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ocho años cerrado

Un viaje al siglo XIX en el nuevo Museo del Romanticismo de Madrid

sábado 05 de diciembre de 2009, 21:42h
El nuevo Museo Nacional del Romanticismo convence de principio a fin. El estilo de vida y las costumbres del siglo XIX han sido recreados con maestría gracias a un trabajo de investigación, documentación y remodelación que ha llevado ocho años de espera. El asombro de quien lo visita es inmediato, no sólo por la dilatada colección de arte que alberga sino por la recreación del ambiente de aquellos años. La particularidad de poder observar las obras de arte en su contexto, hace de esta visita un privilegio.

El espacio expositivo del edificio, que data de 1776, se divide en 26 salas. La escultura que Mariano Benlliure dedicó a su amigo Benigno de la Vega-Inclán, precursor de esta colección y de la recuperación del patrimonio artístico español, da la bienvenida antes de recorrer un museo que ha ampliado sus fondos durante estos años a través de la compra de piezas a particulares y subastas.

Una de las salas del Museo Nacional del Romanticismo (Foto: Manuel Engo)


El intenso color de las paredes de cada una de las salas sorprende en un primer vistazo. Las hay verdes, rojas, rosas, azules y amarillas. Todas han sido revestidas con papel pintado o telas como se realizaba por entonces. Ninguna es igual a la anterior. Cambia el mobiliario, la temática, las cortinas, así como la tapicería de sofás y sillones.

Lienzos costumbristas, históricos, religiosos, paisajes o retratos cuelgan de cada una de las salas. No hay rincón en el que la vista no se tome con una pintura, síntoma del volumen de fondos que alberga el museo, que cuenta con 1.400 bienes expuestos y 6.380 en los almacenes.

Una de las salas del Museo Nacional del Romanticismo (Foto: Manuel Engo)


Los óleos de Francisco de Goya, Valeriano Domínguez Bécquer, Leonardo Alenza, Antonio María Esquivel o Federico de Madrazo, comparten espacio con miniaturas, estampas, dibujos y fotografías. También lo hacen algunas de las piezas estrellas de la colección como la supuesta pistola con la que se suicidó Mariano José de Larra, su retrato pintado por José Gutiérrez de la Vega, el piano Pleyel, propiedad de la reina Isabel II, la mesa velador de estilo neogótico sobre la que descansa un busto de Isabel II niña o la colección de abanicos.

Del mobiliario, compuesto por cerca de 600 piezas, destacan también los escritorios, las mesas, las camas y los tocadores, aunque el mueble de aseo o retrete de Fernado VII acapara todas las miradas.

Una de las salas del Museo Nacional del Romanticismo (Foto: Manuel Engo)


Pero no todo son muebles y pinturas. En los pequeños detalles, los de la vida cotidiana, el museo completa así la recreación del ambiente de la época. Protegidos por vitrinas descansan gafas, gemelos, relojes de bolsillo, joyas, peinetas, pitilleras, navajas, muñecos y juegos de mesa. A todos ellos se suma la colección de cerámica, porcelana y barros andaluces.

Los dormitorios, el comedor, el oratorio, la sala de juegos, la de baile o la de los niños, conforman la estructura de un museo único por la calidad de lo expuesto, así como por el cuidado de su puesta en escena. Así, el museo ha recuperado la esencia del Romanticismo abanderado por Larra, Zorrilla, Espronceda o Mesonero Romanos durante los reinados de Fernando VII e Isabel II. Los años del sentimentalimo, de la pesadumbre y la nostalgia, de las visicitudes de la época y de la búsqueda de la victoria sobre lo racional.

La entrada general al museo cuesta 3 euros. La reducida, 1,50 euros. Durante este fin de semana la entrada es gratuita de 10:00 a 21:00. Proximamente está previsto que se ubique en la planta baja del edificio un café abierto al jardín.
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