En Los divagantes, Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), autora de El cuerpo en que nací y La hija única, entre otros títulos, y finalista del Premio Booker Internacional 2023, nos presenta una obra compuesta por ocho breves relatos en los que se percibe una gran nostalgia de libertad en sus protagonistas. Ocho relatos que giran sobre lo desconocido, en donde cada uno de ellos, marca un camino de autodescubrimiento a la vez que muestran al lector la vertiginosa realidad de la que ninguno de ellos consigue escapar, pues en este caso “la estrategia para sobrevivir consiste en ocupar las zonas grises” (p. 67).
La autora en forma de metáforas, nos adentra en la búsqueda del conocimiento interno de los protagonistas, esas “raíces profundas y suficiente fuertes para sostenernos; las raíces son esa parte oculta bajo el suelo en la que nadie piensa y nadie quiere ver, es la que nos sostiene a todos” (pág. 100). En “Un bosque bajo la tierra”, la representación de las precarias y cada vez más distantes relaciones familiares, se transfigura en el anhelo de una huida resquebrajada por esas raíces que nos anclan a nuestra pasado.
Así, en el primer cuento, titulado “La impronta”, Antonia por medio de su tío Franck enfermo y cercano a la muerte, descubre la secreta y enigmática historia de su familia. Tomando la difícil situación de los niños que han crecido sin padres representada en la soledad aun cuando estos no son huérfanos, indica la autora en el segundo relato “La cofradía de los huérfanos” que “siempre estamos solos, quizá más que nunca cuando estamos al lado de nuestras madres” (p.38).
Desde esta perspectiva, en “Jugar con fuego” se adentra en el espacio de las relaciones familiares, complejas en su existencia. Gabriela nos invita a reflexionar sobre las mismas hasta el extremo de condicionar el conocimiento de una madre sobre sus hijos y las propias lealtades entre ellos, “como madre, sería capaz de renunciar a cualquier aspecto de su vida por sus hijos, ellos (en cambio) tenían pactos de solidaridad excluyentes” (p.61).
En “La vida en otro lugar”, un actor de teatro sin éxito alguno, representa una vida secreta y paralela para escapar de su realidad, de su presente que se ha convertido en algo “comparable a los anuncios televisivos que interrumpen una película apasionante” (p. 113). Así, en “La puerta rosada” y a modo de aprendizaje interior, nos transmite como no siempre la verdadera existencia es la que refleja el espejo en el que nos miramos.
En “Los divagantes” (pp.125 y ss.), dando título al libro, recurre nuevamente al uso de la metáfora. La figura nuclear es un albatros “alejado de su hábitat natural” que representan a los personajes, esos “divagantes” que ya no saben si podrán o después de cada uno de sus relatos, querrán regresar a la ordinariez de sus vidas. Errantes como “albatros perdidos” o “albatros divagantes” que en lugar de permanecer en el territorio de sus vidas deciden “imaginar” y “explorar” mundos inusitados y desconocidos para cada uno de ellos (p.143).
Finalmente, “El sopor” culmina esta huida de los personajes, tomando el sueño nocturno como una “forma más de disidencia personal” (p.160). La autora trata de virtualizar un oscuro confinamiento instalado en el que los soñadores encuentran una forma de tener distintas vidas.
Los ocho relatos tienden a contemplar la vida desde una perspectiva abrumadora, entre lo real y lo irreal, entre el éxito y el fracaso, mientras que las cosas pueden seguir como la noche anterior se han dejado, nosotros ya no seremos los mismos, seremos incapaces de regresar al ayer.