La temporada comenzó con uno de los árbitros más prestigiosos, el suizo Massimo Busacca, acusado de orinar en el terreno de juego de un amistoso en Arabia. Esta rocambolesca noticia auguró un ejercicio complicado para los jueces del balompié. El uso de la “nevera” de castigo a las malas actuaciones arbitrales se ha normalizado y repetido en varias ocasiones. La tradicional polémica por las decisiones de los colegiados se han convertido en un fijo de las crónicas deportivas. Las críticas hacia este colectivo, generalizadas en Europa tras los errores cometidos en lo que va de 2010, provocan una presión muy notable de cara a lo que queda en una de las temporadas más igualadas que se recuerdan: eliminatorias finales de Champions League, resolución de la Liga y Mundial de Sudáfrica en junio.
La historia del fútbol se compone de goles hipnóticos como el de Maradona frente a Inglaterra en el Mundial de México´86, de regates antológicos como el de Pelé al portero de Uruguay en el Mundial de México´70 y de paradas imposibles como la de Iker Casillas en la final de la Champions League del año 2002 frente al Bayer Leverkusen. Además han perdurado defensas de sobriedad legendaria como Baresi o Beckenbauer o lecciones desde el banquillo como el Milán de Arrigo Sacchi o el Barcelona de Pep Guardiola. Pero también permanecen imborrables algunos errores arbitrales, como el gol fantasma –ilegal- que dio el Mundial a Inglaterra en 1966 o la mítica “mano de Dios”.
La figura del árbitro ha despertado tradicionalmente cierta desconfianza entre los aficionados, jugadores y entrenadores del mundo del balompié. Justificada o irracional, esta desconfianza provoca que las actuaciones de los jueces del fútbol sean juzgadas casi siempre con dureza. Sin embargo, desde el año 2009 los colegiados están sometidos a un proceso de erosión que se ha materializado en la convulsión que azota al colectivo cada vez que cometen algún error. Las protestas arbitrales han formado parte irrenunciable del partido de fútbol en los últimos 25 años, pero en la actualidad la presión que reciben los trencillas no tiene parangón con ninguna otra etapa.
La oleada de controversia ha tenido un protagonista muy definido a nivel europeo: el colegiado noruego Tom Henning Ovrebo. El trencilla adquirió notoriedad a raíz de pitar las semifinales de Champions League del pasado año entre Chelsea y F.C.Barcelona. Era el partido de vuelta y los ingleses reclamaron hasta cinco penaltys, dos de ellos muy claros. La reacción de los tabloides británicos fue unánime contra el noruego. Este ejercicio se ha vuelto a repetir la escena pero con diferentes protagonistas. Se jugaban los octavos de final entre el Bayern Munich y la Fiorentina italiana. El encuentro expiraba con empate a uno en el marcador -resultado brillante para los florentinos- cuando Miroslav Klose, delantero alemán, recibía en claro fuera de juego un balón y marcaba el 2-1 para los bávaros. Tras la eliminación italiana la reacción de los diarios transalpinos ha sido unánime: hablan de robo. El presidente de la entidad toscana, Andrea Della Valle, expresó su impotencia en los siguientes términos: “Florencia debe ir con la cabeza bien alta. Debemos estar orgullosos de estos chicos, porque estamos fuera de Europa sólo por lo que Ovrebo hizo en Múnich”.
Las malas actuaciones del colegiado noruego han atizado la lumbre que complica la vida a los árbitros europeos. Además, un error garrafal del colegiado sueco Martin Hansson permitía a la selección francesa clasificarse para el Mundial de Sudáfrica gracias a un gol precedido de dos manos de Thierry Henry en el área. Las protestas de la federación irlandesa de fútbol y la incredulidad mundial lograron la disculpa del jugador blaugrana y las siguientes declaraciones del colegiado: ¿vale la pena este trabajo con todas las cosas denigrantes que tengo que escuchar? Quizás esto no es lo mío (…) Fue un suceso desafortunado que tuvo grandes consecuencias para Irlanda, pero no fue culpa mía ni del Cuerpo de Árbitros”. La FIFA, encargada de decidir si el encuentro debía repetirse o anularse el gol, determinó que Francia debía jugar el Mundial ya que lo que pasa en el terreno de juego no puede ser prearbitrado o cambiado desde fuera. Joseph Blatter explicó que “el fútbol es un juego dinámico que no puede ser detenido a fin de revisar cada decisión” desechando de esta manera dos opciones que se han planteado para ayudar a los colegiados en su complicada labor: el ojo de halcón para los goles fantasma y el uso de las repeticiones de televisión para corregir decisiones erróneas.
