de Israel Galván han tenido clara presencia en el panorama escénico, como vía de reformulación del flamenco, con sus críticos y con sus seguidores.
Ahora, su tiempo y devenir lo tejen nombres como el de Eduardo Guerrero, que sin dejar de romper moldes muestra un profundo respeto por la naturaleza clásica de este arte ancestral. Este gaditano nacido en 1983, sintió su vocación ya de manera muy temprana, iniciando a los seis años su formación para desarrollar una carrera imparable, que le ha llevado por distintos puntos de la geografía mundial, asombrando al público con su arte. Actualmente se encuentra dando muestras de su buen hacer con Origen, como figura señera del mítico Corral de la Morería, en Madrid.
Para Guerrero, el "tablao" acaba perdiendo su delimitación originaria, sirviendo de escenario con el que acercarse al espectador. Todo es plausible, como abandonar ese cuadrilátero o avanzar por él a tientas, para aparecer de modo sorpresivo cuando "se hace" (nuevamente) la luz. La vestimenta -diseñada por Palomo Spain- se va metamorfoseando, siempre a favor del cuerpo y sus necesidades motrices y rítmicas, pero también ofreciendo su vistosidad a la visión, colorida y volumétrica. Como un cuadro en movimiento -imagen pictórica como "naturaleza viva", a diferencia del bodegón-. Los sonidos brotan de ese instrumento primigenio que es el cuerpo, produciéndose por la voz -el cante, las palabras aisladas a modo de ánimo y el quejido-, por la percusión del propio cuerpo y desde cualquiera de sus partes, con el tañir de la guitarra, las castañuelas o un abanico. La coreografía va componiéndose, esculpiendo el aire y deshaciéndose casi a la vez, imagen del tempus fugit que son la vida y sus experiencias.Todo esto puede pasar por la mente del espectador que presencia el arte de Guerrero, como si de un ceremoniario secreto, ancestral -y, a la vez presente- se tratase. Junto a él, forman parte de su equipo la bailaora Sara Jiménez, Pilar "La Gineta", María Mezcle y Ana Polanco en el cante y Benito Bernal a la guitarra. Todo un prodigio en su conjunto, que nos recuerda que el flamenco siempre es cosa de varios, de la necesaria colaboración heterogénea de un grupo que, individualmente y en su totalidad, conforman la anatomía de un cuerpo fabuloso.
El pasado 9 de mayo, tras la asistencia a este espectáculo o galería animada de estampas preciosistas -gracias al buen hacer de un amigo común, David Felipe Arranz-, se nos agolpan muchas preguntas que hacerle al maestro. Todavía permanecen las vibraciones de los cuerpos resonando con energía sobre la tarima, cuando la sala ha vuelto al silencio y al vacío previos. La función ha concluído, pero no la sensación que ha dejado en la experiencia, como una marca invisible.
Con su generosidad, Guerrero nos ha concedido esta entrevista, a fin de iluminar un poco más con sus palabras este misterio deslumbrante. En esta mañana de viernes en que nos encontramos, después de toda toda una semana de trabajo en el corral. "Es maravilloso poder poder subirte todos los días al escenario y poder hacer feliz a la gente, estar compartiendo tu arte", afirma el artista como prólogo, y añade: "al final es un espectáculo donde existe ese esqueleto que tiene que pertenecer a lo que es el Corral de la Morería, con un tiempo marcado que debe tener una dinámica. Pero la capacidad de poder improvisar, de poder "viajar" con tus propios compañeros en esa libertad, en ese lienzo en blanco donde cada día que llega es para pintar una nueva lectura, es un auténtico regalo. Sentirte feliz y libre cuando te subes al escenario es lo más importante dentro del arte". Originales palabras que acercan la pintura al flamenco y el baile a la ejecución sobre un soporte que es el escenario, creando la propia obra. "A lo mejor suena típico el poder decir que disfrutas y lo pasas bien siempre en el escenario, que ocurre esa emoción donde puedes estar en ese lugar; pero sí es cierto que en el corral suele pasar mucho ese momento, porque al final es un tablao y tienes la posibilidad de hacer magia cada noche, puesto que tienes la oportunidad de estar feliz, de poder crear sobre la nada. Eso es maravilloso. No juzgarte y estar ahí, plantado, con total libertad".
