Hay libros sorprendentes en su forma y contenido. Son propuestas innovadoras dentro de la tradición de la que parten. Sus autores son respetuosos y a la vez continuadores de un camino literario sin fin. Uno de ellos es Ildefonso Vilches (Úbeda, Jaén, 1969), quien con su novela 1927. Caído de este lado (Caudal, Biblioteca de narrativa breve) ofrece una biografía hecha de pequeños capítulos o relatos. Desde ella, nos dosifica muy inteligentemente la información para ir poco a poco conociendo los avatares del protagonista y de su entorno, su pasado, su presente y su futuro. En esa realidad fabulada se entremezclan momentos dichosos y otros ásperos, como los contiene la vida misma. En ocasiones, esa dureza se vuelve tremendista por el contexto de supervivencia en el que vive el protagonista, humilde jornalero del campo andaluz. También, claro está, los momentos hermosos se hacen más extremos por el modo en que son disfrutados dada la carencia en que vive este hombre sin nombre.
Una suerte de realismo mágico nos ayuda a digerir los momentos más dolorosos: hay presagios de muerte transmutados en una naturaleza lorquiana; también animales modelados en barro que cobran vida, el sonido de un quejío, la presencia de una niña con vestido blanco o cuyos labios provocan el silbido del aire, la convivencia con el hada del destino o las visiones en las que el narrador y quienes le rodean sobrevuelan paisajes como los personajes retratados por Chagall en sus cuadros. Dichas ensoñaciones se funden con episodios históricos —el propio título con su fecha es muy ilustrador del momento en que nos encontramos— como la guerra de Marruecos, temas musicales de la época interpretados por Raquel Meller, Antonio Chacón o Pastora Imperio, retazos de la vida en las aldeas de aquel tiempo —incluyendo los domingos de misa, paseos y silencio—, compañías de cómicos que representan Los intereses creados de Benavente o la Malvaloca de los Quintero, descripciones del campo y de su trabajo en él por quienes tan sólo piden algo para llevarse a la boca en el día a día —la suya y la de su familia— a los señoritos de los cortijos, o la facilidad con la que la muerte puede llegar para estos desheredados. También hay espacio para la aparente carencia de acción: contemplación del paraje, reflexiones y recuerdos nos ofrecen instantes de reposo entre capítulos bien dinámicos.
No se deja nada Vilches por retratar a través de su poético lenguaje. Así, obtenemos una fotografía en blanco y negro de esas primeras décadas del siglo XX, tan vívida que parece brotarle la policromía. También parece dedicarse a tomar apuntes o esbozos de escenas o personajes, como si de un Moreno Carbonero se tratase. Son imágenes surgidas de lo literario pero que se conforman en la mente del lector con absoluta claridad. Y ello se debe a una narrativa diáfana pero también preñada de conocimiento. Una recreación del pasado que tendrá mucho de la transmisión oral familiar, pero también de un interés por documentarse y conocer el pasado. La propia forma de hablar del personaje protagonista —del que no conocemos el nombre aunque se llama como su padre, abuelo e hijo, y que nos guía por su historia y paisajes haciéndonos absolutos cómplices con su compañía— está muy lograda, resultando absolutamente naturalista, anclada en un periodo histórico y geográfico preciso.
Hay también una mirada dulce hacia las cosas y situaciones: la alegría del niño por un humilde regalo en el día de Reyes, el amor de sus padres y abuelos, la transmisión de los ritos familiares, la fuerza del amor hacia los seres queridos para ayudarlos a seguir adelante a pesar de los pesares, o la ayuda mutua entre conocidos y amigos en momentos de necesidad —hermoso el capítulo en que un viejo amigo del padre ofrece al protagonista unas terracillas para que las haga suyas, cultivándolas y que tenga con qué comer—. Encontramos igualmente una forma de entender las cosas y de actuar propia de un tiempo pasado: la dureza de los hombres a la hora de exteriorizar el amor hacia la pareja, los hijos y nietos, así como para procesar el dolor ante la pérdida de alguno de ellos. La solidaridad ante la injusticia se hace patente cuando tantos trabajadores del campo se levantan contra su explotación y generan propuestas y batallas urbanas reclamando lo que les pertenece, jugándose la vida. El deseo de continuar pese a todo en la tierra y lugar en la que se nace, incluso yendo en contra del pensamiento general de quienes cohabitan en él. Como vemos, todo un ejemplo de supervivencia, de sacar el máximo partido a la vida y hacerla digna de ser vivida, por muy inclemente que sea el medio.
Al final del libro, el protagonista se muestra consciente de haber dedicado toda una vida a “trabajos y pesares”, “malos tragos y deberes”, malgastando su tiempo “en siembras imposibles”. Con todo ello, se pregunta: “¿Quién me recordará? ¿Quién se habrá de acordar de mí? Yo, que no fui nadie, que no hice nada distinto”. Cuestiones que a renglón seguido él mismo responde: “Quiero que sepas que todo lo poco que hice lo hice para que tú te acuerdes”. Así lo certifica el autor del prólogo de la obra, el escritor y editor Luis C. Folgado de Torres, afirmando: “Ellos creen que han venido en el tiempo equivocado, que no serán protagonistas de ningún relato y que su historia —seguramente— no interese a nadie. […] Nosotros sabemos ahora que no fue así”. Como resalta este autor, “Vilches es el gran rescatador y ha regresado a este tiempo tan distante […] para sacar del olvido a los esforzados que sirvieron de columnas sobre las que levantar un tiempo mejor”. Sin ellos, nosotros muy probablemente no podríamos disfrutar de la vida que tenemos. Por eso, sin duda son los que con más razón merecen pasar a la posteridad en las páginas de los libros. Es Vilches responsable de este meritorio trabajo, además de creador de un realismo mágico andaluz único. Con su sensibilidad, nos brinda momentos de auténtico disfrute con la lectura. Viajemos en el tiempo y por la imaginación para dejarnos embriagar por esta “maravillosa” —en todos los sentidos— creación.