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se extiende la sombra del amaño de partidos

Revolución en el arbitraje: de figurantes deportivos a estrellas de la crónica social

sábado 25 de septiembre de 2010, 10:39h
La figura del colegiado provoca polémica y opiniones encontradas, siempre relativas a sus decisiones en un terreno de juego. La peculiaridad y dificultad de su labor dentro del fútbol genera suspicacias de manera casi inherente. Sin embargo, la imagen del trencilla ha sufrido un cambio de enfoque muy considerable en el último año. El ecuatoriano Byron Moreno, famoso por haber pitado el Corea-Italia en el Mundial de 2002 con acusaciones de soborno de por medio, ha sido detenido en un aeropuerto neoyorquino con seis kilos de heroína adherido a su cuerpo. Este es el caso más llamativo pero se han producido otros que generan una mayor hilaridad, como la embarazosa situación sufrida por Masimo Busacca cuando se vio obligado a orinar en medio de un estadio qatarí. El salto a la fama de algunos árbitros por motivos extradeportivos está perturbando la necesaria imagen de seriedad y responsabilidad del gremio.
El juez encargado de impartir justicia en los estadios de fútbol está expuesto a críticas y comentarios de todo tipo en relación a la esencia de su labor en el deporte. Sus decisiones han influido indirectamente en la consecución de títulos, la derrota de una dinastía, la construcción de mitos y las decepciones más duras. Un fuera de juego no señalado, un gol legal no concedido por no comprobar si la pelota entró en la portería o la expulsión rigurosa de un futbolista son disposiciones arbitrales que han condicionado la historia en el balompié de países como España. A pesar de lo llamativo y el carácter visible de los errores arbitrales, el colectivo cuenta con un halo de respeto y seriedad.

Desde el icono por excelencia, Piergluigi Collina -que motivó el ascenso en popularidad del gremio de los trencillas dentro del deporte internacional al participar en anuncios televisivos- hasta los ejemplos nacionales más pintorescos encarnados en Iturralde Gonázlez y Rafa Guerrero –protagonista del célebre “Rafa no me jodas”-, todos los colegiados han recibido críticas y comentarios ofensivos a diferentes niveles, pero siempre en el ámbito deportivo. La prudencia en las declaraciones de los árbitros, ejemplificada casi con prohibición en el caso español, es una sensata directriz que trata con éxito de evitar la erosión pública que significaría para los colegiados exponerse a la prensa también como creadores de noticias por sus palabras.

La responsabilidad y seriedad inherentes a la figura de un juez, sin embargo, ha sufrido cierto desapego con el colectivo arbitral en los últimos años. El caso más estridente tiene como estrella principal al árbitro ecuatoriano Byron Moreno. El trencilla, ya retirado, fue detenido en el aeropuerto neoyorquino JFK con seis kilos de heroína adheridos a su cuerpo. Pero este episodio no ha sido sino el último en una serie de infames acontecimientos en la trayectoria del ecuatoriano. Moreno saltó a la fama internacional en el Mundial de Corea y Japón. Le asignaron dirigir los octavos de final entre la anfitriona Corea del Sur y la selección italiana. El colegiado expulsó de manera incomprensible a Totti, anuló un gol a Tomassi y sus decisiones condicionaron de manera definitiva el rumbo del partido, que tuvo como ganador a los anfitriones. El resultado: portadas en todo el mundo con su cara asociada a la palabra fraude. La FIFA decidió retirarle el permiso para arbitrar encuentros entre selecciones por haber cometido una serie de “errores” y abrió una investigación que finalizó sin cargos.


Pero la historia del ecuatoriano ya apuntaba maneras en Sudamérica. Su nombre se convirtió en célebre en su país al añadir trece minutos en un enfrentamiento entre Liga Deportiva Universitaria de Quito y Barcelona de Guayaquil, permitiendo anotar dos goles y ganar el partido a los primeros. Además anotó que los goles se habían anotado dentro de los 90 minutos reglamentarios. La Federación de su país lo sancionó con 20 jornadas por hacer constar “hechos falsos” en el acta del partido. Su apodo de “El Justiciero” se debe a la cancelación de un encuentro en el que expulsó a siete jugadores.

Este personaje representa la imagen sombría de los colegiados al extremo. Recuerda los turbios años en los que el italiano Luciano Moggi se encargaba de contratar y condicionar la asignación arbitral y las actuaciones de los colegiados en el Calcio transalpino. Las sanciones del “Moggigate” enviaron a la Juventus a la segunda división y los grandes de la liga, salvo el Inter, sufrieron duras sanciones. En cuanto a los árbitros implicados, la pérdida de licencia de arbitraje fue la nota común por su moral distraída. Entre los implicados se encuentran Massimo De Santis -al que tras conocerse el escándalo le fue anulado el permiso para arbitrar en el Mundial de Alemania-, Paolo Bertini, Paolo Dondarini, Marco Gabriele, Domenico Messina, Salvatore Racalbuto, Gianluca Rocchi, Pasquale Rodomonti y Paolo Tagliavento.

El fango de la corrupción arbitral que convierte a los jueces del césped en delincuentes llegó también a países donde el balompié todavía está en crecimiento y no genera grandes cantidades de dinero. Fue en China donde un cuarto árbitro fue detenido por participar en una red de apuestas y declarar que comprar a un trencilla en el gigante asiático costaba el módico precio de 11.000 euros.


Pero el fútbol europeo también ha acontecido estupefacto a la sucesión de acontecimientos impropios de los valores que defienden los colectivos arbitrales. El colegiado que dirigió la final de la Champions League que ganó el Barça al Manchester United, que arbitró encuentros en el Mundial de Alemania y la Eurocopa de 2008, recibió una escabrosa acusación en el ejercicio de su profesión. Massimo Busacca, suizo de nacimiento, aceptó dirigir algunos partidos de la liga qatarí a cambio de una suculenta cifra económica, sin embargo seguro que le pareció irrisoria al comprobar las acusaciones que vertían sobre el. Un periodista esgrimió que el trencilla se puso a orinar en medio del encuentro entre Al-Gharafa y Al-Khor, utilizando el vídeo de la retransmisión como argumento, eso sí, con la zona comprometida del suizo censurada. Busacca no dudó en desmentir la situación: “es una completa locura, no sé lo que quieren".

La figura de los árbitros pende siempre de un hilo por el complicado carácter de su profesión y su labor dentro del balompié. Si sus decisiones provocan críticas hirientes en ocasiones, estos acontecimientos no ayudan a lavar la deteriorada imagen del colectivo. La seriedad, templanza y ecuanimidad que se les presumen quedan en entredicho ya no solo por sus actuaciones dentro del campo, sino por los sistemáticos y rocambolescos escarceos en el plano extradeportivo. Se ha pasado de la escasa repercusión deseada por los árbitros a las portadas en los diarios deportivos por hechos escabrosos. El arbitraje, sin duda, se pone cada vez más obstáculos.
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