Esta ambiciosa novela de Fernando Benzo (Madrid, 1965), la novena de una prolífica carrera cuyos últimos títulos han sido: Nunca fuimos héroes (2020) y Los viajeros de la Vía Láctea (2021), plantea tantos temas de interés que su sola enumeración casi agotaría el espacio reservado para hoy. Queriendo despertar la motivación por su lectura me centro en dos.
La amistad entre Gabriel Melgar, alias «Dardo», y Peyo, su amigo y vecino del sector más deprimido del barrio de San Blas, conforma la columna vertebral de este esqueleto narrativo recubierto con 700 páginas de logradas vicisitudes.
Dardo y Peyo, junto con Zanco y otros, forman la banda del Cosmos, una de aquellas agrupaciones de los ochenta que surgieron para que jóvenes marginales y sin futuro, procedentes de familias desestructuradas, intentaran prosperar atracando establecimientos comerciales y bancos. La droga, la pandemia de la época –más que la eficacia policial– solía ser la encargada de que esas bandas de delincuentes, incluso las cohesionadas y bien dirigidas, acabaran sus días en el más espeso barrizal.
«Existían algunos códigos sagrados: la lealtad a tu banda, a los colegas, a tu sangre o a tu barrio. Había algo irracional, algo que superaba al miedo o a la prudencia, que te llevaba a que, si era necesario, te golpearas hasta matar o morir en defensa del honor, el orgullo, la dignidad o la cartera de quien tocase. Las peleas tenían algo de ceremonia y celebración».
Peyo, fiel lugarteniente del jefe Dardo (hay quien lo llama «perrito faldero») es el narrador de esta vibrante trama de Los Perseguidos. Resulta relativamente novedoso en nuestra literatura actual que el narrador sea también un personaje de la historia. Cuando ello sucede, al contar desde «dentro», este narrador puede expresar sus reacciones y sus juicios, opinando desde el punto de vista de uno más de los actores de la trama. Benzo, trabajando con solvencia esta elección, muestra a un Peyo contenido, casi impávido. Modelo de fidelidad, Peyo admira y respeta a Dardo en todo momento, a pesar de no desconocer cómo en ocasiones ha sido traicionado (acabando por él incluso en la cárcel). Guardándose sus emociones, convertido en notario de la apasionante vida de su amigo (sin ella la suya sería gris), y acompañándolo hasta el final, Peyo cuenta sin aspavientos el irresistible ascenso de Gabriel Melgar: de líder de banda callejera a importante capo de la heroína, pasando por transportista internacional de droga y colega de poderosísimos traficantes de armas, mujeres y lo que se tercie; todo vale con tal de seguir medrando y llegar a la cima, en su caso frente a esos bellísimos atardeceres que se disfrutan en el mar onubense y que Dardo contempla desde la soledad que da el poder.
Aportando frescura, y con esa sensación casi cinematográfica de unas vidas que pasan frente a nuestros ojos, la amistad entre Dardo y Peyo parece seguir el patrón que Graham Greene inmortalizó en El tercer hombre: en ella hay no poco de la admiración que el escritor Holly Martins sentía por Harry Lime y que daba un tremendo giro... Pero también deja huella aquí el Joseph Conrad de El corazón de las tinieblas, con ese Charles Marlow que pausadamente va acumulando datos e impresiones durante la ruta fluvial que lo lleva al jefe británico de una explotación congoleña de marfil llamado Kurtz…
Tras años sin verse Fernando Benzo reúne a estos dos amigos en el inolvidable sexto capítulo de la sexta parte de esta novela. Lo que en él se cuenta y ventila sorprende tanto a los más leídos como a quienes se acerquen por vez primera al mundo de la novela con esta obra, Los Perseguidos.
Daniela Lorenzo, 36 años, soltera sin hijos, con un complejo de Electra controlado (su padre, José Javier Lozano, fue un periodista estrella de la Transición), amante del vino y de Chet Baker, investiga al mafioso Zoran Lazic de quien sospecha ha ordenado la muerte de su pareja (el osado abogado Raúl Puente). Este serbio, que durante décadas ha mantenido una estrecha relación de negocios con el inspector de policía Roque Cardoso, mientras, ha ido elaborando un listado de policías, guardias civiles y otros profesionales que «trabajan» para el cada vez más poderoso súper policía. Traicionando la confianza de Cardoso, el serbio, una vez detenido en el aeropuerto del Prat con semejante suma de nombres en su poder, busca negociar su libertad con el ministro del Interior Luis Cáceres, o, al menos, conseguir una condena leve.
Puesto en contacto con Roque Cardoso, el ministro aceptaría la propuesta de Lazic si, a su vez, Cardoso le ayuda a apuntarse un éxito político: la detención del empresario Gabriel Melgar –también conocido como Dardo– un traficante que lleva años esquivando a la justicia y del que se tiene noticias en Marbella.
Contada esta otra trama principal de la novela en tercera persona, vemos cómo el amigo de Dardo («capaz de hacer mil cosas por un amigo excepto ser su amigo»), –el omnipresente Peyo–, una vez salido de la cárcel entra en contacto con Daniela. Juntos, y a través de una serie de reportajes y fotos que ella publica en un importante diario, corriendo riesgos y venciendo no pocas reticencias, logran que salga a la luz toda la verdad sobre la más importante trama de corrupción ocurrida en España –y que ponga en jaque al gobierno.
Novela sobre la amistad, enfocada desde ángulos diversos, cierro la apretada reseña de Los Perseguidos con unos versos de Petronio en El Satiricón:
«La amistad ya no existe. La reemplaza
hoy día el interés. Todo son cálculos
como el ajedrez. Si la fortuna
alegre te sonríe, tendrás tantos
amigos como quieras; si la pierdes,
te volverán las espaldas con descaro.
Solo amigos se ven en las comedias,
más no hay amigos fuera del teatro».