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RESEÑA

Las incertezas, de Daniel Huerta Goya: una dosis de realidad para resistir

Las incertezas , de Daniel Huerta Goya: u na dosis de realidad para resistir
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Javier Mateo Hidalgo
miércoles 21 de enero de 2026, 09:21h
Actualizado el: 21/01/2026 18:48h

Dentro del panorama poético español actual parece que siempre hay más poetas que lectores. Sorprende muy positivamente la cantidad de escritores adheridos a este ámbito literario, aunque convendría especificar que en una parte de los libros publicados el contenido adolece de calidad, presentando una naturaleza caduca: bien por determinadas tendencias —a juicio de quien esto escribe— mal enfocadas o que deforman el concepto de lo poético, por la juventud de algunos poetas —que tienen en su haber más escritos que lectura— o por la publicación de obras cuya decisión responde a intereses ajenos a un criterio riguroso o a juicios ajenos a la calidad—. De los poetas que se escapan a estas cuestiones poco o nada ejemplarizantes destaca Daniel Huerta Goya (Madrid, 1978), cuya poética bebe de las fuentes originarias de la creación para, de forma natural, nutrir ese gran árbol literario “siemprevivo” —como aquella especie de flor en femenino—.

Las incertezas surge como nueva rama del tallo en que se desarrolla la obra de Huerta Goya, dependiente del tronco histórico pero a su vez libre para continuar dando forma a la gigantesca planta de la lírica. Publicada por Ushuaia —editorial de referencia para la vertiente poética del autor— en su elegante formato, las letras blancas sobresalientes de su título sobre ese azul oscuro nos indican aquello que al ser humano se le escapa para su inquietud —o, tal vez, como nutriente de la curiosidad que le hace desear seguir viviendo—.

En el iluminador prólogo de la obra, el profesor, cervantista y también excelente poeta Santiago López Navia señala que ese título “preludia uno de los sentimientos nucleares de un poemario que, en su brevedad, alcanza temas muy diversos, pero próximos”. Es decir, Las incertezas se forja o construye desde aquellas cuestiones que definen los intereses presentes del poeta, tocándole muy de cerca. Desde la poética de la experiencia, se formula preguntas sobre lo que le concierne. En el primero de los poemas, No lo llames milagro, el autor se desdobla hablando de sí mismo en segunda persona del singular (“ignorabas”). De esta forma, critica con su ejemplo a una sociedad urbanita que se ha alejado de sus orígenes, olvidando la maravilla de la vida simbolizada en la Naturaleza. No obstante, deja lugar a la esperanza para ese “desaguadero de inmundicia / en que sus tributarios albañales / vierten la podredumbre de la carne”; de esas “fangosas honduras, / de sus simas estériles y turbias, / brota de tiempo en tiempo algún esqueje”. Un tallo que se alza y “podrá morir, tal vez quebrarse, / pero vencerse nunca”.

