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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Poncia, de Luis Luque: tras las cenizas de la Adela lorquiana

jueves 30 de noviembre de 2023, 10:36h
Actualizado el: 30 de noviembre de 2023, 10:57h

Luis Luque firma y dirige una sugerente pieza basada en “La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca, que se centra en la figura de Poncia, la sirvienta de la familia.

Poncia , de Luis Luque: tras las cenizas de la Adela lorquiana
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Poncia, de Luis Luque

Director de escena: Luis Luque

Intérpretes: Lolita Flores

Lugar de representación: Teatro Español (Madrid). Gira por España

Muchos personajes de Federico García Lorca han tenido una segunda vida en dramas de otros autores que han prolongado su historia en obras dedicadas en exclusiva a ellos. Se trata, en parte, de un testimonio más de la inmensa vitalidad de estos caracteres lorquianos, capaces de saltar de la pieza original a textos de otros creadores posteriores sin perder un ápice de su vigor y longevidad. Un síntoma, también, del afán que nuestros dramaturgos sienten por repensar el teatro de García Lorca. Los singulares protagonistas de su última tragedia, La casa de Bernarda Alba, constituyen sin duda la principal fuente de recreaciones. Este es el caso de la actual Poncia, primer drama del director de escena Luis Luque, quien ha seleccionado a esa inolvidable criada de Bernarda Alba apodada “la Poncia”, para reescribir la tragedia de las Alba desde el punto de vista de una clase social inferior a ellas, aportando así una perspectiva popular, en apariencia más honrada y capaz por ello de hacer una crítica supuestamente más auténtica y veraz sobre las culpas y desgracias demoledoras que sufren las protagonistas de una familia tan encumbrada como llena de prejuicios.

La elección de la cantante y actriz Lolita Flores para dar vida al personaje de Poncia ha debido ser muy grata para Luis Luque, pues ya tuvo ocasión de dirigirla en la memorable Fedra creada por Paco Bezerra, sacando de Lolita insospechadas facetas de una figura nacida de las más genuina tradición trágica grecolatina. La Poncia que interpreta Lolita ahora no encarna en primera persona la catástrofe funesta de las Alba, pero sí va a ser el testigo privilegiado de sus abisales desdichas. Y Lolita vuelve a expresar con verdadera hondura ese testimonio de lo trágico, infundiéndole un profundo desgarro popular. Se alza así como una de nuestras actrices más dotadas para expresar ese sufrimiento del pueblo, capaz de soportar el dolor hasta límites impensables y sobrevivir a las más terribles desventuras, como también demostró interpretando a la Colometa de La plaza del diamante. Más allá de personajes costumbristas o folclóricos, Lolita Flores posee en esta vertiente trágica popular una creatividad formidable que presagia futuros extraordinarios logros que den continuidad a la actual Poncia.

En el inicio del espectáculo lo que entra primero en escena es una cascada de cenizas resplandecientes que se van depositando en el escenario hasta alcanzar un considerable montículo. Es la escoria de los días, el polvo tras la destrucción humana, la polvareda de los restos mortales de la hija menor de la familia, Adela, después de haberse ahorcado y tras haber sido depositada bajo tierra hasta convertir su pasión en lodo, cieno y ceniza. El autor comienza su drama cuando la tragedia de las Alba ha llegado a su fin. Ese desecho polvoriento de lo que antes fue una vida apasionada estremece profundamente a Poncia, pero el destello luminoso de esas mismas cenizas augura que la desesperación no será absoluta y estará ligada a una indestructible esperanza.

Oculta tras unos velos claros y semitransparentes, Poncia empieza su planto por Adela con sentencias poéticas donde se detectan versos del propio Federico García Lorca, de su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías o Diván del Tamarit. Ya sea por las enormes cortinas blanquecinas que separan a Poncia de los restos polvorientos de Adela, ya sea por encontrarse la trágica criada al fondo del escenario, o ya sea por la lentitud solemne de este planto fúnebre, lo cierto es que muchas de las frases y vocablos dichos por Lolita se tornan confusos y hasta incomprensibles, escena que exige corregir con firmeza la energía de la dicción de las palabras y la proyección de la voz.

