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ENTREVISTA

Nuria Martín Muyo, ingeniera humanista: “Estamos invadidos por la ideología emocional”

Nuria Martín Muyo
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Nuria Martín Muyo
martes 19 de mayo de 2026, 17:48h
Actualizado el: 19/05/2026 18:04h

Cuanto más se estudia el cerebro, más preguntas surgen. En apenas un kilo y medio de materia, la complejidad de este órgano sigue desafiando a los investigadores. Nuria Martín Muyo, ingeniera humanista, es una de ellos. Amante de la neurociencia, esta científica explora cómo en un contexto saturado de estímulos la mente puede quedar atrapada en dinámicas que condicionan nuestra percepción de la realidad.

En su nuevo libro, La trampa de la emoción, la autora divide la mente en dos partes: el cerebro límbico, dominado por la amígdala y encargado de generar los pensamientos emocionales, y el cerebro racional, que procesa la información.

Ante un presente de sucesión de crisis e incertidumbre económica, los discursos sociales alimentan la emoción como fin último y relegan la razón a un segundo plano. El caldo de cultivo está listo: la mente se vuelve vulnerable a la manipulación y el pensamiento crítico comienza a desaparecer.

En su libro pone de relieve la utilización del discurso y la industria del bienestar como dialéctica que predomina en la sociedad actual.

Al hilo del título, parece que nuestra felicidad y todo lo que ocurre en nuestra vida pasa irremediablemente por sentir al máximo y por emociones de alta intensidad. Hemos olvidado que necesitamos un equilibrio. Muchas de las cosas que creemos emocionales, en realidad no lo son. Eso deja la puerta abierta tanto a las enfermedades mentales como a la manipulación de las ideas.

En su mapeo del cerebro da mucho protagonismo a una pequeña parte que funciona como motor de nuestra mente, la amígdala. ¿Cuál es su papel?

La amígdala tiene un papel preponderante en nuestro cerebro. Es el mecanismo interno que está orientado a la supervivencia y que nos ha hecho llegar hasta aquí. El problema está en hacer un uso excesivo de ella y que todas nuestras decisiones y pensamientos procedan de ella sin ningún otro tipo de filtro. Cuanto más la usamos, menos vamos a poder usar nuestra corteza cerebral. Nuestro cerebro racional, con la corteza prefrontal, es el que controla nuestras funciones ejecutivas y el encargado de ser como somos: nos da nuestra capacidad analítica, de síntesis, de pensar a corto y largo plazo, de planificación… Lo que se asume como ‘inteligencia emocional’ en realidad no lo es, es la inteligencia racional la que tiene que entrar en juego si queremos regular nuestras emociones y tener una vida saludable.

Para explicar la diferencia entre la parte emocional y racional del cerebro propone la metáfora de la naranja.

La naranja tiene dos partes diferenciadas: la pulpa, que sería la parte límbica con la amígdala al mando, y la piel de la naranja, que es la corteza cerebral. Todo el mundo se come la pulpa y no le damos importancia a la corteza porque nadie nos lo ha enseñado. Además, parece que lo racional se ha asociado a la frialdad, a la lejanía, a lo que nos impide disfrutar de la vida… Son tópicos incorrectos que hacen que no dediquemos el esfuerzo necesario a desarrollar nuestra corteza prefrontal, que es la vía a través de la cual podemos tener mejor salud mental y cerebral y una sensación vital de mayor felicidad.

¿Cuáles son esos tópicos de los que habla?

Estamos inundados de ellos. La historia de la humanidad ha oscilado entre una emocionalidad extrema, que casi siempre se ha asociado a tiempos de mayor inestabilidad, y épocas en las que ha predominado más la racionalidad y se han dado períodos de paz. Hay momentos en los que se han alimentado estos mitos. Por ejemplo, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando aún nadie sabía que en un único cerebro se generan dos tipos de pensamientos: unos emocionales, que son rápidos e impulsivos, y otros racionales, que requieren más tiempo y por tanto se usan menos. Entonces hubo un pico de pensamiento: “Si los seres humanos, seres pensantes, hemos sido capaces de esta atrocidad, será que nuestra cabeza no piensa tan bien”. En ese saco se metieron todos los pensamientos, emocionales y racionales. Igual pasa ahora. Ante este mundo incierto y terrible, predomina el “olvídate de todo, carpe diem, emociones al máximo”. Echemos un ojo desde la neurociencia para ver qué hay de cierto en ello. Al hacerlo, se observa que esa dicotomía es absolutamente falsa y que dejar todo en la emoción no nos lleva a ningún lugar bueno y genera mitos concretos. Por ejemplo, que la intuición siempre es más cierta que la propia razón. O que memorizar es ridículo. La atención sostenida, memorización y aprendizaje son indivisibles.

