Formado entre el ámbito mediterráneo y la tradición centroeuropea, afincado desde hace años en Suiza, Francisco Coll se ha consolidado como una de los compositores más personales de la creación contemporánea, con encargos de algunas de las principales instituciones internacionales y un catálogo que abarca el sinfónico, el concertante y el teatro musical. Tras Café Kafka, su ópera de cámara estrenada en la Royal Opera House en 2014, Enemigo del pueblo supone un salto cualitativo tanto por dimensiones como por densidad conceptual. La escritura no busca la conciliación inmediata con el oyente, pero tampoco se repliega en el hermetismo: hay en ella una voluntad clara de comunicación, aunque esta se articule desde la fricción y la inestabilidad.
No es casual que Coll recurra a Henrik Ibsen, figura clave del tránsito hacia la modernidad teatral. El dramaturgo noruego, que sentó las bases del drama realista moderno, lo despojó de cualquier complacencia moral y situó el conflicto en el corazón mismo de la sociedad burguesa, enfrentando individuo y comunidad, verdad y consenso, ética y poder. Su influencia atraviesa buena parte del teatro del siglo XX y sigue actuando como referente ineludible cuando se trata de explorar las grietas del orden democrático. Enemigo del pueblo ocupa, además, un lugar central en su producción por la radicalidad con la que problematiza la noción de mayoría y desmonta la idea de verdad como valor compartido.
La música de Coll recoge esa tensión sin traducirla en ilustración directa. El lenguaje es mayoritariamente atonal, aunque no dogmático; aparecen zonas de referencia modal, gestos reconocibles que se insinúan para ser inmediatamente erosionados. La obertura —o, más propiamente, el arranque instrumental— evoca un pasodoble sometido a un proceso de desfiguración: una música pública, asociada a la plaza y a la celebración colectiva, cuyo pulso aparece desplazado, como si caminara sin apoyo firme. No hay aquí parodia ni cita literal, sino una alusión ambigua que se va contaminando desde dentro.
A lo largo de la partitura, la orquesta asume un papel estructural. En los momentos de mayor incertidumbre, la escritura se densifica y la masa sonora adquiere un peso casi opresivo, con un uso incisivo del metal que subraya la violencia latente del discurso sin necesidad de subrayados explícitos. En contraste, Coll reserva espacios de una belleza frágil, donde timbres más luminosos —la celesta, determinadas combinaciones de maderas— introducen una suspensión momentánea, nunca exenta de inquietud.
Especial mención merece el trabajo del Coro Titular del Teatro Real, tratado como un cuerpo orgánico que participa activamente del desarrollo musical. Lejos de un mero acompañamiento, el coro articula la respiración colectiva de la obra y se convierte en uno de los vectores principales de tensión dramática. Bajo la dirección musical de Christian Karlsen, la partitura se despliega con claridad de planos y una atención constante al equilibrio, permitiendo que la complejidad del tejido sonoro no derive en opacidad.
El conflicto que articula Enemigo del pueblo no se limita a la oposición —ya clásica— entre verdad científica e intereses económicos, sino que se adentra en un terreno más incómodo: la fragilidad del juicio colectivo cuando la verdad deja de ser deseable. La obra no plantea una defensa ingenua del individuo frente a la masa, ni convierte al doctor en héroe sin fisuras; antes bien, expone el modo en que la comunidad, una vez activados el miedo y la amenaza a la prosperidad, renuncia a deliberar y se refugia en una lógica de autopreservación que legitima la mentira. La mayoría no aparece aquí como garantía de justicia, sino como un cuerpo voluble, fácilmente conducible, cuya adhesión no se gana por convicción sino por repetición, simplificación y desgaste del discurso racional. En ese punto, la ópera plantea una pregunta que excede el marco de Henrik Ibsen y resuena con especial fuerza hoy: si el sufragio universal, ejercido sin información suficiente ni voluntad reflexiva, sirve realmente a la democracia o acaba alimentando la demagogia. Resulta significativo que en otros ámbitos —una firma notarial, una declaración ante la autoridad— se exija que la voluntad sea informada para ser válida, mientras que el voto, acto fundacional del sistema democrático, no incorpora esa garantía. La obra no propone soluciones, pero deja flotando una inquietud incómoda: si una democracia que renuncia a formar a sus ciudadanos no está, en realidad, preparando el terreno para su propia degradación.
