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RESEÑA

Atlas en rojo, de José Luis Díaz Caballero: la creación poética desde el dolor existencial

Atlas en rojo , de José Luis Díaz Caballero: la creación poética desde el dolor existencial
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Javier Mateo Hidalgo
martes 17 de junio de 2025, 14:12h

Los volúmenes publicados por La tortuga búlgara —dirigida por Marco Vidal González—, reúnen unas particularidades que los hacen inconfundibles. Entre aquellas que los hacen imposibles de desligar del sello del que proceden está, en primer lugar, el diseño de la portada y su maquetación, obra de María Vera Avellaneda. Cada cubierta cuenta, en su portada, con una ilustración asociada íntimamente al contenido del poemario, además de incluir, de una o de otra manera, la forma de la tortuga que da nombre a la editorial. En segundo lugar, encontramos en la solapa izquierda una fotografía tipo carnet del poeta y una biografía inusual, escrita desde el estilo lírico del autor de la obra. Por último, en la solapa derecha, el mismo creador describe siempre un recuerdo asociado a una tortuga.

En el caso del poemario Atlas en rojo, obra del novelista, abogado y crítico literario José Luis Díaz Caballero (Madrid, 1979) y publicado como número 9 de La tortuga, estas particularidades ya mencionadas y detectadas al primer vistazo del volumen nos dan una idea bastante aproximada sobre lo que vamos a encontrar en sus “tripas”. Por un lado, el diseño de la imagen exterior, teñida del tono encarnado al que refiere el título y con las marcas de la concha del galápago como fondo. Por otra parte, el retrato en la solapa izquierda del poeta —el cual confiesa que se gastó un buen dinero en un fotomatón hasta obtener la foto deseada de su rostro— y la descripción biográfica. Sus palabras comienzan a dar sentido a su obra: “Busco, desde hace demasiado tiempo, un territorio del que nada sé, y cuya geografía, en caso de existir, se me revelará inasible”. Tenemos ya, por tanto, ese “atlas” o cartografía espacial: un espacio al parecer ideal por inalcanzable. No obstante, el poeta añade que la poesía es “el vehículo que, desde entonces, me protege y mantiene con vida”, para concluir: “En los versos, en la angulosa dimensión de las imágenes y símbolos, encuentro el camino. Camino no exento de precipicios que me insta a diario a fundirme con la luz”. Es por tanto la lírica lo que protege y salva al poeta. Una especie de talismán que le ayuda a seguir adelante, no por ello sin sufrir en el camino. La poética como bálsamo o catarsis a través de la cual poder expresar los sentimientos que atenazan, pero que no impide cierto dolor. Es en ese exorcismo o auto-psicoanálisis donde siempre duele encontrar aquellos elementos que permanecen en la sombra interior, siendo un acto de valentía arrojar luz sobre ellos y exponerlos públicamente. Por último, en la solapa derecha, hay una mención al padre asociándolo con la figura de una tortuga que le regala. La visión de este objeto en una madrugada de “injuriosas estrías” le devuelve en su “soleado haz” un gesto de perpetua afirmación. Un nuevo amuleto, en este caso físico, bien importante para el poeta. El que haya sido entregado por el propio padre convierte a éste en figura clave para la vida y obra del poeta, como veremos más adelante.

Pero sigamos con el sentido autobiográfico del poemario. Qué duda cabe de que cada obra lo es a su manera, pues a través de ella encontramos siempre trazas del autor, sin importar que su contenido sea más o menos ficcional. En el prólogo, obra de Patricia Crespo Alcalá y titulado Cartografiar la vida en la palabra —título bien iluminador, pues nos habla del escribir testimonial—, se dice que el pasado siempre es importante a la hora de “trazar nuevas rutas” rumbo a un destino: “No es una tarea sencilla lanzar esa mirada retrospectiva para observar e indagar quiénes somos y porqué somos, el acto exige la valentía de enfrentarnos a nosotros mismos y a aquellos que nos acompañaron en este viaje inacabado, y todavía lo hacen, y de cuestionar nuestras decisiones, que sólo el tiempo sabe situar en nuestro personal atlas”. En éste su primer libro poético —que no obra, pues tiene en su haber dos obras de ficción publicadas—, José Luis Díaz busca “afrontar el propio pasado para, de una manera catártica, reescribir el presente”. Crespo también destaca en el poeta “ese dominio del lenguaje que le permite apropiarse de él y amplificar su sentido y significado para dotarle de un valor poético sin igual”. Nos encontramos ante un trabajo dotado de un estilo rotundo y bien personal, con el que además de conocer el pasado del autor podemos encontrar reflejos del nuestro propio. Ahí reside la grandeza del poeta, siendo capaz de forjar, a través de sus experiencias, una imagen especular con la que el lector se sienta identificado. La percepción de una vida en un mundo común a todos. No se trata, dice Crespo, de una “poesía confesional, ni de la experiencia”, sino de “una individual forma de contemplar y expresar, de traducir el mundo, su mundo, a la palabra”. El poeta busca, mediante la “reescritura de su biografía”, encontrar el “sentido de estos hechos en la misma y, en consecuencia, de la propia identidad con la intención de reconducir el presente”.

