El martes 31 de octubre se estrenó la primera de las siete funciones previstas del Orlando de Haendel, obra que está programada en el Teatro Real entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre. Se trata de una nueva producción del coliseo madrileño que procede del Theater an der Wien, donde se estrenó en 2019. Ésta es la quinta vez que la entidad une los talentos del director de orquesta Ivor Bolton y el director de escena Claus Guth. El miércoles 1 de noviembre se ha reservado para otra visión del mismo héroe épico -ésta en versión de concierto-, el Orlando paladino de Joseph Haydn, después de quince años sin que el Real programe óperas de este compositor del clasicismo.
El estreno de Orlando fue el único que Haendel llevó a cabo durante la temporada de 1732-1733, coincidiendo con una época en la que el autor alemán abandonó los temas históricos para indagar en los literarios. Considerada por varios especialistas como la mejor de las óperas haendelianas, Haendel la compuso sobre la adaptación, por un libretista anónimo, del libreto de Carlo Sigismondo Capece, L’Orlando, overo la gelosa pazzia (Orlando y la locura de los celos). El libreto de Capece está basado, a su vez, en el poema épico Orlando furioso de Ludovico Ariosto (1474-1553). Domenico Scarlatti ya se había basado en el libreto de Capece para su ópera del mismo título estrenada en Roma en 1711 (la partitura de ésta no nos ya llegado), pero el adaptador anónimo contratado por Haendel, aunque se sirvió del libreto de Capece, hizo muchas modificaciones, sobre todo para incluir al mago Zoroastro, un personaje que actúa de impulsor negativo -y también guardián- de los actos de Orlando, porque en esencia busca la gloria del héroe, pero al final también lo protege de su locura. Los paralelismos entre este Zoroastro de Orlando y el Sarastro de La flauta mágica de Mozart no pueden obviarse; además del nombre, su función en la trama guarda evidentes paralelismos. El poema de Ariosto inspiraría otras dos óperas posteriores del Haendel, Ariodante y Alcina, estrenadas en 1735, que el compositor compuso para la Royal Academy of Music.
Haendel tenía tal grado de sensibilidad cuando escuchaba una voz que era capaz de componer para sus características más particulares, de modo que el proceso de composición era posterior a la selección del elenco. Así, los puntos fuertes y las debilidades de cada cantante influían en el proceso de creación, e incluso en la estructura del drama mismo. De manera semejante a como en la antigüedad ocurría con los gladiadores romanos en la arena de Roma, en la ópera italiana del siglo XVIII los cantantes, principalmente castrati, eran los verdaderos héroes del espectáculo, por lo que el género estaba destinado fundamentalmente a la exhibición, y no tanto a su conservación como legado.
Un ejemplo de lo anterior en la ópera que nos ocupa fue la inclusión, durante la misma composición de la partitura, del personaje de Zoroastro, hecho al que se ha aludido arriba. Haendel lo ideó para el veneciano Antonio Montagnana, alumno de Porpora (como también lo fue Farinelli), personaje que en la producción que ahora presenta el Teatro Real corre a cargo del barítono austríaco Florian Boesch. En realidad, la partitura, por su baja tesitura, parece estar escrita para un bajo, pero Montagnana, barítono a la sazón, tenía la habilidad de sostener durante mucho tiempo las notas bajas y Haendel decidió componer para él este papel, que requiere una buena línea de canto bajo, pero con un color de voz baritonal y buena capacidad para la coloratura. La inclusión de una voz como la de Montagnana en una época donde los papeles principales corrían a cargo de castrati (los que no lo eran solían hacer de bufones o de villanos) añadía a la ópera seria de la época un aliciente evidente, porque ganaba en variedad, profundidad y, en definitiva, en consistencia. La importancia de Montagnana en Orlando es evidente, pues su personaje inicia la ópera con “Lascia Amor, e siegui Marte” (“Deja a Amor y sigue a Marte”), dado que una de las características de las óperas de Haendel era que los cantantes principales cantaban el aria inicial o cerraban la ópera.
Haendel, por supuesto, también pensó en un cantante determinado para su Orlando. El encargo recayó en el gran alto castrato Senesino, con quien el autor colaboró en muchas ocasiones. En la época contemporánea este papel ha sido interpretado por mezzosopranos como Marilyn Horne o contratenores como James Browman o David Daniels. En el estreno de Orlando del pasado martes el cantante encargado de dar vida a este héroe de Haendel fue el francés Christophe Dumaux (en el segundo elenco lo hará el español Gabriel Díaz), que estuvo perfecto en todo momento, tanto de afinación como de agilidad e incluso profundidad, imprimiendo al personaje carácter necesario, tanto en el plano vocal como interpretativo.
El papel de Angelica, personaje que provoca los celos de Orlando porque en realidad ama a Medoro, corrió a cargo de la soprano angloaustriaca Anna Prohaska (en el segundo reparto, Francesca Lombardi Mazzulli), una cantante con un carácter vocal muy adecuado a su personaje, mientras que el de Medoro fue interpretado por el contratenor estadounidense Anthony Roth Costanzo, ovacionado por el público en alguna de sus arias. Redonda y simplemente “deliciosa” estuvo la italiana Giulia Semenzato, que intervendrá en ambos elencos, como Dorinda. Esta soprano, con un bellísimo color de lírico ligera hizo, por su perfecta dicción (como italiana que es de nacimiento) y extraordinario dominio de la agilidad, las delicias del público.
En cuanto a la escena, el alemán Claus Guth ha optado por un único espacio; una casa de tres pisos semejante a algunas de la costa de California situada sobre una plataforma que, al girar, va ofreciendo distintas perspectivas de la casa y sus dependencias y que, junto con las escaleras exteriores, exentas y sin barandilla, brindan al director un marco inmejorable para el tan necesario movimiento escénico. Es una pena que en los últimos años en las puestas en escena se recurra tanto al feísmo. En este Orlando solo los brillantes colores del uniforme de Dorinda, que es presentada como una vendedora ambulante de helados en una destartalada caravana de los años sesenta, y el verde de las palmeras de plástico rompen la escala imperante de grises.