Pregunta: ¿Cómo surge el "orígen" de Origen?
Respuesta: Surge en el propio tablao del Corral. Yo ya había estado aquí previamente -esta es la tercera producción que hago para este espacio-. Cuando en el año 2013 gané el Premio Desplante del Festival Internacional del Cante de las Minas en La Unión, doña Blanca del Rey -directora artística del tablao de la Morería- estaba el jurado, se fijó en mí y me invitó a venir a trabajar a su escenario. Yo ya había participado en fiestas privadas y en diferentes eventos, pero nunca había comulgado con la liturgia del tablao y, la verdad, para mí fue una experiencia muy gratificante. Me dejó emplear toda la libertad, espontaneidad y frescura de la que era posible. Con el paso del tiempo, le pregunté si sería posible crear una pieza solo y exclusivamente para el tablao y que sólo ocurriera en ese espacio que representa el Corral de la Morería. A ella se les "iluminó la cara", porque significaba producir un hito más dentro de este espacio. Situar una microperformance o, si se quiere, colocar una "intervención dentro de un espacio no habitual" de este calibre podía ser algo único. Así iniciamos la andadura en la Morería, primero con Onírico, luego con Retorno y ahora con Origen. Para nosotros significaba crear piezas para un lugar y eso es algo muy satisfactorio. Al final sabes que solo ese trabajo encaja ahí y que el material empleado lo tienes que utilizar para ese enclave. También quería trabajar mucho en este espacio las entradas y las salidas, el término de las luces y el empleo del vestuario, al colaborar con un diseñador de la altura de Palomo Spain. En definitiva: revolucionar un poco esa imagen que todo el mundo tenía del tablao como lugar oscuro donde está esa presión del peso de lo "jondo". Creo que hemos conseguido acercar un poco más a los jóvenes el flamenco, atrapar a nuevo público. Y eso es muy gratificante.
Pregunta: ¿Cómo describirías tu aportación como creador en la senda viva del flamenco?
Respuesta: Realmente me siento un artista que se deja llevar por sus sentimientos, por sus emociones. En mi familia no he tenido a nadie artísticamente que me creara ninguna presión, que me hiciera sentir la obligación de superar algún logro previo. Al final para mí el baile nació como un juego, transitó por mi vida como una madurez y ahora puedo decir que me siento orgulloso de seguir avanzando y superándome día a día.
P: Echando la vista atrás, ¿cuáles han sido tus referencias en la conformación de tu propia personalidad?
R: Yo nací en una época donde Joaquín Cortés y Antonio Canales eran referentes. Entre mis tres hermanos y yo peleábamos por colocar los posters en la puerta del armario; ellos jugaban a sus futbolistas y yo jugaba a colocar a Joaquín y a Antonio. Eso fue como un descubrir, porque también era la época donde ellos estaban en auge y de verdad que su labor fue maravillosa dentro del flamenco y de la danza a nivel mundial. Luego, una vez te introduces dentro del mundo del flamenco, te das cuenta de que la admiración llega a través de unos valores como los de Antonio el Bailarín, Antonio Gades, Mario Maya o El Güito. Realmente sabes por qué aparecen Antonio y Joaquín, de quiénes son esas manos que han movido esos cuerpos, cómo esos hombres han llegado a tener ese talento. Después, llegué a Madrid con 17 años recién cumplidos y entré en la compañía de Aída Gómez, pasé por las manos de La Yerbabuena, Rocío Molina, el mismo Antonio Canales o Javier Latorre. Todo ese tránsito en mi carrera profesional también ha marcado mucho. Por eso, quiero al final echar todo dentro de una batidora, darle al botón para que se empiece a batir y, cuando esté hecho el alimento, probarlo. Darte cuenta de que tienes sabores de muchas personas, pero que la personalidad final es la de Eduardo Guerrero.
P: En tu espectáculo el vestuario es muy importante. Cuéntanos cómo tuvo lugar la elección de Palomo Spain para su diseño.
