De todos los factores que intervienen en la elaboración de un vino y le dan su propia personalidad, nadie negará que la variedad de uva de la que se parte es de la máxima importancia, por encima de clima, geografía, suelo y hasta de la propia elaboración: cada vino responde a su uva madre con más o menos matices.
Si de uvas blancas hablamos, no cabe ninguna duda de que la variedad más extendida en el planeta es la chardonnay, que es la blanca que entra en la elaboración del champaña y la madre de los maravillosos vinos blancos de la Borgoña. Hay magníficos vinos elaborados con esta variedad en todo el mundo... pero ninguno, por excelente que resulte, alcanza la categoría a la que llegan los grandes Montrachet borgoñones.
Hay una variedad blanca que está dando que hablar. Me refiero a la llamada albariño, con la que se hacen los vinos conocidos con ese mismo nombre y amparados por la Denominación de Origen 'Rias Baixas' en Galicia (España). Son unos vinos que suelen beberse jóvenes, aunque envejecen bastante bien, y en ese estado resultan frescos, muy frutales, vivos en la boca, perfectos para acompañar mariscos y pescados en recetas sencillas. Hasta hace veinte años apenas eran conocidos más que en su zona de origen; pero hoy han extendido su mercado y son vinos apreciados en lugares como los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania...
El éxito de un tipo de vino suele traer como consecuencia la importación de la variedad para tratar de elaborarlo en otros lugares. Hoy hay cepas de albariño, por ejemplo, en el estado norteamericano de Oregón, como las hay, o eso creíamos todos, en Australia. Sobre todo lo creían los australianos, que estaban tan contentos ellos con sus propios albariños... hasta que un enólogo francés les ha dicho que no, que de albariño nada, que las uvas que ellos creían albariñas no eran sino la variedad savagnin blanc, propia de la zona francesa del Jura y, ahora mismo, mucho menos conocida que la blanca gallega.
A los australianos les ha parecido muy mal la cosa, porque es bastante más fácil hoy por hoy vender un albariño que un vino elaborado con savagnin blanc, y han decidido echar la culpa no al mensajero, sino a los gallegos, diciendo que lo que pasa es que en la propia Galicia el veinte por ciento de la uva que se considera albariño es, también, savagnin blanc.

Esto es falso de toda falsedad: en toda Galicia no encontrarán ustedes ninguna muestra de esa variedad, como de ninguna otra variedad blanca de procedencia francesa: en Galicia hay muy buenas y propias variedades blancas que hacen innecesario traer otras foráneas, ni siquiera la chardonnay. ¿Para qué?
La albariño es una casta cuyo origen se pierde en leyendas. Hasta ahora era creencia general que llegó a orillas del Atlántico por el Camino de Santiago, llevada por monjes cluniacenses desde las riberas del Rhin; ciertamente, cabría establecer alguna similitud entre los riesling renanos y los albariños gallegos, pero son diferentes. Ahora domina la opinión de que la presencia de la albariño en Galicia es muy anterior al propio Camino de Santiago, y hay quienes especulan con la posibilidad de que fuese importada en su día por los romanos... y quienes, sin más, la declaran autóctona. Cualquiera sabe.
Pero la albariño es... albariño. Y es seguro que los albariños de Oregón, como los que de verdad lo sean de los australianos, son buenos y muy agradables; pero, como ocurre con los blancos de chardonnay, no hay albariños como los elaborados con esa variedad cultivada en tierras gallegas, frente al antiguo Mar Tenebroso, en los confines occidentales del mundo antiguo. Qué quieren: la variedad es, sin duda, lo más importante; pero inmediatamente después viene... el terruño.