Otra cosa sucede cuando Poncia sale de detrás de los telones para afrontar cara a cara las cenizas simbólicas de Adela. Lo que en un primer momento parecía que iba a ser sólo una lamentación elegíaca que abarcase toda la pieza, da paso aquí a un análisis crítico de los personajes de Lorca. El lenguaje se hace claro, fuerte y categórico. Sorprenden las recriminaciones de la sabia sirvienta, porque su llorada Adela nos ha sido mostrada durante casi un siglo como una víctima pura e inocente, en la que no cabe ningún reproche ni sombra alguna en sus pensamientos y acciones. Se ha blanqueado así al personaje hasta convertirlo en la protagonista de un melodrama maniqueo de malos absolutos frente a una bondad incondicional. Pero lo cierto es que Adela -como su análoga luchadora contra el poder injusto: Antígona–, se desconoce a sí misma, no prevé la furia rabiosa que esconde en su corazón, ni su propensión a dejarse arrastrar por impulsos irracionales sin aceptar sus consecuencias.

Estas vehemencias ilógicas la devuelven al genuino campo de la tragedia, donde ningún personaje es simple y cándido, ni libre de impurezas o culpas, aunque sea la víctima de los sucesos. En realidad, el dramaturgo Luis Luque no fantasea sobre estas vertientes oscuras de la joven inmolada en la familia Alba, sino que se limita a recopilar las advertencias y acusaciones que la misma Poncia de García Lorca hace a Adela en el transcurso de La casa de Bernarda Alba.

El hilo conductor de la crítica que la sirvienta transformada en tribunal popular realiza a los demás personajes sigue esta misma pauta iniciada con Adela, interpelando a objetos simbólicos que representan a cada una de las figuras protagonistas del drama trágico. Pepe el Romano será una de las gasas que cuelgan sobre el escenario. Co ello, el autor se propone convertir al personaje en apariencia más poderoso en un fantoche cobarde tan presuntuoso como frágil. El texto le atribuye, además, cualidades nefastas que en modo alguno forman parte de la obra lorquiana. Poncia agarra, retuerce y rasga la gasa acusando al seductor de las hijas de Bernarda de ser un hombre iracundo, agresor de las mujeres, matón, pendenciero, feroz culpable de violencia de género. Algo que no aparece ni por asomo en la tragedia de García Lorca, pues el egoísmo de Pepe el Romano se limita a cortejar a la hermana mayor, Angustias, porque es la heredera de la fortuna familiar, y a tener sexo con la más joven y atractiva, Adela, porque ella misma se le ofrece.

Sin embargo, cada época formula sus creencias más ciegas e incontrovertibles. Y como Pepe el Romano personifica la principal figura patriarcal del texto, tiene hoy por fuerza que estar asociado a agresiones físicas contra todas las mujeres que se encuentre a a su paso. ¿Qué el creador del personaje no lo concibió así? ¡Qué más da! ¡Una pequeña omisión de Lorca! ¡Seguro que anda por ahí, en otros dramas que desconocemos, pegando palos a doncellas! ¡Y Poncia lo sabe! Las creencias actúan siempre de este modo aturdido y rutinario.

Poncia sí se enfrenta a la verdadera representante de la cultura patriarcal –que no es un sexo, sino una ideología social-, encarnada en este caso por la tiránica Bernarda. El objeto que la simboliza es una vara: la de mandar y la de azotar a la insubordinada. Reproduce aquí la rebelión de Adela cuando desafía a su madre y rompe su bastón de mando. Hay, sin embargo, en este enfrentamiento póstumo de Bernarda y Poncia, entresijos más profundos y violentos que dejan entrever un odio brutal que apenas se expresa de forma diáfana. El espectador debe estar muy atento a estos pasajes, pues el dramaturgo ha fusionado aquí las afirmaciones y las réplicas entre Poncia y Bernarda en un solo monólogo que rememora el pulso soterrado entre ambas. Poncia trata de avivar el conflicto que hace zozobrar los pilares de la casa. Bernarda lo considera una ofensa inadmisible y con medias tintas le recuerda a su subalterna el oficio de prostituta que ejercía su madre y la gran deuda contraída al rescatarla de esa esfera. El resentimiento humillado de Poncia no encuentra palabras para manifestarse y se echará en falta su verdadera respuesta con acciones tan furtivas como demoledoras en el desenlace de la obra.

Las demás hijas de Bernarda Alba se designan en otros símbolos: sucesivos vasos de leche. El color blanco del líquido los asocia al apellido Alba. La pequeñez de los vasos indica su nimiedad y falta de carácter. La leche misma representa una simple apariencia de pureza nutritiva que la sagaz criada se ocupa de desenmascarar metiendo el dedo lleno de saliva en cada uno de ellos. Pareciese que les tomase la temperatura moral a cada una de ellas traspasando su apariencia social para palpar el trasfondo de sus almas. Ante el vaso que representa a Angustias, sólo proclama palabras de compasión hacia la que parece la más afortunada heredera y encarna, en realidad, a la más mortificada de todas.

