Transgénesis y alimentación
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 23 de abril de 2010, 14:48h
El pasado 17 de abril, con motivo del día del campesinado, tuvieron lugar diferentes protestas contra el empleo en la agricultura de organismos modificados genéticamente (OMG). Dicha cuestión es tan sólo una parte, pero una de las más importantes, de lo que podríamos llamar la "industrialización de nuestras vidas". No es ni de lejos normal que con el tiempo, la calidad de los alimentos, un elemento básico para el ser humano, haya sido descuidada de la manera en que lo está siendo. Todo discurso sobre el progreso queda anulado en el momento en que una persona mayor reconoce que los tomates ya no saben a nada, que los pollos antes tenían otro color, y que los pimientos ya no huelen a pimiento.
El problema fundamental está en que el sector agrícola y ganadero ya no tiene por objetivo producir alimentos, sino dinero. De ahí que la tierra ya no sea esa diosa adorada cuya fertilidad era la fuente de la vida, sino un objeto más de especulación. De ahí que los terratenientes vean en una vasta extensión cultivable, no un suelo del que broten cereales o verduras, sino un lugar en el que plantar el árbol del dinero; de éste surgirá la materia prima para agrocombustibles que sacien nuestro abuso del vehículo privado, forraje para alimentar el exceso de proteínas animales o medicinas que curen las enfermedades causadas precisamente por no comer bien.
En torno a los transgénicos es necesario desmantelar dos mitos esgrimidos para justificar su utilización: que son más productivos y que están pensados para solucionar el hambre y la pobreza. La mayor productividad está vinculada a la tolerancia a herbicidas y la resistencia a insectos. Aparte de ser una forma cuestionable de mejorar la eficiencia del proceso, el 95% de los cultivos que se benefician de ello son soja, maíz y algodón, cuyo destino final no es la alimentación directa del ser humano. En relación con ello entrevemos que no se quiere erradicar el hambre ni la pobreza, y menos aún estableciendo patentes sobre las semillas de tal forma que el agricultor deba siempre recurrir a su compra. Nadie se ha hecho rico regalando nada, y si antes las semillas venían de la naturaleza, ahora vienen de Monsanto.
La introducción de los OMG es difícil de controlar y está llena de incertidumbres. Las plagas pueden generar resistencias, generan impactos negativos sobre el suelo, y llegan a contaminar a los cultivos tradicionales. Probablemente pocos contradigan la idea de que la agroecología es una opción mucho más lógica y adecuada. Sin embargo, ¿por qué no está mejor posicionada? ¿Por qué tenemos tan pocas garantías a la hora de comprar en el supermercado? Muy sencillo, porque en un sistema como el imperante, hemos aprendido a valorar la cantidad frente a la calidad. Si a través de un ejercicio de imaginación pudiésemos ampliar la idea de “democracia” a diferentes niveles, quizás podríamos decidir sobre aquello que comemos.
España es el único país de la UE que cultiva transgénicos a gran escala (por ejemplo, la variedad de maíz MON810). Inquieto ante esta idea, consulté el origen de los cereales que desayuno todos los días. Ligeramente tranquilizado al ver que venían desde Lübeck (Alemania), me pregunté: ¿por qué demonios tienen que traer la comida desde tan lejos, con los consecuentes costes medioambientales que supone un incremento innecesario del transporte?