Dividido en un prólogo, cuatro partes y un epílogo, en el inicio de Atlas en rojo se aprecia una clara figura generadora de vida y a la que el poeta debe su existencia: la madre. Es ella la que trae al mundo al poeta con sufrimiento, como apreciamos en el poema inaugural Cinco: “Horno es tu suspiro / del que extraes / mi / carne / para siempre”. Surge el padre junto a la madre en Luz, cuando el poeta dice: “tú / y / tú / os miráis / fabricándome silencio”. En el tercer y poderoso poema, el sufrimiento carnal de dar a la luz en la madre se transforma en sufrimiento interior viendo el padecer del hijo: “si […] / hallaras aquí, / en mis efluvios, / un solo indicio de catástrofe, / ¿seguirías sonriéndole a Dios?” Retornamos al padre en el siguiente texto, en el que elogia “la inútil letanía” de su “bondad” —que la madre “detesta”— y su “sacrificio infatigable”. Sigue el poema de Padre en un segundo y tercer canto, advirtiéndose en ellos el afán de cuidado por parte del progenitor hacia el hijo: “Barniz en tus dedos de plegaria / para arroparme así, / arrendando algodón al enemigo”. A través de los siguientes poemas, vamos conociendo un poco más en torno a la severa personalidad de la matriarca, sirviendo de duro contraste con la inocencia del autor y de su hermano, aún niños, en Fiesta de cumpleaños: “Imposible no jugar con él, tu hermano. / Todavia robusto, / alzando la voz / y enseñándome en un papel / la honrada geografía del color. // No más vino, sugiere alguien, ella, / con solvente mudez. // Es mi cumpleaños, / y un niño nada sabe de estragos ni violencias. / Pero su gesto, / siempre penitente, / quieto en el purgatorio arenoso / que incentiva a los justos, / grita / BASTA. / Y él de-so-be-de-ce”.

La dureza de una vida donde tuvo que desenvolverse llevaría al poeta a encallecer su identidad, como leemos en Disfraz: “Pero Atenea, / este disfraz de mendigo / que me sugieres / no es disfraz, / sino la piel inquietante / que se me impuso / en los albures de la guerra”. Una vida con cambios sustanciales a los que habrá que adaptarse, como las mudanzas. Lo leemos ya en el apartado II del libro, desde el poema Estrategias: “Aún sin amueblar, / con tanto polvo en las paredes, / el sol desanuda nuestro suelo. […] Sin ciudad, pero más cerca, / es esta una réplica de la vida anterior”. La metamorfosis sigue imparable con la llegada del Eros —llamado “Ángela”—, en Poema de amor: “En un receso, te acercas al pupitre / y me robas un lapicero / sonríes / deduciendo así mi vaporosa fragilidad”. Las salidas nocturnas con los amigos (“así observo los ríos de la noche, / con sus arranques de alcohol y sexo”) hacen pasar del amor idealizado al carnal. Del Eros también se pasará al Tánatos: “No siento apego a la muerte, / y la prueba es que, a los pies / de la taza del váter vomitando, / lamento mi oscuridad / tan especulativa y delgada”.

