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RESEÑA

Blas de Umbe, de Mario García-Atucha: la clase media-alta vizcaína reportada por un perro

Blas de Umbe , de Mario García-Atucha: la clase media-alta vizcaína reportada por un perro
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José Manuel López Marañón
martes 03 de febrero de 2026, 08:51h

Relativamente novedoso en literatura española actual es que el narrador sea también un personaje de la historia. Cuando ello sucede, al contar desde «dentro», este narrador puede expresar sus reacciones y sus juicios, opinando desde el punto de vista de uno más de los actores de la trama. Si a esta particularidad se añade cómo, en el caso de Blas de Umbe, su autor, el bilbaíno Mario García-Atucha, ha elegido a un perro blanco mezcla de golden con pastor suizo, –Blas–, para referir lo que acontece en su primera novela, no será necesario insistir en que estamos ante un original debut.

García-Atucha trabaja con solvencia técnica sus arriesgadas elecciones. Con ellas da frescura al relato y esa sensación casi cinematográfica de unas vidas que pasan frente a nuestros ojos.

Pero debemos avisar que al lector no estrictamente juvenil (mis respetos hacia esa franja de edad tan urgida de lectura y que, perfectamente, puede aficionarse a los libros con obras como esta –les escribe alguien que se inició en ellos con la serie «Los Cinco» de la londinense Enid Blyton, en donde otro perro, Tim, era parte de aquel grupo de chicas y chicos–); avisar cómo a lectores de edad más adulta, digo, Blas de Umbe plantea, de entrada, un dilema frente al que hay que posicionarse de modo insalvable:

¿Resulta creíble como narrador de una novela (no de un cómic o de cualquier episodio de dibujos animados) ese perro con sensibilidad y razonamientos humanos? Para los amantes de la verosimilitud, evidentemente, esta no será una premisa muy apetecible. Pero para quienes pasen por alto lo incongruente que, sin duda, resulta ver pensar –y luego opinar– a un ser irracional sobre el amor, el sexo, la amistad o la muerte; para esos decididos a dejarse llevar por el encanto naif que García-Atucha sabe dar a su voz narradora (que, como decía otro Mario, Vargas Llosa, siempre es el personaje principal de una novela) Blas de Umbe ofrece puntos de atención.

La mirada y la mente de Blas, desde que es llevado siendo un cachorro como regalo para los niños a una de esas casas de lujo que conforman la vizcaína urbanización de Umbe, hasta su vejez, abarcan, aparte de los avatares de la existencia canina, un largo periodo en la vida de dos familias, la que le acoge, y la de sus vecinos; la de los Allende (formada por los padres Santi e Iciar, profesionales liberales cincuentones; los hijos adolescentes Adriana y Lucas, y la octogenaria abuela Paula), y la de los Zaldiaran (familia desestructurada de mayor juego literario que la otra con padre ausente, Jaime, surfista guaperas; Martina, madre inestable, viajera sofisticada, persiguiendo mantener una juventud que se escapa de sus manos; y una hija, Pauli, íntima de Adriana, en permanente estado de confusión y con alta pulsión sexual. Rita, perra golden de pura raza por la que Blas siente pasión, completa el elenco de ese hogar).

En Blas de Umbe no hay crímenes ni enigmas por resolver. El particular narrador creado por Mario García-Atucha refiere en primera persona la encapsulada cotidianeidad de la clase media-alta de aquí. Su realidad, sus sueños, sus anhelos y sus miedos. Partiendo del incondicional afecto del perro por dueños y vecinos, su humano entendimiento no desdeña interpretar situaciones de fuerte calado en la vida como son las infidelidades, el sufrimiento que generan los primeros amoríos, la incomunicación entre padres e hijos, la enfermedad, o la experiencia de la muerte (propia y ajena).

Para los más jóvenes la manera de divertirse de Adriana y Pauli (surf en las playas de Sopelana y Baquio, fiestas patronales en Plencia, terrazeos estivales, atardeceres con copas y conciertos de grupos locales en pubs como la Triangu) y, también, sus desencuentros con los primeros novios (Pauli se enamora de Diego, un insustancial promiscuo más plano que una tabla adormeciéndose cuando ella le lee poemas; Adriana tiene mayor tino con Álvaro, un chaval poseedor del don de saber escuchar), creo, ayudarán a mantener el interés lector durante lo que dure entre sus manos Blas de Umbe.

Además, para aquellos que disfrutan de la compañía de un can, conocer a Blas desde su etapa de cachorro feliz corriendo libre por los prados, fiel a su naturaleza, y aprendiendo a vivir encerrado en una casa hasta su ocaso, el libro supone un buen repaso de psicología canina. Los vaivenes emocionales y sexuales provocados en su relación con Rita, que lo llevan a controlar los instintos de su ser, marchan en paralelo con el afecto que Blas desarrolla por la dueña de la perra, –su vecina Pauli–, la única que lo entiende realmente.

Blas de Umbe deja retratado cómo es el mundo burgués, su universo de olores, sonidos y pequeños detalles que podrían quedar desapercibidos si no llega a ser por este perro-narrador. Blas sabe con antelación que se avecinan cambios, y se asombra de que los humanos sean tan ciegos. Ante él no se puede disimular. Pero esa capacidad le hace pasar momentos de angustia.

García-Atucha se esfuerza en mostrar lo que hacen nuestras mascotas para adaptarse a la vida humana, cómo aquí va forjándose el vínculo entre Blas y la estereotipada familia que lo adopta (el perro es muy sensible, y percibe cosas de las que los humanos ni nos damos cuenta). Pero el mutuo amor que se acaban profesando Blas y Pauli resulta conmovedor –y destaca sobre el resto.

Leída desde la madurez que da alcanzar los sesenta años, esta interesante novela alumbra asimismo el modo de vida cotidiano y despreocupado de cierta juventud actual, esa que, desde un hedonismo que le viene de cuna, carece de preocupaciones económicas y es libre a la hora de decidir su futuro profesional. Blas de Umbe tiene bastante de documento sociológico que en algo ayuda a empatizar con ese sector poblacional que nunca, incluso cuando yo mismo era joven, ha dejado de causarme un hondo extrañamiento.

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