R: Palomo llega un día por casualidad al Corral de la Morería para disfrutar del espectáculo. Me ve actuar y cuando termina la actuación se acerca y me pregunta quién me hace el vestuario. Claro, yo pensé: "Ahora llega el momento en que te dice que es horrible, que no te sienta bien o que no es el color adecuado". No sabes qué puede pasar cuando te preguntan diseñadores como Palomo. Tras quedarme pensando, le dije que las telas y los diseños los estudiaba con un sastre de confianza que tengo en Cádiz. Entonces, Palomo me dijo que le parecía muy interesante lo que hacía con el vestuario. Tras la sorpresa, pensé que entonces no andaba tan descaminado. Después me transmitió que le gustaría vestirme, que creía que su moda debía estar en la escena y quería verla moverse en mi cuerpo. Ese fue el primer flechazo y, a partir de ahí, concretamos el trabajo conjunto. Le comenté que tenía en mente estrenar un proyecto aquí en el Corral de la Morería durante una temporada de tres meses, y que podría ser un buen momento para dar visibilidad a la moda dentro de un tablao por primera vez. Mi mente empresarial había empezado a funcionar rápidamente: si sumamos que al tablao viene una figura que nunca había estado allí, durante ese tiempo y con un diseñador de tal envergadura como es Palomo, imaginas que se va a convertir en algo espectacular. A la vista está que este proyecto representa una nueva forma de ver la escena. En definitiva: nos dimos los teléfonos, concretamos un par de citas en Córdoba -que es donde él tiene su taller- y empezamos a dialogar. Yo le llevé al guión de la pieza, por donde transitaba, qué quería contar y qué colores veía en cada uno de los números. Encontrar esa fórmula de vestuario con él fue muy fácil y sencillo, porque estás trabajando con una persona que no tiene muros, cuya máxima aspiración es crear bajo una inspiración flamenca. Fue maravilloso.
P: Has mencionado el "guión" del espectáculo. ¿Podrías describir a los lectores su argumento?
R: Origen refiere a cómo los bailaores desmontamos nuestro cuerpo para escuchar esa voz interior, ese ritmo que nos lleva a los bailes rituales primigenios. También implica ese origen del que procedemos. Quienes conformamos el espectáculo queríamos hablar de las experiencias más emocionales que nos hubieran ocurrido desde ese lugar. Para mí, por ejemplo, ese origen está en el Taranto que hago al inicio del espectáculo, que me permitió ganar el premio Desplante y llegar al Corral de la Morería. Luego está el origen del cante de ida y vuelta de esa Guajira que hace Sara Jiménez, que es maravillosa; el origen es Cádiz, de dónde venimos la mayoría de quienes hacemos este espectáculo. Después hay otro momento que es el del cante de la Zambra, interpretada en este caso por María Mezcle, otra cantaora muy conocida y muy de la tierra -de Sanlúcar-. Por otro lado, están los tangos donde existen todas las danzas, porque yo creo que la danza africana es un tango y los tangos son otro ritual. Finalmente, la Serrana para mí es de los bailes más primitivos, junto al palillo. Una visión del tablao de toda la vida, el baile de la bailaora con bata de cola y palillo, algo muy identificativo. Para finalizar, no podríamos viajar de otra manera que volviendo a nuestra tierra con las Alegrías de Cádiz que se interpretan con el pantalón alto, como las bailaban los bailaores antiguamente. Todos estos bailes funcionan como mantras que hacen que el cuerpo entre en un estado inconsciente de trance, llevando a un viaje hacia el origen de una persona. Ésta abandona todo lo que existe alrededor para escuchar su latido, el propio tambor que marca la danza. Es esa lectura de volver al origen desde nuestro primitivismo, desde nuestra verdad, desde nuestra lectura del tablao y hacerlo en uno de los tablaos más antiguos de Madrid, que nosotros llamamos "el templo del arte". Transformar la escena sin intentar introducir instrumentos que no fueran reales -la voz, el toque y el baile-.
P: La complicidad con tus compañeros es palpable. ¿Cómo describirías tu compenetración con ellos?
