Si una noche de invierno un viajero es el título que nos llega a la mente nada más tener entre manos Si una mañana de verano, un viajero. De Italo Calvino a José Carlos Llop hay más de una semejanza o analogía, aunque no podemos decir que sea continuación este de aquel. Calvino juega con la doble lectura, va del personaje del Lector a los relatos que deja inconclusos, mientras Llop cristaliza unos recorridos que, a pesar de ir y venir, siempre culmina: son sus temas el tiempo, la lectura y la vida, a partir del lugar de escritura. Porque durante treinta y tres veranos ha escrito, en un proceso mucho más inmersivo y productivo que el resto del año, desde la pequeña celda que ocupaba en una casa junto al mar. Algo que ha llegado a su fin.
«En un pequeño puerto de pescadores en una isla del Mediterráneo», así comienza el libro, ubicándonos en la Mallorca que tan bien narra en sus textos. Se le recuerda por su descripción de Palma, sobre la que, es cierto, ha hecho ya varias joyas literarias. Pero Si una mañana de verano, un viajero, en realidad, sigue la estela de Solsticio. Allí sitúa la infancia –siempre el verano– en un destacamento militar en el Betlem de Artà. Allí sitúa el inicio de su escritura. Después nos narró su salida a París y Barcelona –Reyes de Alejandría–, la juventud y la música, antes de radicarse definitivamente en Mallorca, con ese espíritu estable por el que permanece en la isla. Ahora es Valldemossa: la madurez, que consiste en la vida y la escritura; también en la amistad. Y en el tiempo. «La memoria, que es recuerdo pero también es olvido».
Todo presidido por el mar: «El poder del bálsamo y el don de la calma ilimitada, cuando se vive frente a él, cerca de él. Vivir junto al mar nos adentra en nosotros mismos y haciéndolo revela en nuestro interior un doble de su vastedad. Nunca el vacío, sino la riqueza de esa vastedad».
José Carlos Llop nos tiene acostumbrados a que sus libros resulten inclasificables, así que asumimos la aproximación que él nos ofrece: «Un libro como éste, que no es una novela y tampoco una biografía; que no es ficción y tampoco es autoficción». Le hemos conocido como poeta, le hemos leído dietarios, y ya en prosa se lanzó a la novela a la par que a la rememoración de la ciudad, su ciudad y su isla. Este quiere ser un libro de la pérdida, porque surge del abandono de un territorio, la partida del lugar de escritura, esa casa junto al mar que le acoge durante la forja de su escritura narrativa. Tiene mucho de biográfico, este texto: «He vuelto a hallar el tono donde escribir otro fragmento de vida, otro fragmento de tiempo».
Como si esa vida se hubiera acabado, el lugar de escritura se ha trasladado a la montaña, algo así como a tierra firme: en el pueblo de Valldemossa no azota el viento: «Vivir a expensas de los vientos, del calor asfixiante y la humedad inmisericorde, del temporal y de la calma, dibujaba el calendario que marcaba los días y los uniformaba o hacía diferentes».
Llop ha practicado la escritura en todas sus facetas, y aquí hay un compendio de todas. En este libro está la isla. Lo más destacado, su percepción del tiempo: «Es lo más parecido que tiene el hombre al imposible dominio de sus días. Lo más parecido junto con la escritura, que lo estira y alarga o comprime y condensa. Si el tiempo es lo que somos, su relación con la escritura es aquello de lo que está hecho un escritor.»