Cien formas de romper un glaciar son cien piezas, a manera de piolet, con que enfrentarnos a la realidad. Cien acometidas matutinas, en el ojeo de un periódico −imagino su lectura especialmente en los trayectos de metro− que provocan una sonrisa, una reflexión, una consternación de conciencia, a ese usuario de la vida que somos cada uno de nosotros cuando nos desplazamos para vivir un día más.
Cien formas... es una selección temática desde los ojos escrutadores de ese hijo de taxista huérfano de madre, como se nos presenta en sus novelas, que despliega aquí todo ese saber comentarista del taxista que de forma magnífica ha desarrollado en sus textos narrativos; otra cosa es el tema de la madre: lo de parecer huérfano lo apunta él mismo en una de esas crónicas mínimas que toman forma de artículo reflexivo, cuando encara justamente ese capítulo que dedica a la madre, tan importante en su vida y de la que tan tan orgulloso se siente, que por no atreverse a mentarla, ha convertido su orfandad en personaje. Aquí no, en Cien formas de romper un glaciar, precisamente, reconoce la importancia de una madre, de una buena madre, una como la suya, para arremeter contra el hielo. Contra la vida. La madre como esa figura que, en realidad, le ancla a un lugar y un tiempo frente a la deriva ante la que cree sentirse. Lean «Mi madre pantera».
En realidad, lean de a poquitos esos sorbitos de vida que son estas cien piezas. Excelente índice que les puede decir por dónde atacar. Porque no es un libro que requiera lectura en continuo ni continuada. Sirve para saltar, para abrir de forma inesperada por una página, para buscar qué en un índice muy bien desplegado. Porque son cien piezas en grupos temáticos de diez, cada uno de ellos con su explicación. Cien artículos seleccionados de su trabajo de columnista para La Vanguardia. Otra virtud: ese párrafo −¿diríamos estrofa?−, que los presenta.
Un ejemplo: en «Despiece sentimental», llegando al final, reconoce cómo se desgrana uno mismo, el autor, en ese picar hielo que viene haciendo: «La nada más absoluta, el rellenar caracteres, pero también la sentimentalidad y la cursilería en un lado y el grito y el exhibir músculo hinchado de moralina y fatuidad. Ahí estamos. Uno escribe con la sospecha de que, en realidad, no lo lee nadie».
Píldoras de realidad, en que Carlos Zanón –autor, entre otras novelas, de Taxi, y Love Song− se enfrenta −nos enfrenta− a personajes etéreos e intocables (así los creímos) como el padre o la madre, pero también nos propone su catálogo de «Gente extraordinaria», como de «Gente corriente» porque la vida que nos rodea es precisamente su fuente de inspiración, como nos da «Instrucciones (de uso) para casi cualquier cosa», a la vez que nos recuerda que «vamos camino de ser almacenes de información sin recuerdos».
Si quieren entender qué tienen entre manos, el mismo Carlos Zanón, antes de adentrarse, nos lo explica: «He podido escribir [...] recordándome a mí mismo y a los lectores que no soy periodista, que ni tan siquiera sé serlo ni debo intentarlo, sino alguien con una mirada que trata de ser literaria sobre cosas que veo o creo ver, pienso o me explican para que las piense y deforme luego». Todo eso consigue.