R: Al final, ellos ya no son compañeros sino familia. Aparte de los tres meses que llevamos de trabajo poniendo en escena el espectáculo, hemos pasado previamente por un proceso de ensayos, con altibajos y bloqueos, conociendo complejos y virtudes. Yo siempre se lo explico así: "vamos a comenzar un viaje y cada uno va a parar en una estación, decidiendo comprar algo". Lo que compremos es peso de más que vamos a llevar, pero también puede ser un alimento que nos puede servir durante el viaje". Somos conscientes de que lo "comprado" nos tiene que gustar a todos, debe aportar al grupo. Así el viaje será mucho más ameno, porque si en la siguiente estación va a parar otro y va a compartir lo que traiga para todos, eso nos va a generar un estado de placer. La cuestión es qué tenemos que encontrar noche tras noche, porque al final nos va a tocar luchar todos los días con dos pases durante tres meses. Todo eso conlleva un cansancio, un agotamiento, un desgaste emocional, una falta con la ausencia y lejanía de la familia. Debemos permanecer unidos y fuertes. Al final trabajamos con un instrumento que es nuestro propio cuerpo, lo que nos obliga a cuidarnos al cien por cien. Por eso resulta tan complejo hablar de "compañeros", porque al final lo ves como parte de un cuerpo armónico que se alimenta gracias a sus diferentes partes. Al final lo que ocurre ahí arriba no lo hace uno sólo, sino todo un equipo. Por suerte, he elegido un buen equipo para este viaje.
P: Qué bonita esa metáfora del "viaje" como este proceso creativo, de aprendizaje. Precisamente quería preguntarte, desde tu experiencia como bailaor cosmopolita, qué te has llevado de otros países en tu experiencia como bailaor.
R: Ganas mucho cada vez que viajas. Es maravilloso poder viajar, un placer y un regalo que te da la vida con este trabajo. Pero también es verdad que hay mucho sufrimiento. Cuando viajo a tal país, hay muchas veces que reconozco que he estado allí una vez que entro en su teatro, porque realmente es donde paso la mayor parte del tiempo. Llegas, sueltas la maleta en el hotel y, si estás cerca, puedes ir paseando para llegar hasta allí. Al final entras a trabajar a las cuatro de la tarde, porque la función es a las ocho y tienes que hacer una prueba de sonido, revisar las luces, hacer un ensayo general y al siguiente día salir lo más temprano posible del hotel porque tienes que salir de viaje hacia un nuevo destino. Otras veces tienes tiempo de disfrutar fuera del escenario y es maravilloso. Esto pasaba realmente antes de tener mi propia compañía, cuando disponía de mucho más tiempo para poder invertir en la ciudad, el país y su cultura. Recuerdo mucho una de mis primeras giras en Japón, con Aída Gómez. Allí sí tuve la ocasión de poder disfrutar del país. Creo que por eso me enamoré y estoy enamorado de él, porque hay una admiración brutal por la cultura, por la danza y por nuestro arte. Aparte, me parece fabuloso cómo conciben su día a día, su fórmula de trabajo. Para ser así hay que tener un orden, una disciplina, unos principios. Eso ellos lo tienen muy asumido y me parece alucinante.
P: ¿Cómo de especial te ha resultado la experiencia en el Corral de la Morería?
R: La experiencia en el Corral siempre es algo maravilloso. Como te comentaba previamente, he hecho ya cuatro producciones con ellos y espero que sean muchas más. El Corral es eso: el reto, día a día, de saber que tienes que enfrentarte cada noche a un público que puede ser entendido o puede no ser entendido, que viene con un concepto de lo que es el tablao que tú tienes que romper. Al final, lo importante es lo que están viendo, el arte en sí, la verdad de lo que es el flamenco. Hay mucha gente que trae en su mente otra idea de lo que es el tablao y, cuando se encuentran con esto, les puede parecer agradable o sencillamente pueden decir que no es el flamenco que tienen en mente. ¡pero qué experiencia más bonita se han llevado! Lo interesante es trabajar con esa emoción del público, hacerle capaz de convivir con un maridaje de vino, una cocina de estrellas Michelín y un espectáculo de alto nivel. Hacer vivir una experiencia maravillosa y sentir que formas parte de ella, que se le vas a dar a esa persona. Cada noche es un lienzo en blanco donde hay que crear una nueva pintura.
P: En el flamenco, la improvisación es fundamental. ¿Cuánto hay de estudiado y cuánto dejas al azar en tu profesión?
