Nacido en Madrid, Justo Sotelo es autor de las novelas La muerte lenta (1995); Vivir es pasar (1997, finalista de los premios Sésamo y Ateneo de Sevilla); La paz de febrero (2006); Entrevías mon amour (2009); Las mentiras inexactas (2012); y Poeta en Madrid (2021). Tiene publicados dos libros de microrrelatos, Cuentos de los viernes (2015) y Cuentos de los otros (2017) y –además de Un hombre que se parecía a Al Pacino– estos ensayos: Los mundos posibles en las novelas de posguerra de Manuel Rico (2012) y Los mundos de Haraki Murakami (2013). Profesor universitario, catedrático de Política Económica, es, además de licenciado, doctor en Teoría de la Literatura y Teoría Comparada, y máster en Estudios Literarios y en Literatura Española.
En Un hombre que se parecía a Al Pacino Justo Sotelo se pregunta por qué España no ama la cultura... ¿Hasta qué punto una nota, una reseña bien escrita y profunda (sobre textos, películas, exposiciones o conciertos) pueden colaborar a despertar el interés artístico del entumecido público español?
Mi madre siempre me decía que me tenía que ir a vivir a París, que ese era mi sitio. En esa ciudad todavía la gente lee libros en los Cafés e incluso por la calle y los parques, sentados en las sillas metálicas de las Tullerías y el Jardín de Luxemburgo, y aún existen librerías por el centro, con libros de Filosofía, Literatura, etc. De adolescente leí los 46 Episodios Nacionales de Galdós (nuestro mejor escritor) y al final comprendí que nos gustan más los cotilleos, la política, los deportes, y que la cultura es la Cenicienta. Por eso siempre quiero hacer de Príncipe Azul. Desde que tengo uso de razón se echa la culpa de nuestro retraso cultural a la dictadura de Franco (algo evidente), pero ya han pasado cincuenta años y no hemos avanzado demasiado. Y por supuesto que una reseña bien escrita puede ayudar a difundir una obra, aunque hoy me parece que las redes sociales son las principales divulgadoras de todo lo que ocurre en el mundo, incluido en el mundillo de la literatura y el arte.
Escribe usted: «Lo que me llama la atención de cualquier obra creativa es cómo se cuenta, es decir, de qué manera vuelve a contarse lo mismo una y otra vez. En caso contrario, me aburro soberanamente». Y luego que, ya de joven, aprendió cómo «había que modernizarse, dejar de escribir una literatura caduca y convencional, del siglo XIX, sentimentaloide, neorrealista, de best sellers, historias infantiles y policíacas, y situarse en esta época que nos ha tocado».
Desde la prensa, desde una tertulia o un club de lectura, ¿cómo hacer comprender a este gregario público que la literatura no es un producto de consumo, otro producto más del sistema capitalista de mercado; que, como dice usted, necesita respeto y cariño, y –añado yo– ser leída?
En la pregunta está implícita la respuesta. El verdadero ideal del ser humano debe ser cultivarse a sí mismo. Los griegos lo comprendieron a la perfección, y nos dejaron como legado para el pensamiento moderno la concepción de la vida contemplativa (esos peripatéticos de Aristóteles caminando y pensando por el jardín de la vida, a los que me he unido tantas veces veinticuatro siglos después). Me gustaría que mis alumnos y cualquier persona que me leyera se convenciesen de que estudiar, pensar, escribir, viajar, pasear son verbos que nos permiten encontrarnos con el semáforo permanentemente en verde. Como se dice en el libro, continuaré siendo un bohemio que tan solo cena queso, uvas y una copa de vino mientras escucho jazz.
Los espíritus selectos de cada época, críticos y cultos, ¿ya lucharemos lo suficiente como para que el resto de los mortales se interese menos por la vida real y vuelva sus ojos a la cultura para fortalecerse interiormente?
Estoy de acuerdo con Óscar Wilde cuando dijo que «el verdadero crítico, en realidad, deberá ser siempre sincero en su devoción al principio de la belleza, pero buscará la belleza en todas las épocas y en todas las escuelas y jamás se dejará limitar a cualquier hábito fijo del pensamiento o a un modo estereotipado de mirar las cosas». A lo largo de mi vida he aplicado lo que aprendí muy joven en el Tao, en el sentido de que el viaje de la vida es corto, ya que consiste en mirarte hacia adentro. Todos mis libros, ya sean de literatura o científicos, han buscado difundir el conocimiento y el deseo de verdad y libertad, algo que también pretendo conseguir con mis clases. Llevo media vida hablando de estas cosas a mis alumnos y a todo el que me quiere leer y escuchar.
¿En qué medida las amistades colaboran a que la suya sea una vida, como usted mismo reconoce, feliz?
Para empezar soy un tipo ontológicamente feliz, casi primariamente feliz. Y por eso a lo largo de mi vida han ido surgiendo personas con las que me apetecía compartir esa felicidad. La vida es compartir, como lo es la felicidad, en algunos casos es el amor y en otros la amistad. Desde siempre he sabido que es hermoso caminar con personas que tienen ideales y gustos parecidos, y sobre todo que son buenas personas en las que se puede confiar, incluso los secretos más inconfesables.
