A los quince años, a Catalina, protagonista absoluta de La educación física (novela con la que Rosario Villajos ha obtenido el Premio Biblioteca Breve 2023), bajo su envoltura de juventud, la percibimos como si padeciese ya de una vejez singular. Nos preguntamos: ¿Qué es lo que hace tan mayor a esta chica para estar tan asqueada de la felicidad incluso antes de haberla probado? A Catalina lo que pertenece a la vida le repugna, todo lo que le arrastra hacia ella y la sumerge en ella la espanta: pronto se llega a la conclusión de que querría no haber nacido.
A Catalina asumir su soledad, reconocer que ella es ella y no su padre, ni por supuesto su madre, ni menos sus compañeras de clase (sus amigas Amalia y Silvia), ni, incluso, los chicos con los que ha tenido algún escarceo amoroso (como Juan) supone un descubrimiento incómodo que inaugura su paso de la niñez a la adolescencia: una época dura en la que descubres que eres tú y nadie más, pero en la que no sabes quién demonios eres ni en qué consistes exactamente.
Decía Ricardo Piglia que «No hay otra madurez que la conciencia de los propios límites». En el caso de Catalina estos vienen definidos por su cuerpo: los cambios que en él se producen durante la pubertad (más evidentes y engorrosos en el sexo femenino) son vividos por ella como un drama que acentúa su misantropía. La llegada de la menstruación, el aumento del pecho, su altura de 1:80, la ropa con la que se viste, su pelo…, lejos de forjar un modo de ser desenfadado y abierto (no es infrecuente descubrir adolescentes rebosando energía y alegría) su crecimiento la va convirtiendo en una joven melancólica y pesimista, cada vez más cerrada a las aventuras de cada día.
En el año 1994, que es cuando se desarrolla La educación física, triunfan el grupo grunge Nirvana y la serie Twin Peaks, pero es también cuando se produce el secuestro y posterior asesinato de Anabel Segura, en un momento en el que España no se ha recuperado todavía del crimen cometido sobre tres muchachas menores de edad en Alcàsser (para mayor gloria de unas televisiones privadas que entonces empezaban y que, en sucesos de este tipo, tenían el gran filón de audiencia). Estos trágicos sucesos calaron hondo en los padres de aquella época, quienes –como los de Catalina– se vieron obligados a extremar sus precauciones fiscalizando no solo las compañías de sus hijas y sus horas de llegada a casa, también su forma de vestir o de llevar el cabello.
Esta presión familiar añadida al cotidiano comportamiento de Catalina, que detecta hostilidades donde quiera que esté (casa, instituto, en la calle, sola o acompañada), colaboran a que su sino sea cruzarse con seres quizá innatamente pérfidos, pero cuyos acabados retratos en buena medida surgen de una mediatizada distorsión, de esa torturada forma suya de sentir la vida.
Hay un respiro, un agarradero catártico para ella: la escritura. En uno de tantos hogares de aquella (y esta) España caracterizados por la ausencia física de libros (analfabetismo funcional que no es obligadamente favorecido por una vida holgada –en este caso se da dentro de una familia de clase media baja en la periferia de una ciudad–) se produce el milagro: que la adolescente Catalina despierte a la vocación literaria; algo, el arte, que siempre colabora de forma activa en reubicar a quienes se sienten diferentes…
Porque para ella todo lo que tenga valor fijo, verificable por los demás (la fortuna, el éxito, las posiciones brillantes), no cuenta. Son en sus subjetivas fantasías (acompañadas por posteriores remordimientos que generan una mente ya bastante neurótica) desde donde afloran gran parte de los desarreglos que trastornan física –y mentalmente– al principal personaje de La educación física. A esta perturbación sigue una inevitable rebelión del sistema nervioso que, en el caso de Catalina, conduce a un paroxismo de tensión realmente muy bien descrito por la autora, que prefiere el uso de la tercera persona para exponer tanto desconcierto juvenil (valiente opción estilística que supone un acierto).
El conflicto interno, creciente de forma progresiva, ha tenido su culminación en una situación vivida, horas antes de iniciarse el relato, en la finca de su mejor amiga. Un dato escondido que Rosario Villajos desarrolla con buen pulso durante los veintitrés capítulos y las cuatro horas que dura la narración, hasta desplegarlo ante nuestros ojos por completo.
La educación física es un libro modélico a la hora de referir el sufrimiento humano existencial, el propio del ser persona en el mundo, contrario al sufrimiento patológico o mórbido (tampoco desconocido por Catalina que sufrió una enfermedad que obligó a intervenirla quirúrgicamente durante su infancia).
La escritora cordobesa se las apaña para despertar la íntima emoción presente en esta ficción y originar otra similar en sus lectores. Lo consigue con un único personaje que se basta y sobra para mostrarnos qué se experimenta dentro de los estados patológicos del alma –tristeza, pasión, padecimiento y enfermedad–, unos estados apenas soportados durante esos contactos que tanto le hacen sufrir, día tras día, en esa creciente zona oscura donde dolor y placer, tortura y erotismo, mezclan humanamente sus raíces.
El reconfortante final de esta novela (páginas 293-297) con una de las más opresivas atmósferas jamás leída, sin tener nada que ver (¿o sí?) me ha recordado al de Blade Runner: sensación de apertura, de que por fin entra aire limpio en un alma hasta entonces ausente por pura supervivencia –debido a esa suma de calamidades que casi la han logrado insensibilizar.
«Ya no nos queda demasiada música dentro para hacer bailar a la vida. Toda la juventud ha ido a morir al fin del mundo en el silencio de la verdad».
Louis-Ferdinand Céline.