R: Aunque a grandes rasgos hay mucha improvisación, también depende del tipo de espectáculo. Los hay donde no te puedes salir del guión, porque realmente el espectáculo está concebido así, para ejecutarlo de esa manera. Ese valor es tan importante como el de la improvisación. Hay gente que no concibe el baile sin improvisar, pero es necesario tener también una estructura. Hablo desde mi visual, en la línea de espectáculos que tengo en cartelera, donde hay un trabajo de dirección, un trabajo de búsqueda y no puedes dejarte llevar y bailar lo que quieras o como quieras. Ese espectáculo está concebido de esa manera, por eso ese espectáculo es ese espectáculo. También, como te digo, hay otros casos: en Sombra efímera, por ejemplo, trabajo con una montaña de tierra y un suelo de papel que se va rompiendo. Simboliza la tierra que estamos destruyendo. Esa evolución que tiene el papel durante el espectáculo da cabida a pequeñas improvisaciones, porque se trata de un material que nadie está dominando, sino que se comporta como él mismo. Ahí tiene tienes que solventar si el papel está roto por una zona y no puede pisarse por ahí, si está demasiado levantado o si hay demasiada tierra ya expandida por la escena y tienes que buscar nuevos lugares; también en algún momento debes quitarte el zapato o descalzarte porque la arena ha entrado en tus zapatos y buscar por qué y justificar en qué momento te lo quitas. Creo, personalmente, que donde más libertad disfruto es en el tablao, porque da más juego a esa improvisación. Es más: creo que también me aporta una nueva "vitamina", porque al final improvisar te da placer. Que de la nada ocurra algo que luego te puedas llevar al trabajo, al estudio y terminar fijándolo en alguna de tus piezas. Lo descubres por puro azar pero luego te das cuenta que que es algo que tenía que salir de ti. Sin haberlo hecho con el riesgo del público y en ese momento, no hubiera nacido de tal manera, con esa frescura, con esa espontaneidad que ocurre en el tablao.
P: ¿Qué futuros proyectos tienes en mente?
R: Actualmente me encuentro inmerso en un nuevo espectáculo que se llama Bailar no es solo bailar. Se estrenó el pasado 2 de marzo en el Festival de Jerez y vuelve el próximo 21 de mayo al Teatro Municipal José María Rodero de Torrejón de Ardoz, en Madrid. Es un espectáculo que habla de las emociones, de los contrastes que existen en el bailar. Porque al final ese "bailar no es solo bailar" para mí significa hablar de emociones totalmente contradictorias. Todo el mundo puede subirse a bailar, pero siempre se hace bajo una emoción, y esa emoción habla de la tristeza y de la alegría en un mismo momento, porque puedes llegar muy triste pero ese momento se puede convertir en el más alegre una vez pisas las tablas del escenario. Hay veces que está la inocencia y la culpa, hay veces que te puedes comportar como un niño, o sentirte muy culpable si ocurre algo que no está en ti y te preguntas "¿por qué está ocurriendo esto?" Te echas la culpa cuando no ha funcionado esa coreografía o ese momento emocional. El amor y el miedo también están dentro de este espectáculo, porque amas muchas cosas del arte pero hay veces que estás justo en el precipicio de ese miedo, no sabes hasta dónde vas a poder resistir todo esto. Al final siempre acabas estando sólo contigo mismo. Yo siempre lo digo: cuando termino el espectáculo, necesito por lo menos dos, tres o cinco minutos de soledad, porque he vivido un nervio tan brutal dentro de la escena que aún no soy consciente de quién soy en ese momento. Estoy aún tan excitado por lo que acaba de ocurrir en escena, que puedo llegar en un momento a lo más alegre o a lo más triste, de forma muy fácil porque estoy abierto en canal; porque has bailado no solo por bailar, sino que has bailado con tus emociones. Y cuando bailas así, el corazón está tan abierto que le entra una mota de polvo y la sientes. Así que hay que procesar todo eso, todo lo que ha pasado. Tú lo contabas, decías: "Necesité quedarme sentado un tiempo después del espectáculo, pensar lo que había pasado en escena y lo que había corrido por mi cuerpo, cómo he podido transitar por todo ello". Por eso yo utilizo tanto la expresión "viajar", porque creo que estas experiencias son viajes que están preparados en el destino de nuestras vidas y hay que vivirlas.