En el recipiente lácteo de Martirio, por el contrario, percibe rencor, inquina, mortal animadversión que enfurece al tribunal popular en que se ha erigido la sirvienta. Martirio era quien había robado la foto de Pepe el Romano, la que deseaba y odiaba a los hombres, la que no toleraba que Adela hubiese disfrutado el placer del único hombre autorizado a rondar la casa. La que le dio la falsa noticia de que Pepe había caído mortalmente herido por el disparo de Bernarda, sólo para atormentar de desesperación a su detestada hermana Adela e inducirla al suicidio. En el aborrecimiento fraternal de este otro Yago se ha vuelto a usar la desinformación con fines homicidas.

Ante la amargura de este recuerdo lacerante, Poncia rememora la cómica figura de la abuela María Josefa a través de un vestido de novia, que evoca las afirmaciones absurdas pero llenas de verdad de la anciana encerrada en su alcoba como en un presidio. La locura de la anciana es la que expresa -de forma paradójica-, con mayor autenticidad los deseos silenciados en la casa: la apetencia de amor, sexo y maternidad.

Mientras baila con el viejo y entrañable traje de María Josefa, viene a su memoria el deseo ancestral de la octogenaria: casarse y tener hijos lejos de allí, a orillas del mar. Un lugar, pues, luminoso, abierto, con viento y espuma, liberado de muros y yogos que sojuzgan la vida femenina. Ese afán de María Josefa desencadena así un final alternativo a la tragedia escrita por el autor del Romancero gitano, pues siente en su alma que esa aspiración podrá llevarse a cabo en un próximo futuro. Las blancas telas ahora ondean y todo el escenario se ilumina con un claro azul que evoca los días luminosos junto a litorales marítimos. Bajo los efectos de esta ilusión, Poncia se encarga de declarar su profunda esperanza en que ese feliz anhelo está próximo a materializarse lo que comunica una cálida euforia entre el público. Los deseos femeninos se realizarán sin consecuencias siniestras.

Luis Luque ha empezado su pieza en el momento máximo de la tragedia, ante las cenizas de Adela, pero ha recorrido el trayecto inverso hasta desembocar en la toma de conciencia de los espectadores de que aquella muerte no fue inútil y favorecer una reacción animosa y confiada en barrer las condiciones abominables psicológicas y sociales que la causaron. Objetivo último, quizá, de toda tragedia, donde las experiencias terribles son sólo un impulso para subvertir el oprobio que las originaron.

Repensada así esta tragedia del genial dramaturgo granadino, queda en el aire una última cuestión que se omite. La obra se titula Poncia, pero el personaje de “Poncia” queda fuera de esta meditación. Comenzando por su nombre que es, en realidad, un apodo habilísimamente creado por Federico García Lorca. Ese sobrenombre apela de forma clara a los relatos evangélicos y apunta a un nombre mítico: “Poncio Pilatos”. Al igual que Poncio Pilatos se lava las manos ante la condena o liberación de Cristo, Poncia simula abstenerse ante el sacrificio -cristológico- de Adela. Pero Lorca utiliza el alias de la criada con una intención irónica. Poncia finge ser neutral, pero no lo es. Las humillaciones que sufre de parte de la familia a la que sirve, perteneciente a una clase social superior a ella y de cuyo poder económico depende, originan en Poncia un fuerte resentimiento, cuyo odio la empuja hacia la venganza. Debe ocultar esta acción y disimular a toda costa sus verdaderas intenciones.

Pero comprobamos que siempre que interviene existe un patente propósito de potenciar el conflicto de la familia a la que sirve. Sin sus calculadas intervenciones y sus premeditadas informaciones dejadas caer en los momentos exactos, la tragedia no se habría consumado. Esta es la represalia de Poncia, en la que también recae cierta cuota de responsabilidad en el terrible desenlace de La casa de Bernarda Alba. Poncia no es una figura imparcial y objetiva ante las cenizas de Adela. Habría sido interesante que un drama que lleva su nombre, hubiera incluido una reflexión sobre ella, sobre su parte de culpa o sus omisiones interesadas, ya que su perspectiva resentida es uno de los aspectos más brillantes que García Lorca aportó a su magistral tragedia. O quizá sea una tarea pendiente para otra revisión crítica de estos inolvidables personajes lorquianos y de valía universal.

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