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el chivato

Premios, premios... los de teatro

martes 13 de octubre de 2009, 19:07h
En el mundo singular del teatro nadie se extraña –muchos se enojan- cuando el representante del jurado de algún premio importante proclama el nombre del ganador. Nombre elegido por prójimos apenas vistos por los teatros, que no suele coincidir con la razón, la ética o la estética. Ocurre con demasiada frecuencia que una joven sordomuda obtiene un premio a su labor como actriz interpretando el papel de sordomuda; se premia a un ciego por representar a un ciego y a un deficiente mental por hacer de sí mismo; o se premiará pronto una obra interpretada por tartamudos, que tratan de reivindicar su derecho a no ser discriminados; pretensión que no conseguirá su propósito desde un escenario, ante un público sufridor al que se le hará patente la tartamudez de todo un grupo de entrecortados que se autoexcluyen a sí mismos
El teatro y su mundo no habitan en solitario el paradigma de la estulticia humana, establecida a menudo por espurios arrimos políticos o por absurdos complejos ante unos rivales, reputados, sí, pero siempre de la misma casta política.

No hay más que hacer un recorrido por los “Cervantes”, los “Nacionales”, a las “Bellas Artes”, los “Honoris Causa”… Para evidenciar los tantos premiados que no los merecían y que, una vez concedidos, no tienen vuelta atrás. Si existiera la posibilidad de reclamación o recurso de algunas concesiones, cómo no arrebatar el mayor de los premios, el Nobel, en su apartado de “Paz” concedido a Rigoberta Menchú, gracias a un currículo falseado, por su “trabajo” acerca de la conciliación etno-cultural referida al respeto de los derechos de los indígenas (ya lo hicieron los Reyes Católicos en el siglo XV); o al terrorista enriquecido Yasir Arafat, por las “Negociaciones de Oslo”; o al controvertido Kofi Annan, por su “Esfuerzo por conseguir un mundo mejor organizado y más pacífico”, o al desaprensivo Al Gore que, con aquello de divulgar –cobrando sumas millonarias- los “Efectos del cambio climático” recorre el mundo con datos manipulados sobre el asunto. Pero todo quedó pequeño cuando un sujeto noruego, llamado Thorbjorn Jagland, anunció al mundo la concesión del Nóbel de la Paz a Barack Obama, por “Sus iniciativas para reducir las armas nucleares, aliviar las tensiones con el mundo mu-sulmán y respaldar la diplomacia y la cooperación en lugar del unilateralismo.

Así que el mayor de los premios del mundo, premia las intenciones: Conciliación etno-cultural… Negociaciones de Oslo… Un mundo mejor organizado… Cambio climático… Reducir las armas nucleares… Para estos mimbres, mejor le premian a nuestro Zapatero particular que, de intenciones, promesas y alianzas, puede dar lecciones. El teatro, pese a todo, es más serio; los premiados, si no los mejores, son siempre buenos y, además, son de izquierdas. ¡Donde va a parar! En el teatro se premian los trabajos realizados. Nada de proyectos ni intenciones.


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