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en el teatro real

[i]Andrea Chénier[/i]: la más pura Revolución Francesa estalla en el centro de Madrid

domingo 14 de febrero de 2010, 12:49h
Con Andrea Chénier, la ópera más famosa del compositor italiano Umberto Giordano, no valen los experimentos en la escena. El libreto escrito por Luigi Illica en Milán para su estreno en la Scala el 28 de marzo de 1896, describía unos hechos históricos y retrataba de la forma más realista posible los años del Terror en la Revolución Francesa, durante los cuales rodaron muchas cabezas y no sólo las de los aristócratas enemigos de la patria, también las de aquellos que, aunque revolucionarios, se atrevían a criticar un exceso de sangre que nada tenía que ver con los valores iniciales de la revolución. Fue el caso del poeta Chénier, de modo que la puesta en escena de una parte tan importante de la historia deja poco margen a esas innovadoras concepciones que pretenden contemporizar las obras, consiguiendo, en la mayoría de los casos, tan sólo desvirtuarlas.
En la producción de Andrea Chénier de la Ópera Nacional de París que anoche se estrenó en el Teatro Real, no sólo se cuidó de que la escena acompañara sin estridencias a la música y a las voces en la narración del desventurado fin del poeta francés, sino que se fue mucho más allá, convirtiendo cada uno de los decorados en otro protagonista más de la obra. Seguramente, pocos directores de escena se pueden sentir tan “autorizados” para subir una obra al escenario como Giancarlo del Monaco con Andrea Chénier. Él mismo hace bandera de ello e incluso habla de Andrea Chénier como de una ópera de familia. Su padre, Mario del Monaco, estudió con el propio Giordano y fue una de esas voces míticas de la lírica cuyas interpretaciones de Chénier han quedado para la historia. La producción que estará en Madrid todo el mes de febrero es la tercera que Del Monaco hace de Chénier y para ella ha seguido una estética que roza lo cinematográfico con la creación de grandiosos y a la vez realistas decorados, de los que, sin duda, el más conseguido es el del teatro en ruinas donde se agolpa el populacho para asistir a la celebración de los juicios. Y el público madrileño, que no veía un Chénier desde 1985, el del Teatro de la Zarzuela con Montserrat Caballé y José Carreras, premió con ganas al director por la buena lectura que hizo del verismo y, seguramente también, bastante aliviado, después de pasar esta temporada por algún que otro “experimento” fallido.

Pero aparte de su carácter histórico, lo que caracteriza a esta ópera verista, complicada y de colorido, una ópera italiana en estado puro, es la necesidad de contar con voces excepcionales para dar vida a unos papeles que exigen numerosos cambios de interpretación, capaces de transmitir las encendidas pasiones que inundan toda la obra. Marcelo Álvarez, que debutó el papel en esta misma producción durante su estreno en París a finales del pasado año con una muy buena crítica, anoche demostró que su fuerza, su técnica y la gran calidad de su voz le avalan eficazmente cuando intenta poner sus condiciones a la hora de encarar un papel como él sabe que puede y debe hacerlo y no cómo le dicen que debería hacerlo. Convencido de que Chénier debe interpretarse muy lento, “como una persona que tiene paz”, para que el público tenga la oportunidad de sentir y no sólo de escuchar, el tenor argentino arrancó los primeros bravos del público ya con el primer aria y el público le buscó hasta el final, a pesar de que su última intervención, el dúo con Fiorenza Cedolins, se alejara por desgracia de ese “sentir” al que el tenor argentino había llevado al público durante el resto de la obra.

Por su parte, la soprano italiana, de reconocida musicalidad, estuvo más que correcta, pero irregular y falta de la intensidad que desbordaba su pareja y, por ello, su interpretación técnicamente perfecta del mítico aria “La mamma morta”, que María Callas dejó para la posteridad, no consiguió emocionar como se espera que haga una de las más desgarradoras arias de soprano de toda la ópera. También se mostró irregular en su interpretación el barítono Marco Vratogna, que no logró despuntar del todo hasta el final, creciéndose, precisamente, en los momentos en los que la maldad de su personaje empieza a flaquear.


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