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Novela

Adolfo García Ortega: Madre mujer muerta

domingo 12 de abril de 2026, 23:18h
Adolfo García Ortega: Madre mujer muerta

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2025. 251 páginas. 20 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por David Almazán Tomás

Hay quien defiende que una buena novela no necesita ninguna portada llamativa y que incluso es preferible que simplemente sea tipográfica. Quizá por deformación profesional como historiador del arte, antes de leer una novela acostumbro a curiosear qué ilustración aparece en la portada. Me entretienen esas cosas. En el argot editorial, a todo lo que no es en sí mismo el texto de la novela pero que forma parte del libro se le denomina paratextos. En las editoriales pequeñas se cuidan mucho estos detalles. En las grandes no siempre es así.

En este caso, para Madre mujer muerta, de Adolfo García Ortega, tenemos una atractiva pintura del artista contemporáneo chino Zhang Yingnan. Aparece una mujer con el pelo corto de espaldas, frente a un extraño espejo en el que se reflejan dos luminosas ventanas, con un tono surrealista y onírico próximo a René Magritte. La portada transmite una atmósfera de tristeza y aislamiento. Las paredes están pintadas de un verde intenso, que contrasta con el rojo del lomo y la contraportada. Sin abrir el libro, el comienzo era prometedor, aunque uno se imagina que se encontrará con un relato de nuestros tiempos, cuando en realidad el lector va a sumergirse en una castiza historia de amores imposibles por la diferencia en la escala social en la España de finales del siglo XIX. Quizá alguna obra de Ignacio Zuloaga hubiera entonado más.

El caso es que ya me había llamado la atención unos años atrás la portada de otra novela de Adolfo García Ortega, La luz que cae, también publicada por Galaxia Gutenberg. Ambientada en el Japón del siglo XVIII, la deliciosa ilustración para esa portada fue una estampa de Suzuki Harunobu (1724-1770), el gran maestro de la estampa japonesa ukiyo-e, literalmente, pinturas del “mundo flotante”, en alusión al mundo de los placeres y las distracciones.

La estampa en cuestión mostraba a una grácil dama mirando por una ventana bajo una nube en la que aparecía un poema de Ariwara no Narihira, el célebre poeta del siglo IX y gran protagonista del Ise monogatari. Haronobu fue el impulsor de las estampas japonesas a color y el tema principal de sus obras fue el de las mujeres hermosas o bijin-ga. No hay muchas ocasiones en España de ver directamente las estampas de mujeres hermosas de Harunobu y del resto de los artistas del ukiyo-e del siglo XVIII, pero quienes estén en Zaragoza tienen la oportunidad de deleitarse con su sofisticada elegancia gracias a la exposición comisariada por Daniel Sastre con una selección de grabados de la colección Pasamar-Onila. Esta exposición ha sido organizada por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y estará abierta al público hasta el 31 de mayo.

Dejemos ahora el Japón de los kimonos, las flores y los poetas para adentrarnos en las recias tierras castellanas, donde transcurre la novela Madre mujer muerta del pucelano Adolfo García Ortega (1958), autor reconocido, de largo recorrido y buena prosa. La trama es entretenida y atrapa al lector desde el primer instante: casi a modo detectivesco el autor trata de reconstruir las circunstancias del nacimiento de su abuela Gloria, a quien no conoció, a partir de la documentación que le entregó una misteriosa mujer llamada Delia Aparicio, emparentada con el médico que asistió en el parto a su abuela. En ese improvisado alumbramiento, en un convento de un pueblo llamado Vegalegua, el doctor Luis Selva nada pudo hacer por salvar la vida de la madre, Galia Cervino.

Luis Selva, un personaje alcohólico y nihilista, atormentado por su homosexualidad y el suicidio de su joven amante, Adrián, tiempo atrás, inicia la labor de descubrir quién es el padre de esta criatura. Empujado por la fantasmal visión de Galia, comienza a recomponer su romance con Sixto Rubirosa. La oposición de la familia y el carácter pusilánime de Sixto arrastran a la abandonada Galia a la desesperación más absoluta. Nuestro protagonista, Luis Selva, no solo adopta a la desvalida huerfanita, sino que emprende una persecución de Sixto que le lleva hasta Burdeos. El desenlace, que lo descubra el lector de la novela.

Adolfo García Ortega trabaja bien la ambientación histórica. De una manera galdosiana nos va introduciendo los personajes, con los que construye una visión panorámica de la sociedad de finales del siglo XIX. Los nombres de estos personajes son memorables: Pergentina Lesmes, Petra Padrón, Aciano Pino, Dominica Cifuentes, Etelvino Álvarez, etc. ¡Ya nadie pone estos nombres a sus hijos! La redacción es pulcra, con un léxico rico y variado. Todos los personajes ponen las comas con precisión y ritmo. Una novela formalmente muy bien escrita, con ecos de Galdós, Clarín y Pardo Bazán.

La novela tiene mucho de reivindicación feminista, pero la voz cantante la lleva un hombre: el doctor Luis Selva, un personaje lleno de dolor, que vive su homosexualidad de manera oculta en una sociedad que no lo acepta y que lo tilda de invertido, desviado, sodomita, pervertido y degenerado, entre otras lindezas. Desde el inconformismo, reacciona por la trágica muerte de Galia Cervino, que se convierte en una obsesión. De esta manera, obcecado y al borde de perder la razón, Luis Selva nos revela el dolor de esas mujeres que viven esperando a que un hombre las ame, las despose, las convierta en madres… y las traicione.

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