Tras este primer poema inaugural, surge el primer bloque del libro: Cuaderno de Transilvania. Como imaginamos, los sucesos inmortalizados transcurrirán en esta región del centro de Rumanía. Con el primer poema, La rosa de Bucarest, retorna el juego de las conjugaciones apelando en este caso a la segunda persona del plural; así, se retoma el tema de la hostilidad presente en las ciudades, cada vez más deshumanizadas y amenazantes, cuyos habitantes han olvidado su propia esencia y, con ello, lo más relevante de ella: el amor, al que no invitan: “por lo menos a uno como el vuestro, / según dicen tan puro y romántico”. De nuevo, la Naturaleza acude al auxilio y es una flor —la “más hermosa del búcaro”— que el poeta le regala a su amada, la única cosa capaz de “alumbrar incluso / el rincón más oscuro de tu alma”. El interlocutor amado permanece en el siguiente poema, “Noaptea cade peste noi (del rumano, “La noche cae sobre nosotros”), retratando un reencuentro en una “ciudad extraña” para la pareja. Un momento mágico “que siempre vivirá” en el recuerdo del autor. Los héroes se desarrolla en un café de Cluj-Napoca, ciudad del noroeste de Rumania. El escritor lee un libro del poeta rumano Nichita Stanescu y, de algún modo —desconocemos los versos concretos leídos de este poeta en aquel libro—, queda asociado a una especie de contra-épica, pues se describe cómo “un escuadrón de pájaros defeca / sobre la estatua de Matías Corvino”, rey de Hungría, afirmándose a continuación y como colofón del poema: “Los héroes no disfrutan sus hazañas”. În drum spre nimic (“En camino a la nada”) refiere al placer del viaje sin importar el destino. De este modo, dicha metáfora queda personificada en un trayecto en tren, elogiando su poética: “Descubriste muy pronto la poesía del hierro, / la modesta belleza que se guarda / en los viejos vagones, los andenes”. El último poema de este apartado contiene la apariencia de relato en forma de prosa y es de naturaleza doble, titulándose Ella y él en referencia a los enamorados. La primera descripción, en este caso de “ella”, nos remite al título del volumen pues se describe a su protagonista descendiendo de un avión “con los bolsillos vacíos de certezas” al principio y al final del texto . Se constituye, pues, un momento en el que todo está por decidirse para la protagonista del poema —no sabiendo a ciencia cierta qué se va a producir ni de qué manera—. “Ella” confía en que “él” sabrá “gestionar” con su “experiencia” sus “angustias”. Llegamos a “Él” —segunda parte del poema—, quien se encuentra también viajando como ella, solo que en tren —como en el texto previo—. De nuevo se emplea el uso de la segunda persona del singular para referir —en este caso— a la misma persona que busca reencontrarse con su amor, mostrándose medroso: “Porque solo se teme cuando existe el riesgo de perder”. Hay en este poema una historia doble que funciona a modo de relato de suspense —como los libros que son del gusto del autor (“Ni siquiera la lectura de alguna de esas novelas de misterio que guardas siempre en la maleta”)—.

Luz entre sombras es el segundo apartado del poemario, pleno de musicalidad y dedicado a distintos amigos: Alejandro Barahona —con “el extraño don de lo sencillo”, “sonrisa franca y contagiosa” y la “creencia en Dios” (“aunque nunca se endiosa”)—, Fernando Briones —“pope cuando habla y cuando calla” y “sabio de los que saben que no saben”— o Lola López —“gesto con que entiendo que me entiendes”, “don de hacer grande lo pequeño, / de edificar un mundo de la nada”—; incluso hay poemas dedicados a seres inexistentes, como aquel dirigido al célebre personaje ficticio que escribe novelas de ficción policiaca, Ellery Queen —a quien el poeta detesta y ama a partes iguales—; también el destinado al no menos famoso Nero Wolfe, detective igualmente de papel. El autor se reserva mencionar por pudor el dedicado a su persona —titulado Cowboys de mediatarde—, agradeciendo de antemano a este poeta y amigo el haberme dado inmortalidad a través de sus versos imperecederos.

Llegamos a Un verano insólito, que se presenta como una suerte de diario en el que el poeta convierte sus pensamientos —anotados día a día— en jugosos aforismos. De este modo surgen reflexiones en torno a la forma de ser ideal —“hablar poco de uno mismo es un eficaz preventivo contra la arrogancia”—, el eterno dilema entre arte y artesanía —“la obra del artista tiene una dimensión moral de la que carece el artesano” o “todo artista debe ser también, y antes que nada, artesano”—, la necesidad de asimilar lo existente para crear lo nuevo —“no se puede cambiar la tradición sin conocerla profundamente: Malevitch no pintó Cuadrado negro el primer día”—, lo necesario de nuestra implicación en la vida —“es preferible ser reprendidos por nuestro silencio que censurados por nuestras palabras”—, la racionalidad frente a la fe —“la ciencia no es necesaria para contradecir a las religiones, pues ya se contradicen a sí mismas”—, la necesidad del otro para dotar de sentido a lo creado —“no hay verdadero arte sin un receptor consciente y constante”—, la mente como necesario músculo —“los prejuicios son a la inteligencia lo que la falta de ejercicio al cuerpo”—, o el aprendizaje previo a la enseñanza —“para ser un buen maestro, ha habido que ser alguna vez un mal discípulo”—.

