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ENTREVISTA

Rubén Abella: "Narrativamente hablando, la familia es una mina inagotable"

José Manuel López Marañón
lunes 15 de septiembre de 2025, 08:55h

Antes de Dice la sangre, Rubén Abella ha publicado cinco novelas. A La sombra del escapista (2003) han seguido El libro del amor esquivo (finalista del Premio Nadal en 2009); Baruc en el río (2011); California (2015) e Ictus (2020). Dos libros de microrrelatos, No habría sido igual sin la lluvia (2008, Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos 2007) y Los ojos de los peces (2010), y el volumen de relatos Quince llamadas perdidas (2020, Premio Kutxa) completan su producción. Nacido en Valladolid, Rubén Abella ha vivido en Nueva York, Nueva Orleans y Adelaida. Actualmente reside en Madrid, donde compagina la escritura con la fotografía y la docencia.

Rubén Abella: 'Narrativamente hablando, la familia es una mina inagotable'
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Original en su forma, con veintiuna voces diferentes reportando a un informador qué sucedía hace cuarenta años en una familia española de clase media, Dice la sangre está englobada dentro de ese cada vez más amplio grupo de títulos cuyos argumentos, de forma central, o cuanto menos no secundaria, coinciden en exponer desapacibles realidades familiares vividas por sus protagonistas durante esas pasadas décadas.

Vengo de ese miedo (Miguel Ángel Oeste, 2022); Nela, 1979 (Juan Trejo, 2022); La educación física (Rosario Villajos, 2023); y Reino vegetal (Marc Collel, 2023), presentan, siguiendo el orden, a un padre que es un perfecto monstruo; a padres incultos incapaces de poder entender a sus hijos; a una madre castradora; y a progenitores atrofiados por una insustancialidad congénita. Las cuatro novelas coinciden en diagnósticos pesimistas: criarse en familias de corte tradicional genera hijos disfuncionales y acomplejados, hijos drogadictos, hijos con sufrimientos existenciales y patológicos, y descendientes que, chocando contra la realidad doméstica, pronto son víctima de delirios y fobias.

En Dice la sangre una madre de los años ochenta, abnegada pero agonizante, y un padre lejano negado para mostrar cariño andan detrás de gran parte de los remordimientos y de esa loca rebeldía que desubica a los hermanos Ariel y Tesa, salidos de la adolescencia como dos tiros al aire.

Narrar las zozobras que sufren los hijos a esas edades, dentro pero también fuera del hogar, y dar en el clavo tiene complicación y mérito (más cuando se hace desde la creación artística, aquí desde lo literario). Expuesta la problemática con evidente acierto y señalados los culpables, como pasa en este libro de Rubén Abella, más complicado parece aportar alternativas a la familia, forma de convivencia y de educación quizá obsoleta pero aún sólida.

La familia, longeva institución perdurando siempre desde un precario equilibrio entre poder y obediencia… ¿Cree que algo sustancial habrá podido modificarla tras cuatro décadas?

Poco ocurre en una familia que no ocurra también en otras instituciones humanas como la escuela, la iglesia, la política o la empresa. La diferencia es, aparte de los lazos de sangre, la intimidad: uno no tiene que convivir con los compañeros de partido ni con el abusón que le hace la vida imposible. La crisis de 2008 y la pandemia de coronavirus demostraron, entre otras muchas cosas, que la familia no es una institución obsoleta. ¿Qué habría sido de nosotros sin su apoyo? Y la idea de que la familia tradicional causa, casi por definición, la ruina emocional de sus miembros me parece, cuando menos, exagerada. La familia tradicional es tan defectuosa como la moderna. Es esa imperfección, de hecho, la que las hace atractivas para los escritores. Narrativamente hablando, la familia es una mina inagotable, un microcosmos que encapsula nuestras virtudes y nuestras vilezas. Como toda institución humana, cambia en sintonía con la sociedad en la que opera. Comparada con la de los años ochenta del siglo pasado ―la época en que se desarrolla Dice la sangre―, la familia contemporánea es más afectuosa y proteica ―adopta formas mucho más variadas―, pero mantiene intactas sus luces y sombras.

Los datos históricos quedan bien ajustados para ambientar su novela durante 1985 (películas, programas de televisión, la música que se escuchaba). Pero ¿hay algo autobiográfico de Rubén Abella traspuesto a las rebeldías paralelas de Ariel y Tesa, a sus formas de afrontar la vida? ¿O quizá algo suyo encarnándose en algunos de sus otros diecinueve reporteros?

La escritura, tal como yo la concibo, es un proceso que va de dentro hacia fuera. Nace de una necesidad interior, por lo que es inevitable que se cuele en ella lo autobiográfico. Hay detalles de mi vida esparcidos por las páginas de Dice la sangre, pero el retrato que resulta al juntarlos no se parece a mí. Pondré un par de ejemplos. Como Tesa, una noche, cuando tenía seis o siete años, cogí las llaves de casa sin que se enteraran mis padres y me escapé para ver girar un mono trapecista de juguete que habían instalado en el escaparate de una tienda del barrio. Y yo también, como Ariel, traté de salvarme del servicio militar. Siento una gran simpatía por esos dos personajes, pero con esas anécdotas, y alguna otra, acaban las similitudes. Mi vida y la de ellos tienen poco en común. Al saltar a la ficción, la experiencia propia se transforma, se mezcla con lo imaginado por medio del lenguaje, se sublima. Y, a veces, si uno acierta con la nota precisa, se convierte en metáfora. A diferencia de una anécdota, una historia debe significar algo.