La escena está a cargo de Àlex Rigola. La acción se sitúa en un entorno costero que remite a una playa aparentemente bien preservada, despojada de cualquier signo de explotación turística —sin chiringuitos ni construcciones—, presentada como un espacio natural casi intacto. Esta elección, lejos de funcionar como simple fondo, construye un marco propicio para la reflexión y el distanciamiento crítico. La iluminación, diseñada por Carlos Masquerie, articula con gran sutileza el paso del tiempo mediante atardeceres progresivamente velados, cambios cromáticos y modulaciones en la densidad de las nubes, generando una sensación de movimiento constante en una escena solo en apariencia estática. El vídeo escénico de Álvaro Luna refuerza esa dimensión temporal y atmosférica, ampliando el espacio dramático sin invadirlo y dialogando con la música desde una contención muy eficaz.
Al frente de la orquesta se sitúa Christian Karlsen, director con una sólida trayectoria en el repertorio contemporáneo y una relación estrecha con la música de nuestro tiempo. Su trabajo en Enemigo del pueblo se caracteriza por el rigor en la articulación, el control de las masas sonoras y una atención constante al diálogo entre foso y escena, permitiendo que la escritura de Coll conserve tensión y legibilidad sin perder densidad.
En el plano vocal, la escritura de Coll somete a los intérpretes a una exigencia constante, tanto por tesitura como por resistencia y claridad de dicción. El Doctor (el barítono José Antonio López) se construye como un personaje de recorrido progresivo, más discursivo que expansivo, cuya línea vocal acompaña con coherencia el tránsito desde la convicción racional hacia el aislamiento, sin apoyarse en efectismos ni en un lirismo complaciente.
El tenor Moisés Marín da vida al alcalde desde una caracterización vocal incisiva y deliberadamente erosionada, con una emisión que subraya la degradación moral del personaje y una dicción clara al servicio de un discurso cada vez más áspero, sin buscar redención ni brillo innecesario.
Petra (hija del doctor), a cargo de la soprano estadounidense Brenda Rae, afronta una de las partes más extremas de la partitura, con una escritura que empuja reiteradamente hacia agudos de difícil acomodo, concebidos más como tensión expresiva que como exhibición. La soprano, habitual del repertorio contemporáneo y de las grandes escenas europeas, resuelve el reto con seguridad técnica y una presencia escénica que sostiene el pulso dramático incluso en los pasajes más expuestos.
El barítono Isaac Galán compone un Mario de contornos deliberadamente ambiguos, más interesante por su evolución que por su posición inicial. Prometido de Petra y dispuesto en un primer momento a denunciar la contaminación de las aguas desde el ámbito periodístico, el personaje va replegándose hasta asumir —no sin conflicto— el discurso dominante. La voz, firme y bien proyectada, acompaña ese desplazamiento ideológico con una progresiva pérdida de impulso, reflejando con eficacia la renuncia ética que atraviesa al personaje.
Marta, a cargo de la estadounidense Marta Fontanals-Simmons, escrita para mezzosoprano, experimenta una transformación decisiva a lo largo de la obra. De figura inicialmente solidaria pasa a convertirse en uno de los vectores más inquietantes del drama cuando, al percibir lo que está realmente en juego, introduce en el discurso colectivo la expresión “enemigo del pueblo”, activando a la masa contra el Doctor. La intérprete acompaña ese desplazamiento con una línea vocal que se endurece progresivamente, abandonando cualquier refugio lírico para integrarse en un canto más cortante y acusatorio, que refleja no solo la renuncia ética del personaje, sino su responsabilidad directa en la deriva colectiva.
Enemigo del pueblo podrá verse de nuevo en el Teatro Real hoy, así como los días 13, 17 y 18 de febrero, todas las funciones a las 19:30 horas.