Para su enseñanza docente se muestra «convencido de que invertir en educación, en el desarrollo del capital humano y el conocimiento es imprescindible, insisto a mis alumnos en que un ordenador, un teléfono móvil, la posibilidad de tener WIFI y poseer una enseñanza que desarrolle la curiosidad son cosas esenciales para la conquista de la felicidad».
Sin embargo, otros profesores de universidad como Antonio Oria de Rueda están convencidos de cómo la desconexión es la manera de salvarse como individuos y, con apocalíptica inclemencia, cargan contra Internet.
¿Qué opina el catedrático Justo Sotelo sobre esta corriente de pensamiento?
Estoy convencido de que invertir en educación, en el desarrollo del capital humano y el conocimiento es imprescindible. Por eso insisto a mis alumnos en el hecho de que un ordenador, un teléfono móvil, la posibilidad de tener WIFI y poseer una enseñanza que desarrolle la curiosidad son cosas esenciales para la conquista de la felicidad. Más en concreto a través de las redes sociales (Facebook, Instagram, Linkedin e incluso TikTok) me lee mucha gente, y en concreto muchos jóvenes, alumnos, ex alumnos, amigos y familiares de estos, etc. En varias Universidades de África leen y estudian mis novelas e incluso mis textos de las redes sociales y los utilizan los profesores para enseñar español a sus alumnos (me han invitado a ir por allí en varias ocasiones, lo que también me provoca felicidad, ya que el viaje intelectual y espiritual es otra de las bases de la existencia armónica y equilibrada). Me parece maravilloso que estos chicos, de cualquier país del mundo, puedan leer lo que escribo a través de un móvil. Es el presente y por supuesto es el futuro. No voy a caer en el tópico de que «no se pueden poner puertas al campo» porque es una obviedad. Mi tesis doctoral sobre las novelas de Haruki Murakami se ha descargado más de 15.000 veces desde 2012 en países de todo el mundo, y esto también me parece esencial para que todos nos conozcamos desde cualquier lugar.
Como organizador de tertulias literarias encuentra inspiración en el Grupo de Bloomsbury (Virginia Woolf y John Maynard Keynes), o en aquella madrileña Residencia de Estudiantes con Federico García Lorca, Salvador Dali y Luis Buñuel.
En una sociedad tan empobrecida culturalmente y en la que cada artista va descaradamente a lo suyo (sin ya ni siquiera fijarse en la competencia), ¿es posible lograr aún interacciones entre genios como las citadas?
Siempre he admirado (y estudiado) a los ingleses del grupo de Bloomsbury y así que como a los integrantes de la madrileña Residencia de Estudiantes. A ellos también uniría a los miembros de la Generación perdida norteamericana en París. Las reuniones de personajes ilustres en el mundo del arte y de la ciencia han podido influir en mí a la hora de organizar mis tertulias en Madrid. He organizado estas tertulias en todas las Universidades por las que me he movido, Carlos III, Complutense, San Pablo CEU, etc. Y también en cafés emblemáticos de Madrid, como el Gijón o el Hotel Indigo (antiguo Tirol) donde se desarrollan en la actualidad. Son tertulias donde nos reunimos para hablar de libros, de cine, de arte, en suma, de la vida.
Y como soy un escritor de mi época que se ha estudiado todas las épocas anteriores para poder escribir libros que me gusten sobre todo a mí, dejo por aquí esta entrevista donde se explica mi relación con las tertulias literarias. Solo hay que pinchar en este link: https://artesycosas.es/2014/01/index-202/
Para terminar, ¿cuál de sus seis novelas recomienda para los lectores de EL IMPARCIAL ahora curiosos por su faceta de narrador?
Diría a cualquier lector que quiera adentrarse en mi mundo que lea todos mis libros. Como Mahler con la música, Picasso con la pintura, Joyce, Woolf y Proust con la novela o Juan Ramón con la poesía, cada libro que he escrito es un capítulo de la novela total que llevo escribiendo desde los diez o doce años. Y ya que he estudiado la carrera de Crítica Literaria, te diría que siempre escribo un nuevo libro partiendo de que ya he escrito otro anterior. Es como si mi mente dijera que tengo que seguir adelante en lo que escribo y no quedarme estancado o admirando lo que ya he logrado para que los que me lean digan lo bien que escribo o lo guapo que soy. Mis ideas progresistas sobre el ser humano y el mundo me obligan a pensar de esta forma, como sintiendo en mi interior la propia evolución cronológica y psicológica de los seres humanos. Y ya puestos a recomendar una sola novela, diría Entrevías mon amour (2009, Bartleby), ya que en ella vierto todos mis conocimientos sobre la literatura, las técnicas literarias, la historia de España y de cualquier familia española y porque me lo pasé estupendamente escribiéndola a lo largo de veinte años. En realidad me lo paso estupendamente escribiendo cualquier cosa que me permita contar la vida y el mundo, y de paso me mejore como persona.