El último de los capítulos del libro, Resiliencia en la tierra, no solo sirve como guiño al célebre libro de Neruda, sino que además tiene que ver con lo que el último de los aforismos previos nos ha presentado: “Vivir consiste en llevar las cicatrices con dignidad”. Esa fortaleza vital que otorga la resistencia ante las adversidades no se encuentra exenta de momentos de debilidad, como podemos apreciar en Semántica de la tipografía. En sus versos, a pesar de los pesares, hay espacio para lo esperanzador: “incluso en esta hora / de marasmo interior, o naufragio del alma […]. // Incluso en esta hora / en que el cielo parece que se vuelva de plomo, […] encuentras un instante de sosiego, / o de tregua feroz contigo mismo”. Dicho interludio existencial sirve para poner en orden las cuestiones vitales, como si de una corrección ortográfica se tratase: “pensar que el perdón, / como otras tantas cosas inefables, / cabrá en la diminuta inmensidad / de un punto suspensivo…”. Como vemos, el punto suspensivo se convierte en tres finales. Momento de transición como el descrito en Flores, donde el poeta se presenta en el salón de su casa, sentado en un sillón y consciente de la acumulación del “tiempo y la fatiga” en su cuerpo, leyendo un librito en catalán —lengua que el autor aprendió por gusto, en su afán por conocer otros idiomas— y rodeado de objetos acumulados a lo largo de su vida. De ella extrae “retazos” para reconstruir lo transitado siempre desde lo positivo: “un mundo hecho de nuevo por completo, / flores de esas que brotan por azar / incluso en los caminos sembrados de ceniza”. En el poema homenaje a la pieza de ribetes delicados por orientales The Lark Ascending del gran Ralph Vaughan Williams, el poeta se deja llevar por la melancolía reflejada en la Naturaleza —tan magníficamente descrita por esta obra para violín y orquesta—. Del mundo y de las cosas que lo conforman acabará por referirse a un amor concluido, tornando el canto en elegía: “No hablaré más de ti, de mí, del futuro que fuimos, / tampoco del pasado que seremos, / y esperaré paciente a que calle la orquesta, / aniden en mi pecho los últimos acordes / y el violín abandone el escenario”. El objeto del amor presente se defiende con auténtico vigor en Te llevaré conmigo, donde este título se hace insistente verso como baluarte contra toda inclemencia. Desde su título en latín, Homo viator nos habla de un viajero que describe la dureza de un lugar que ha dejado su impronta en él. Las “incertezas” se convierten en una única certeza, la de la despedida o el “adiós” dirigido hacia este espacio. Culmina el libro con el poema que es una fecha: 22 de octubre de 2024. La vida del poeta ha mutado hacia la conciencia de lo físico desde el dolor corporal. Ello hace que todo se tiña de cierto regusto amargo: “hoy se alarga la noche más allá de sus límites […] / y, muy a tu pesar, / este otoño envejeces más deprisa”. Como equilibro para la balanza, el autor contrarresta esta dureza con aspectos positivos: “Tal vez ahora disfrutes de los libros de otro modo, / puede que en un silencio más puro y más profundo”. No obstante, le queda por decidir si combatir el dolor “o seguir a su lado en áspera armonía”.

Como podemos apreciar, Las incertezas concluye haciendo honor a su título pero sin dejarnos desamparados ante la crueldad de la existencia. No se edulcora la realidad, pero se hace tolerable a través de sus aspectos más notables, aquellos que hacen que valga la pena seguir viviendo.

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