¿Cabe hablar de una dictadura de la emoción?

Sí, y responde a ciertos intereses. Alimenta un individualismo metodológico. Cuando somos seres individuales aislados, somos más manipulables. Cuando somos racionales aparecen conductas colaborativas y sociales relacionadas con la empatía profunda y somos más poderosos.

¿Cómo se puede combatir el discurso individualista?

A través de la divulgación. Hay una serie de frases instauradas en el mundo multimillonario de la autoayuda que en realidad promueven únicamente el uso del cerebro límbico. A lo que sentimos se le da el carácter de verdad, pero las emociones no son universales, únicas ni idénticas entre seres humanos.

¿Es esto a lo que se refiere con ‘la trampa de la emoción’? ¿Tomar la verdad como brújula y verdad absoluta?

Así es, porque nos han acostumbrado a que lo que sentimos es la verdad. Las emociones son informaciones que tienen que ser filtradas por la corteza cerebral para ver si les hacemos caso o no. La verdadera libertad pasa por desarrollar la corteza cerebral. Vivimos rodeados con el mantra de que se debe aprender desde la emoción, y allí donde miremos estamos invadidos por la ideología emocional. Es difícil salir de ahí. Es como si viviéramos en un ‘matrix’ donde se nos vende la idea de que la emoción nos salvará, cuando es todo lo contrario.

¿Cuál es el coste neurobiológico de la búsqueda constante de la recompensa emocional?

Nos lleva a la enfermedad mental. Hay un pico de enfermedad mental entre los jóvenes menores de 25, uno de cada cinco tiene algún tipo de diagnóstico. Encadenamos crisis que contagian el mundo y nuestros jóvenes sienten un gran nivel de incertidumbre sobre lo que les pueda deparar el futuro. Pero la solución no es lanzarse a la emoción sin medida. La neurociencia nos dice otra cosa: si queremos tener herramientas para afrontarlo con serenidad, tenemos que recuperar la posición de nuestra racionalidad en la jerarquía cognitiva. Es lo que nos permite darnos cuenta de que la incertidumbre forma parte de la vida y que siempre ha existido.

¿Cómo encontramos el equilibrio entre volver a la razón y no caer en el cinismo o la desconexión emocional?

Pasar a ocupar el espacio público y luchar contra el individualismo de forma colectiva. Primero, poner en valor la racionalidad y darnos cuenta de que somos seres en constante construcción gracias a los demás. La biología demuestra que dependemos del intercambio constante de energía e información con otros y que el contexto moldea nuestra genética. Somos herederos de un tesoro magnífico, pero también tenemos la responsabilidad de recuperarlo. Por mucho contagio emocional que haya, cada vez hay menos empatía. Cada vez hay más incivismo. El siguiente paso sería incidir a nivel gubernamental para que las instituciones articulen soluciones reales para los ciudadanos a todos los niveles. Tenemos que divulgar todas estas cuestiones para tocar el click correcto y generar una reacción en cadena colectiva, que es tal y como se generan los cambios. Es mucho más lo que nos une que lo que nos separa y somos capaces de hacer cosas más grandes. Negarlo es jugar con ello, y nos hace más susceptibles. Los discursos populistas inciden en que todo es un desastre y que vivimos en un caos. Los que se aprovechan de ese sentimiento son los que lo generan. De ahí la trampa de la emoción.

Es una trampa que se cuela de forma sibilina en todos los ámbitos.

Porque usamos el cerebro para todo: relacionarnos con nosotros mismos, con nuestra familia y amigos, en el trabajo o la escuela… Estamos totalmente condicionados por la moda de “todo a la emoción”. Se trata de pensar en lo que estamos haciendo. ¿Quién nos ha convencido de que pensar no es humano y que no nos traerá felicidad? La apreciación de la belleza, el amor o la pasión no son emociones, son sentimientos. Los sentimientos son emociones mediatizadas por la razón. La felicidad es racionalidad y un acto valorativo. Hay una jerarquía emocional muy potente, cuando debería ser al revés.

¿Cuáles son los retos de la neurociencia?

Una tecnología que cada vez es menos neutral y que está al servicio de unos intereses muy concretos. Puede ser un riesgo muy grave contra nuestra racionalidad si no conseguimos legislar y regular su uso para preservar la dignidad humana. Ahora hay mucha formación sobre neurociencia, pero está muy dispersa. Es importante leer e informarse a partir de fuentes fiables. Hay que huir de tik tokers con millones de seguidores para volver al estudio y al conocimiento, no solo al entretenimiento.
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