A pesar del dolor por la temprana pérdida materna y de su inconformismo sin salida, ambos hermanos acaban de dejar la pubertad. A tan temprana edad la ilusión por la vida no suele tardar en recuperarse de cualquier calamidad… Tesa ofrece algunos datos sobre su vida actual, pero la de Ariel queda en penumbra. ¿Qué presente conjetura usted para Ariel?

La ilusión se recupera —el ser humano es resiliente—, pero quedan las cicatrices y tanto Tesa como Ariel deben aprender a aceptarlas. En ese sentido, todos estamos en el mismo barco. No puedo especular aquí sobre el destino de Ariel sin arriesgarme a desvelar el final de la novela. Solo diré que, aunque su forma de gestionar el dolor es distinta de la de su hermana, ambos luchan a brazo partido por alcanzar esa meta tan esquiva y neblinosa que llamamos felicidad.

Dice la sangre compila treinta y cuatro testimonios de los que se ha valido para construir la historia. Ese informador que publica cuanto recibe resulta un gran hallazgo y la principal seña de identidad estilística de su libro. Gracias a ese recurso, además, se logra un distanciamiento con lo contado permitiendo que el lector descubra por sí mismo sin injerencias autorales ni, mucho menos, juicios de valor qué pasaba en aquella familia.

Llama la atención que los testimonios estén tan bien redactados. Habiendo sido dados por sujetos de muy diversa consideración social y educacional (adolescentes de clase media, licenciados universitarios, enfermeras y médicos; pero también madres de familia, empleados de comercio, gente sin estudios e, incluso, marginales con aroma a presidio), todos se presentan desde la inexistencia de errores gramaticales o solecismos, y desde un léxico nada limitado. Se logran así incuestionables cuotas de calidad literaria. La excepción son las páginas del discapacitado Toñín, estas sí, reproducidas tal y como fueron referidas.

Díganos: en Dice la sangre, ¿contempló la opción de plasmar una forma de escribir, un estilo personal y propio, para cada una de las voces que conforman su ficción polifónica?

Que los personajes escriban ―y no hablen― no es una cuestión azarosa: hablar es más idiosincrásico que escribir. Al ser menos espontánea, la escritura homogeneiza la expresión y, a nivel práctico, diluye la necesidad de fabricar veintiún hablas distintas. Que escriban todos desde la edad adulta, ya formados, ayuda a que las voces de esta torre de Babel sean más transparentes. Aun así, hay diferencias. El Cuco es matarife y su forma de expresarse, en especial su vocabulario, dista mucho de la del doctor Blázquez ―el médico de Pilar, la madre de Tesa y Ariel― o de la de Gonzalo ―su padre, que estudió Derecho―. El testimonio de Toñín es la transcripción de una grabación de audio. El del pastor Eugenio lo redacta una pariente suya porque él no sabe escribir.

Catalogando los restos arqueológicos descubiertos en el subsuelo de Tabira, un lugareño explica cómo estos, a pesar de dinamizar la economía del pueblo, dificultaron y ralentizaron en exceso su ritmo diario, siendo a la larga los efectos más negativos que positivos. Gastón desea al informador que en su prospección familiar no le ocurra algo similar…

Literariamente hablando ha conseguido un logro; pero, ¿cree que para la vida real de los humanos vendrá a cuento interesarse tanto por un pasado que, sinceramente, rara vez descubre algún motivo de satisfacción?

Sin duda. El motor de la novela no es otro que el deseo de saber. Alguien quiere conocer la verdad de su familia y, para conseguirlo, pide a varias personas que le cuenten por escrito lo que recuerdan y le proporcionen información de la que él ―o ella― carece. Explorar la historia familiar nos enraíza, nos ayuda a entender mejor nuestro lugar en el mundo. Lo más probable es que, al escarbar, nos topemos con cosas que nos molestan, como ocurre con los restos arqueológicos de Tabira, pero eso es parte del proceso. Somos luz, pero también negrura. En términos generales, no indagar en nuestro pasado familiar por temor a desengañarnos es como ignorar la historia de nuestro país porque hay en ella guerras y mezquindades. Ya lo dice mi admirado Robert Walser: todos somos naturalezas imperfectas.

Para quienes hemos debutado con Dice la sangre y desconocemos el resto de su producción...

¿Inciden sus otros libros en esta visión de las relaciones familiares y del mundo en que vivimos? ¿Qué puede contar para nuestros lectores, por ejemplo, de California e Ictus sus novelas más recientes?

Dice la sangre es la última entrega de una trilogía no oficial centrada en la memoria. En Baruc en el río ―la primera entrega―, el narrador busca corregir sus errores manipulando el recuerdo. En California, la memoria es la herramienta de la que se vale el narrador, quien siempre ha vivido a la sombra del exitoso protagonista, para equilibrar la balanza de sus logros. Es, por así decirlo, un mecanismo de resarcimiento. Ictus narra las historias entrelazadas de una mujer y dos hombres que, pese a haber “hecho lo correcto“ y respetado las reglas de la sociedad, no han encontrado el futuro prometido. Me gusta pensar que mis personajes, tanto los de mis novelas como los de mis cuentos y microrrelatos, son heroicos no porque superen los obstáculos que les pone la vida, sino porque no paran de intentarlo.

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