La decimotercera temporada del Teatro Real se despide con ocho funciones de Simon Boccanegra, la ópera que Verdi compuso para su estreno en La Fenice de Venecia en 1857 y que después tuvo que guardar en un cajón durante más de veinte años a causa de su fracaso en varios teatros italianos, aunque el genial compositor italiano, en realidad, no llegara a entender el rechazo del público a su obra más política y oscura, a la que nunca consideró inferior a otras de sus obras más exitosas.
En 1881, Verdi, que llevaba diez años sin componer ópera, terminó la revisión de su nuevo Simon, que se estrenó en La Scala provocando reacciones bastante amables por parte del público y de la crítica, aunque sin levantar un gran entusiasmo. Sin embargo, la revisión de Simon fue la mecha que volvió a encender en Verdi su pasión por la composición de ópera y, aún hoy, muchos siguen viendo en esta obra, que relata la historia de las luchas e intrigas entre familias rivales a lo largo de dos generaciones, como una especie de laboratorio de Otello.
Y a pesar de que para una gran parte del público sigue siendo un título desconocido del repertorio verdiano, su programación es cada vez más frecuente en los grandes templos de la lírica de todo el mundo. La producción estrenada anoche en el teatro de la plaza de Oriente es la misma con la que el Real estrenó su temporada 2002-2003, pero su director de escena, el veterano Giancarlo del Monaco, ha introducido diversos cambios que consiguen un decorado menos tétrico y claustrofóbico, valiéndose de un marco arquitectónico que evoca las dictaduras de entreguerras, con una monumental escenografía marmórea diseñada por Michael Scott e inspirada en el arquitecto de Hitler. El inmenso decorado en blanco, que sirve para acoger el contraste con un fastuoso vestuario clásico en el que predomina el negro y el rojo más profundo, ofrece bien esa idea de grandiosidad que siempre acompaña al poder absoluto, pero resulta, en ocasiones, demasiado rígido sin que la evocación del mar consiga aportar esa sensación de movimiento que parece requerir la escena, desde que el corsario Boccanegra es elegido para ser el primer dux de Génova.

Otra novedad importante del Simon Boccanegra con el que se despide la temporada lírica de la capital y que supone, asimismo, el final de la etapa que ha vivido el Real con Antonio Moral al frente de la dirección artística y Jesús López Cobos de la musical, son los dos repartos con los que cuenta. Anoche, aunque se trataba del estreno, en el que interviene siempre el primer reparto, las butacas vacías que se veían justo antes de que se apagaran las luces indicaban que había algo que no era como siempre. Y es que si lo normal es que las entradas para las funciones en las que interviene el primer reparto se agoten antes que para las del segundo, en esta ocasión estaba claro que no iba a ser así. Para las funciones del segundo reparto, en las que el tenor Plácido Domingo se mete en la piel y en la garganta del corsario genovés con tesitura de barítono, acompañado por Angela Gheorghiu en el papel de Amelia, las entradas se agotaron en pocos minutos, mientras que para las del primer reparto todavía quedaban localidades a tan sólo unos días del estreno de ayer. La expectación con que se espera al genial tenor madrileño, reconvertido para la ocasión en barítono, no es de extrañar después de los apoteósicos estrenos en Berlín, Milán o Londres, que han marcado la presente temporada operística internacional.
Y, sin embargo, tanto la obra en sí, uno de los Verdis más profundos y humanos, como los cantantes del primer reparto, merecieron la atención que suele estar reservada al primer reparto, responsable del estreno de una producción. Así lo reconoció un público, que fue dejándose atrapar por una música bellísima interpretada con mimo desde el foso, bajo la batuta del maestro López Cobos, por las magníficas interpretaciones del Coro Titular del Teatro Real, Coro Intermezzo, dirigido por Peter Burian y, por fin, por los dos grandes protagonistas de la obra, que además debutaban sus respectivos papeles: el barítono georgiano George Gagnidze, de gran calidad vocal e interpretativa y la soprano albanesa Inva Mula, siempre intensa. Fueron los más premiados por los aplausos del público. Junto a ellos, uno de los bajos más destacados de los últimos años, el italiano Giacomo Prestia y el tenor Fabio Sartori, con una magnífica interpretación de Gabriele Adorno, personaje que fue madurando y enriqueciéndose a medida que transcurría la exitosa velada.
