Nos ha dejado el gran pintor Roberto González Casarrubio
La tarde del pasado jueves falleció en el Hospital Nuestra Señora de América de Madrid el pintor Roberto González Casarrubio, a los 88 años de edad. Estaba casado con Bárbara Rothenberger, y era padre de Paloma y Luisa. Había nacido en Madrid el 16 de abril de 1936 y desde la más tierna infancia había demostrado dotes especiales para el arte. Con catorce años ya dominaba la pintura al óleo, como demuestran sus trabajos conservados. Siendo adolescente asistiría a las clases de dibujo y pintura en la Escuela de Artes y Oficios y en el Círculo de Bellas Artes, ambos en Madrid, a la par que cumpliría con sus obligaciones hosteleras profesionales para ayudar a su familia. Con el tiempo asistiría a las clases de Pintura Libre en la Escuela de San Fernando.
Su absoluto talento para el dibujo le llevó muy joven al terreno profesional de la ilustración gráfica y la historieta gráfica, convirtiéndose pronto en Director de Arte de agencias españolas e internacionales de prestigio, ilustrando muchas páginas de importantes revistas juveniles europeas. El dibujante gráfico delató pronto la gracia dibujística única del que llegaría a ser un gran pintor. A la par que trabajaba como viñetista se postularía como pintor contemporáneo, con muestras colectivas e individuales de creciente prestigio que recabarían en su momento críticas memorables de Calvo Serraller, Marín-Medina o Antolín Paz, que consideraron justamente la importante trascendencia contemporánea de su obra.
Ya en estos inicios sería ganador de prestigiosos certámenes artísticos, como el Primer Premio Penagos de Dibujo, de la Fundación Cultural Mapfre Vida, del año 1984, en cuyo jurado figuraba Antonio Mingote, que celebró la obra de González Casarrubio en una conferencia con motivo de la ceremonia de entrega. Poco después, la Fundación Gregorio Prieto de Valdepeñas le otorgaría su medalla y premio de dibujo, y obtendría sendas medallas de honor en el Premio BMW de Pintura.
Como dibujante hizo gala de una pasmosa frescura y seguridad, con un dominio amplio del poliedro técnico dibujístico, con gran capacidad para conformar un universo variado y vivo de tropos expresivos dentro del amplio lenguaje del dibujo; de este modo, supo sintetizar los más diversos efectos gráficos, desde las posibilidades de la mina de lápiz a la tinta, pasando por el pastel, el carboncillo, la aguada, la témpera... En un mundo gráfico sin apenas muletas tecnológicas, anterior al ordenador, al talento del dibujante se confiaban las soluciones gráficas más difíciles y los resultados artísticos más innovadores. Roberto fue un crack de la época.
González Casarrubio desplegó lujosamente como artista un amplio abanico de recursos artísticos y fue maestro en técnicas diversas con un lenguaje propio de gran personalidad y honda sabiduría profesional. Estos valores habrán de regresar, tarde o temprano, al imaginario creativo y crítico para poder aquilatar en justicia el arte del siglo XXI. Fue un retratista de importante calado, cultivando no sólo el arte de retratar per se, cuando el lo pretendiese, sino el retrato como elemento naturalmente enquistado en el arte, que es la joya de la corona del talento retratista. Esta consiste en saber articular el retrato en los vaivenes de la ceremonia pictórica, sin protagonismos especiales y artificiales, sino como se desarrolla el empaste de la imagen humana en la vida misma; algo extremadamente difícil. Me atrevería a decir que retrato y vida en la obra de González Casarrubio no son exactamente lo mismo, pues los que habitan en los escenarios de sus obras no son tanto retratos personales con tal etiqueta, sino almas humanas y psicologías latientes en su salsa; tampoco la música quedaría aparte, en ningún caso, de esta salsa: ni la clásica ni el Jazz, tan amadas por Roberto.
Fue también un articulador sorprendente del rigor del óleo, pues esta técnica ha sufrido y sufre constantes desnaturalizaciones que la han hecho parecer prescindible y sustituible sin más. Roberto González Casarrubio dignificó está técnica con sus maneras pictóricas respetuosas y libérrimas por igual, al nivel de los mejores pintores al óleo del mundo. Marín-Medina lo colocó en la órbita de Eric Fischl; yo, con respeto, me acuerdo de Lovis Corinth; no son mancos, precisamente.
Y no olvidemos que González Casarrubio fue también grabador y escultor de hálito: un verdadero polímata con la sinceridad como timón vital, como dijo acerca de él su queridísimo amigo Yann Malka: 'Es muy difícil la sinceridad. No hay nada más difícil, porque, para quien busca la sinceridad, no hay nada más; la sinceridad lo exige todo'.
Su voluntad fue indestructible; su esposa lo comprobó y me lo comunicó. Más allá de la fragilidad de la realidad física que nos caracteriza, la voluntad pertenece a un olimpo metafísico y no se queda fácilmente en los lechos del polvo; es devuelta al saco común una vez usada. Hay quienes no la deterioran ni la malgastan en su turno, al contrario. Está es la verdadera inmortalidad. Su amantísima esposa, Bárbara, ayudó a Roberto a surcar su camino de perfección. Vayan mis condolencias más sentidas, las nuestras, a ella y a todos los suyos.