En España el último episodio de polémica arbitral se vivió el pasado jueves en Mestalla. El Valencia vio como la eliminatoria de octavos de final de la Europe League frente al Werder Bremen, se complicaba tras sufrir un penalty en contra, injusto a todas luces. Tras el encuentro, el entrenador Unai Emery sentenció que “estamos indignados, el árbitro no puede jugar con la ilusión la gente, la de un equipo y de una afición”. Pero la caldera española ya lleva tiempo encendida. El título de Liga de esta temporada se decidirá entre los dos gigantes Real Madrid y Barcelona. Lo igualado de la competición y previendo que su resolución tendrá lugar por milímetros de diferencia ha provocado una lucha mediática encaminada a presionar al colectivo arbitral, tratar de condicionar su actuación acusando de ayudar al rival deliberadamente. Pero en medio de esta agria e incomprensible pelea sucedió una de las actuaciones arbitrales más rocambolescas que se recuerdan.
Jugaban Atlético de Madrid y Valencia en el Vicente Calderón. Los rojiblancos se acercan a la meta de César y reclaman un penalty de manera justificada, el colegiado Pérez Burrull se equivoca y no señala nada, y a la jugada siguiente Silva adelanta a los levantinos. Minutos después Agüero realiza un quiebro en el área al central internacional Marchena, que cae al suelo y torpemente consigue arrebatar la pelota al delantero con la mano. El clamor en las gradas del Calderón llega hasta el terreno de juego en forma tormenta de protestas, ya que hasta siete jugadores colchoneros se olvidan del partido y persiguen al árbitro para sacarle de su sonrojante error. Tras ser “dirigido” por los jugadores locales hacia el cuarto árbitro, éste le comunica que es penalti por mano de Marchena dentro del área. La esperpéntica situación se redirigió gracias al cuarto árbitro.
Tras esta cadena de errores graves, Pérez Burrull fue sancionado por la Federación Española de Fútbol siendo enviado a la “nevera”, es decir sufre un retiro obligado de sus responsabilidades y no arbitra varios encuentros que tenía designados. Esta medida sancionadora cuenta con admiradores que consideran justo sancionar a los colegiados que se equivocan al igual que ocurre con los futbolistas, y también cuenta con detractores que consideran insuficiente el tiempo de inactividad obligada que se determina para los colegiados.
La impactante dureza en las declaraciones vertidas en los que llevamos de año -como por ejemplo las realizadas por el entrenador del Rácing Miguel Ángel Portugal, tras sufrir dos malos arbitrajes en su eliminación copera ante el Atlético de Madrid, en las que sentenció que “el árbitro ha estado de puta madre para el Atlético los dos días”- muestran un incremento alarmante en la presión hacia los colegiados. La labor del árbitro, figura tan imprescindible en el fútbol como el balón, ha pasado a constituir una sección de crítica fija en las crónicas deportivas españolas y europeas. La gravedad de lo que está aconteciendo reside en que todavía no ha llegado lo importante de la competición, y teniendo en cuenta que en junio se disputará un Mundial en Sudáfrica -país de escasa tradición futbolística como Corea en 2002- y que en ese torneo no faltarán las voces que invocarán amaños arbitrales, el nivel de agresividad para con los colegiados está siendo demasiado elevado y el desgaste que están sufriendo puede ser nocivo para el propio espectáculo del balompié.
Errores de Tom Henning Ovrebo en el Chelsea-Barcelona