El buen pueblo madrileño, a cuyos oídos no habían llegado aún, o de cuya memoria se habían borrado ya las encontradas voces de tiranía y libertad, hacía entonces la vista gorda sobre el Gobierno. En la Corte se intrigaba, poco más o menos como ahora, si bien con un tanto más de hipocresía; los ministros colocaban a sus parientes y a los de sus amigos. La clase media iba a la oficina; entonces un empleo era cosa segura, una suerte hecha; y el honrado, el heroico pueblo iba a los toros a llamar bribón a boca llena a Pepe-Hillo y a Pedro Romero cuando el toro no se quería dejar matar a la primera (Larra, abril 1835). En Madrid, existían dos bandos de adeptos a los principales corrales de comedias; los partidarios del de la Cruz eran llamados polacos, mientras que a los seguidores del Corral del Príncipe los denominaban chorizos (¿…?). Ambos grupos, irreconciliables, fueron descritos por Barbieri en la célebre zarzuela "Chorizos y polacos". Claro que, con un armónico sentido musical.
Mariano Torralba
