investigación
La Luna y 'El Bulli'
jueves 04 de febrero de 2010, 12:55h
Dos anuncios aparentemente inconexos han sido noticia destacada en los medios, sobre todo en Occidente, los últimos días: el recorte de gasto del presidente Obama, que afecta a la NASA y retrasa "sine die" el regreso a la Luna, y el cierre por dos años, en 2012, del restaurante de Ferran Adriá, considerado por críticos y cocineros el mejor del planeta.
Es cierto que, a primera vista, ambas decisiones afectan a un número limitado de personas. No son muchos los ciudadanos en condiciones de viajar a la Luna, aunque seguramente ese viaje sea algo que le apetecería hacer a bastante gente sin que por ello haya que tildarlos de lunáticos. A otra escala, tampoco son multitudes quienes pueden conseguir mesa en el restaurante de Adrià, con una lista de espera que crece y crece hasta convertirse, me temo, en toda una leyenda.
La conexión va por otros derroteros. Para ir a la Luna hace falta, claro, dinero; pero el cometido principal de la agencia espacial estadounidense es la investigación, sin la cual no hay manera de volar a nuestro satélite. Y el señor Adrià ha hecho de la investigación la seña de identidad de su establecimiento, al que muchos consideran más un laboratorio que un restaurante. Ya les digo yo, que he estado allí unas cuantas veces, que hace años que 'El Bulli' no es un restaurante convencional.
A 'El Bulli' hay que ir con una predisposición especial, sabiendo a qué se va. Hay que estar, además, "muy comido", y carecer casi por completo de prejuicios gastronómicos. A partir de ahí el comensal -llamémosle así- va a participar en un juego, en un experimento; la cosa es que él es el cobaya. Va a probar cosas que jamás se le ocurriría no ya pedir, sino cocinar. Va a vivir una experiencia distinta. Le gustará más o menos, aunque casi nadie se atreverá a decir que no le ha gustado.
Adriá es un visionario de la cocina, un transgresor, un creador. Un genio, pero un genio que no para de trabajar, de probar, de buscar. El problema surge cuando uno se plantea si la investigación es un fin en sí misma o simplemente un medio; uno pensaba que se trataba de lo segundo, que se investiga para conseguir algo... y Adrià da la impresión de dedicarse a investigar por el gusto de hacerlo. Plasma sus resultados en platos que sólo son posibles en su casa, porque no se aceptarían en otro lugar ni con otra firma.
Un par de ejemplos. El uso de las algas como elemento en un plato, para reforzar un toque marino, yodado, es una cosa; que a uno le traigan en un plato doce o catorce clases de algas, sin más, es otra cosa. Que se decore una ensalada con algunos pétalos de flores queda bonito; que el plato que le ponen a uno delante no contenga más que pétalos de flores, es otra cosa. Que uno pueda comerse también los sesos del animal si come liebre es cuestión de cada cual; que el plato consista en sesos de liebre, sin más liebre, es otra cosa... Y esas cosas sólo se le aceptan a él.
Pero la mayor conexión entre ambos anuncios es que, aunque sea mucha la gente que no ve la necesidad de viajar a la Luna, y muchísima la que declara que la cocina de Adrià no le apetece en absoluto, los viajes espaciales y la investigación culinaria acaban teniendo efectos prácticos y útiles en nuestra vida diaria, en la que usamos un montón de cosas que han nacido de la investigación espacial -piensen en algo tan tonto como el cierre velcro- o culinaria, como el propio microondas. Y mientras los científicos de la NASA y los chicos de Adrià sigan investigando, seguirán apareciendo cosas que nos harán la vida más fácil. Aunque no vayamos a la Luna ni nos motive la deconstrucción de platos tradicionales o las gelatinas calientes.