III continúa describiendo la influencia de los progenitores en el autor. Se palpa en esta nueva parte, sin embargo, un interés por superar el inevitable peso que han tenido. La idea de “matar al padre”, tan freudiana, se encuentra en Ceremonia. En este poema hay una descripción del padre hecha por la madre, así como la necesidad por parte del poeta de desembarazarse de esta herencia: “Y es hoy, mirándome al espejo, / cuando inicio la incesante ceremonia / en la que arderán así / las pieles de mi padre”. También en Casa I: “No tengo dinero / para alquilar una casa. // Y, aun así, padre, // debo matarte para ser feliz”. Las referencias mitológicas están presentes, empleándose como contraste irónico a la hora de comparar al héroe tradicional con el propio protagonista del poemario: “Entre Aquiles y yo hay notables diferencias, / pero no físicas. / Mientras él se enfunda la coraza y acantila soldados […] // yo brego con las semblanzas / de Héctor / vistiendo estos pantalones / de la marca Green Coast con los que tú, madre, / me has humillado una / y / otra / vez”. O también refiriendo a la realidad presente: “Ya vemos a Poseidón, / alboreando en esta barra de bar / los manantiales de la servidumbre”. Hay una épica del antihéroe, de un mundo que modela con sus estragos la piel del superviviente, como en Una noche: “Ríos blancos destilando mi deseo / y aún nada, / salvo el aplauso de quienes no / imaginan la buena salud del fuego / aquí”. Las pruebas por la que el héroe caído en la familia debe pasar, le hacen luminoso ante los ojos del lector, como en Actos de baratería: “Pues bien, madre, / el comportamiento de Eneas / debe definirse como Baratería del Capitán o / una prolongada sucesión de ilegalidades. // ILEGALIDADES, dices. // Así resumes mi explicación, / sin preguntarme por el origen del titán / y recurriendo a una palabra / tan vacía de épica. // Y subrayando, por supuesto, / que, si apruebo la asignatura de Derecho Mercantil, / seré el primer licenciado de la familia. // Sin embargo, madre, / no reparas en que me he vestido, para / tamaña ocasión, con este traje tan / largamente muerto, / cuyas costuras / (las mismas que ayer repudiaste) / me acercan mucho a mi padre y / me alejan tanto de / ti”. Del mismo modo e incluso con mayor fuerza, surge el deseo del hijo de no querer defraudar a sus padres, aún a riesgo de sacrificar los verdaderos deseos. Serán los mencionados estudios cursados por el poeta nuevo objetivo de crítica en Facultad de Derecho: “A esta complacida estirpe pertenecemos. […] / Mientras, Mefistófeles clausura / estas aulas tan antárticas”. Esta oposición o desacuerdo con determinadas cuestiones que afectan directamente a su día a día, consiguen mantenerle vivo en Disidencia: “Y, sin embargo, / es tan bello / sentirse disidente / que no veo el día en que / pueda yo morir / un poco”. Llegada de Nicolás Guillén preludia la estancia del protagonista en La Habana con Poema de la revolución. Su recepción de Cuba la hará “de blanco” —color simbólico donde los haya en este caso—, siendo el “canto habanero” como “un músculo bajo la piel del alma. Los “agravios revolucionarios”, el “tardío discurso fraternal” y la “sombra muerta y húmeda de vigía” de la capital mantienen vivo el espíritu valeroso del autor.

El amor se define como “la insostenible perfección / de un tren enfilando la llanura / con sus pulidas facciones de bestia, / con ese silbido tergiversando // holgadas visiones”. Ese deseo consumado a través de los rituales humanos llevará hasta una Noche de boda, disfrutada en un lugar tan peculiar como Las Vegas. Su ambiente de “venas abiertas” abrazará a la pareja con un “deseo improbable” de pertenecerse, mostrando a su vez una cara oscura: “Juego o apuesta, / todos los síes / conducen a la extinción”. Junto a ese Eros ya mencionado, esa construcción de algo nuevo a través del amor, vuelve a surgir el Tánatos a través de la semilla de esa unión. En Inocencia o La llamada hay anuncio de ello, velado con la sensibilidad propia del poeta, más no exento de dureza. Tras la imposibilidad previa de alquilar una casa llega al fin una Mudanza, fruto de la unión de la mencionada pareja. No obstante, lo que podría ser una noticia a celebrar, se convierte en presagio funesto: “nuestra / nueva / casa grande / en cuyas vigas / anudamos desde ahora / las tupidas sogas que / asfixian el amor”. Unas vigas que “crujen” y que el protagonista creía “carnosas / y envueltas en río”, como leemos desde Casa vacía. Una “casa en ruinas” que le deja quien abandona su cuerpo. Estos vaticinios se materializan desde Paisaje en Primavera, bajo cuyo fondo bucólico sucede la siguiente escena: “Allí, con estricta liviandad, / afirmas y juras / que ya no me deseas”. Queda entonces el tiempo de La espera, donde la incertidumbre de lo que pasará resulta siempre inquietante por angustiosa. El narrador debe domar sus impulsos, impropios de lo estoico, en Fuego: “Pasivas transacciones / contra lo violento, / contra esa quietud temeraria / que atraviesa la sangre / y la espina con sedosos telares”. En esa “escalada al infierno” la liberación abrupta de lo acumulado será “irremediable” aunque desde el título de un nuevo poema se intente frenar (Alegato contra la explosión). Hay finalmente un alivio viendo la alegría del ser anteriormente amado “en las manos de otro”. No obstante, se trata de algo aparente, pues quien nos relata los hechos ha de “blasfemar contra su gozo” en “tercera persona”. En ese “quemar, en pública ceremonia, / todos los excesos” que le “expulsaron / del lecho” (“y, aun así, estar solo”) le acompaña paradójicamente la figura de la madre, objeto de rechazo en poemas anteriores: “aprietas con humo blanco / justo aquí, / en la hendidura / de la que nace el alivio”.

