Un segundo libro tras un primero de éxito clamoroso siempre entraña un riesgo, al que no han atendido ni la autora ni sus editores. En enero se publicaba originalmente en Francia y en septiembre llegaba al castellano, de la mano de Lumen y con traducción de Noemí Sobregués El nombre del padre, en el que Vanessa Springora, conocida autora de El consentimiento, vuelve a la carga con un libro autobiográfico de denuncia.
Si en el primero hizo una magistral aproximación a la relación que mantuvo a sus trece años con el maduro y declaradamente pedófilo escritor Gabriel Matzneff a quien ella no puso nombre, en esta segunda aborda la desconexión con su padre y una relación malsana de la que podrían haber surgido tantos problemas familiares como el de El consentimiento. A raíz de la muerte de su padre, curiosamente producida mientras celebra el éxito de su primera publicación, inicia Springora una investigación que le lleva a tejer una novela con la que recorre, utilizando el término de «la banalidad del mal» acuñado por Hannah Arendt, la historia de su padre y de su abuelo. Tras esta búsqueda llegará a sus propios orígenes en la región checoslovaca de Moravia, donde quedó la mitad de una familia desgajada: el exilio, la dictadura soviética y el cierre de fronteras y, por supuesto, la conexión del abuelo con el nazismo alemán.
Trata esta novela de identidad, inmigración y memoria en la búsqueda de sus orígenes familiares, llenos de mentiras en que huellas pretendidamente borradas acaban permitiendo un resquicio por donde desentrañar tantas cosas, pero también trata del alivio que supone entender esa otra vida esquizoide, la doble vida de su padre, un padre mitómano y mentiroso, «un mecanismo de defensa que consistiría en apropiarse de forma mimética de las mentiras de las que se ha sido víctima».
La novela es el proceso de investigación, narrado a medida que sucede, y trasciende el episodio que configuró su primera obra, aunque esta vez sí se deja entrever un cierto victimismo, pero a la vez eleva su escritura al parangón de propuestas novelísticas como las de Emmanuel Carrère, con ese análisis de la realidad que va más allá del periodismo: «Mi apellido albergaba la historia de mi padre y la de mi abuelo, pero también la trayectoria del siglo pasado y la accidentada geografía de todo un continente. ¿Dónde me situaba yo entre esas letras? ¿Cómo hacerme un lugar? ¿Cómo hacerlo mío?».
El libro transcurre en cuatro partes enmarcadas entre un prólogo y un epílogo en el que, en segunda persona, la autora se dirige a su padre: «Me resulta más fácil decírtelo ahora que estás muerto: siempre me pareciste un personaje intrigante». Así comienza. Y en el epílogo, tras esas cuatro partes muy bien desarrolladas y magníficas, insiste a mi entender en demasía en ese acercamiento directo al padre: de nuevo dirigiéndose a él, nos resume los objetivos y sus logros. Ese sería, en mi opinión, un texto para acompañar un informe paralelo sobre el libro, clarificador, es cierto, sobre el contenido, pero excesivo: «Esta investigación me ha eliminado mis temores. Creía que analizaba el pasado, pero solo he encontrado ecos del presente».
Y, sin embargo, seguiremos pendientes de las futuras propuestas literarias de esta autora francesa que nos ha desvelado orígenes checoslovacos y deslices alemanes, porque su escritura merece la pena, y sus pretensiones se demuestran ambiciosas y de una excelente ejecución.