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Lírica

Montezuma se lleva la ópera fuera del Teatro Real

jueves 16 de septiembre de 2010, 11:24h
La de anoche no fue una velada de estreno habitual en la temporada lírica de la capital. Para empezar, el escenario no era el esperado, es decir, el del Teatro Real.
Los aficionados no pasaron anoche por la Plaza de Oriente para acudir al estreno de una ópera que, por otra parte, se esperaba con una mezcla de curiosidad y polémica. La Sala Roja de los Teatros del Canal aguardaba a los espectadores que, atónitos, se encontraban al entrar con varios “vendedores” de camisetas y diversas piezas de artesanía típicamente mejicanas, que anunciaban al respetable con gritos de “Esto no es un juego, esto es de verdad”. La advertencia, desde luego, parecía necesaria, y pasado el momento de perplejidad, algunos hasta se acercaron para “interesarse” por las camisetas a 20 euros o por los collares a 10.

Pero tampoco el público era, en realidad, el estrictamente habitual. Ya dijo Gerard Mortier, el nuevo director artístico del coliseo madrileño, al principio de la temporada, que la ópera Montezuma estaba dirigida a un público más joven y que en los Teatros del Canal los precios serían más asequibles para atraer a ese público. En todo caso, la elección del escenario de la Sala Roja fue el primero de los aciertos de la producción, y además, adelantemos que no fue el único. Un escenario más pequeño y recoleto que el del Real constituía un marco más adecuado para una escena minimalista en la que lo verdaderamente importante fueron las notables interpretaciones vocales y actorales de sus protagonistas: los contratenores Flavio Oliver, en el papel del emperador azteca, Andrián-George Popescu, en el rol del malvado Hernán Cortés, y Christophe Carrè, como el pánfilo de Nárvaez; así como las sopranos agudas Lucía Salas, Lourdes Ambriz y Lina López, o el único tenor de la obra, Rogelio Marín. Un reparto que fue el segundo acierto de la noche, junto con la actuación del grupo vocal e instrumental Elyma dirigido por el argentino Gabriel Garrido, y la del Coro de Ciertos Habitantes, un conjunto de reciente formación que participa en el proyecto de la compañía de teatro contemporáneo dirigida por Claudio Valdés en Méjico.

Montezuma no es una ópera que se represente de forma habitual en los teatros europeos. En España, por ejemplo, es la primera vez que esta ópera barroca, compuesta en 1755 por el alemán Carl Heinrich Graun y con libreto escrito por Federico II de Prusia, se sube a un escenario. Y lo hace con una producción financiada por diversas instituciones, entre ellas el Teatro Real y el Festival Internacional de Edimburgo, donde se estrenó el pasado mes de agosto después de haberlo hecho en Alemania, con entusiastas aplausos por parte del público y el rechazo unánime de la crítica británica, que calificó el montaje del director de escena mejicano Claudio Valdés de “auténtico disparate, claramente ofensivo y antiespañol”. Lo cierto es que el afrancesado monarca prusiano escribió la obra otorgando a Montezuma una personalidad pacífica, bondadosa y confiada, a pesar de que su primera aparición en la obra la haga preguntándose si “¿acaso es un mérito no ser un monstruo?”, mientras sujeta entre sus manos el corazón aún palpitante que acaba de arrancar a un hombre. Hernán Cortés, por el contrario, llega dispuesto a destruir con innecesaria crueldad el reino azteca que encuentra a su llegada y en este violento cruce entre los dos poderosos, Federico II de Prusia pareció encontrar el motivo perfecto para hablar de sí mismo, proyectando en la ópera la visión que tenía de su propia persona, sus preocupaciones y su historia, para lo que inventa personajes como el de Eupafórice, la reina a punto de esposar a Montezuma, en quien vuelca sus personales pasiones.

Sin embargo, la presentación escénica propuesta por Valdés en su debut operístico y por el escenográfo belga Herman Sorgeloos estuvo muy cerca de terminar con tanto acierto. Su falta de originalidad, con recursos tan manidos como los espejitos que desde el escenario deslumbran al respetable, las carreras de relevos, el escondite inglés, los cambios de vestuario al final de la obra que despojan a los cantantes de sus vestimentas, más o menos de la época, para enseñarnos de repente a un punk, a una colegiala minifaldera, o a Hernán Cortés trajeado y encorbatado, restan coherencia a la escena. Y la pegada de cárteles pidiendo la libertad para los presos políticos, las pancartas, los gritos de megáfono, el sombrero mejicano en el que se lee a un lado “Viva Méjico” y al otro “Cabrones”, y las botellas de agua y Coca-Cola colocadas entre las piernas de los cantantes, no ayudan, desde luego, a mejorar las cosas. Tampoco las escenas que se esperaban con más prevención, aunque parece ser que han llegado algo suavizadas al estreno español de la obra, como aquellas en las que Cortés sodomiza a Montezuma, o se desnuda para “atacar” apasionadamente a su amante, o en la que su lugarteniente mete mano a la reina mejicana armado con un palo mientras se toca los genitales, llegan a provocar realmente. Valdés pierde en tanto detalle inútil la oportunidad de crear una auténtica y, por qué no también sana, polémica. Eso sí, los cantantes demuestran que son capaces de entonar sus poderosos agudos en las situaciones más comprometidas: paseando a un perro que ladra, encaramándose a unos tacones con una venda en los ojos, deslizándose a empujones por unas escaleras o colgado desde lo alto de una columna.

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