Llegamos a IV con un mínimo poema que conmociona mientras juega con el título de Líquido: “Me sirve / cualquier país / para liquidarme // en tu honor”. El duelo siempre es duro, sin saberse fecha de conclusión. Hay una idea de viaje simbólico y literal, como en Aviones. Mientras observa desde el cristal, ya a bordo, otros aeroplanos, el poeta lleva consigo “un catálogo / de deshonras” que piensa “duplicar” allá donde va. Un traslado a otro lugar donde no queden recuerdos de la vida anterior —aunque éstos viajen en el interior de quien desea olvidar—. Durante el vuelo habrá tiempo de observar las nubes por la ventana, realizando un Alegato sobre ellas, dotándolas de carácter humano: “Porque / fluye en ti / la imprecisa / levedad del pecado”. Son los paisajes de Irlanda y, en concreto, los de Belfast, los que ahora rodean a nuestro autor. Observando los murales del extrarradio, compara mediante una poderosa imagen esa “inerte radiografía de la violencia / con las ensoñaciones” que le hacen “delirar / a plena luz del día, / cuando el sol agiganta la verdad / y son los discursos anónimos / un grave deslucimiento de la muerte”. No podrá olvidar incluso ya en el Regreso, pues “percute la memoria con indigente vacuidad”. El motivo seguirá siendo “ella”: “promiscua letanía / de dolores y arrebatos / deshaciendo / el denso / goteo / de la esperanza”. Queda como refugio la “caverna irrestricta” donde el doliente sigue “fabulando” con su “traje de demonio, / ungido del néctar que algunos extraen / de la justicia eterna”. En Ser, el propio escritor se considera “literatura que camina / en / dirección / contraria”. El mar surge como lugar donde, desde la tradición, brota la libertad. El poeta ansía en él obtener “ese estado primario” donde “podía morder / con total libertad”. En Certezas, el protagonista se muestra “transfigurado y sucio, / como los barcos que, / una vez atracados en el puerto, / reclaman una recompensa / solo por haber sobrevivido / al naufragio”. La metamorfosis en la identidad se produce de forma catártica: “afirmándome en un marasmo / de cristales rotos, / fingiendo ser otro, / destruyendo en soledad / innombrables certezas”. A pesar de todo, el poeta no ve capaz culminar sabrosamente “todo” a través del pecado. Hay algo en su interior que se lo impide: “Y no lo hago, lo deseo, / y no lo hago”. Y es que, en ocasiones, el peor enemigo vive dentro de nosotros. Es por tanto la “imperfección” una trampa en la que el protagonista decide “caer” para honrar a su propio cuerpo. La fase por la que éste atraviesa culmina en una madurez que le lleva a romper con todo idealismo, rechazando ese “lugar idóneo” donde recluirse en momentos inclementes. En Rebelarse: “Romper esta burbuja / infectada de pueriles ensoñaciones / que concluyen en nada”. El nuevo individuo quedará exento de toda vanidad, rechazando todo triunfo como autor: “El éxito, esa incompleta quimera / que deshace la sustancia del hombre / hasta convertirla en agua” (Reflexiones sobre el éxito). Esa ausencia de un nombre le llevará a la anulación, como en Elipsis: “Omitirme / para no sentir / tan / adentro / las muertes de la palabra”.

Culmina Atlas en rojo con Epílogo, compuesto de un breve pero intenso poema. En él, el poeta vuelve a su origen, imaginándose en la cuna, recién nacido, pidiendo ayuda a su padre, que le recibe llegado al mundo. Una figura, la paterna, con la que sostenerse, a diferencia del primer poema dedicado a la madre, figura menos clemente. De esta forma se cierra un círculo de existencia poética, donde la vida duele pero también moldea, dando forma al presente y al magnífico poeta que es José Luis Díaz Caballero. Recibamos éste su primer poemario con entusiasmo.

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