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estreno en el Teatro Real

Plácido Domingo regala un brillante Orestes al público de Madrid

jueves 13 de enero de 2011, 20:37h
El estreno esta noche en el Teatro Real de la ópera de Gluck, Efigenia en Táuride, nos ha traído de nuevo al gran tenor madrileño, que ha interpretado con éxito al profundo y atormentado personaje de Orestes, poniendo en pie a un público que premiaba con entusiastas aplausos su soberbia actuación. Por Alicia Huerta.
Y ello, a pesar de que los dioses no parecían estar del lado de los cantantes protagonistas de esta clásica tragedia griega compuesta por el genial compositor alemán Christoph w. Gluck. La visita inesperada del peor invitado que puede colarse en un teatro lírico, el virus de la gripe, amenazaba al principio de la velada con dar al traste con la nueva producción de la temporada. La aparición del director artístico del Real, Gerard Mortier, justo antes de que se alzara el telón no hacía presagiar nada bueno. De hecho, el mensaje de Mortier era para advertir al público que el virus que llevaba días haciendo estragos entre el elenco de la obra había llegado hasta el tenor español, quien había manifestado no encontrarse bien, a pesar de lo cual cantaría en el estreno según estaba previsto. El murmullo de un público que respiraba, entre aliviado por no tener que escuchar a un sustituto y receloso por no saber en qué condiciones iba a cantar Domingo, fue el indeseable inicio de esta noche de estreno, tradicionalmente la más especial en la vida de un teatro.



Sin embargo, dejando la gripe aparte, esta noche Plácido Domingo ha demostrado que se encuentra en excelente forma. Y no sólo por su voz, ese increíble torrente vocal suyo, auténtica fuerza de la naturaleza, como lo definía el pasado martes la soprano estadounidense con quien comparte escenario en Ifigenia en Táuride, sino también por la inmejorable agilidad física que le exige el director de escena Robert Carsen en la obra de Gluck. De modo que, mientras cantaba, el tenor madrileño, que el próximo día 21 cumple 70 años, tenía que revolcarse por el suelo, dejarse mantear y vapulear por el grupo de las siniestras ayudantes de Ifigenia, la traumatizada sacerdotisa de Diana, y correr descalzo por el mojado escenario en busca de la muerte, la única capaz de terminar con el terrible remordimiento que destruye a su personaje, Orestes. Hasta trepa por las paredes.

Son las inevitables “exigencias del guión”. Pero Plácido parece poder con todo, y su interpretación destila tanta intensidad, signo inconfundible del profundo amor que siente por lo que hace, que, aunque el papel del trágico Orestes no sea ni por asomo tan atractivo como el que nos regaló la pasada temporada, esta noche tampoco ha faltado la ovación entusiasta que levanta en un público que es el suyo, que le adora y le reconoce su absoluta entrega para que todas las obras en las que interviene sean siempre un rotundo éxito. En Ifigenia en Táuride, además, Plácido está excepcionalmente acompañado por Paul Groves y Susan Graham. El tenor estadounidense, que el pasado año pudimos ver en Lulu, ha merecido sin lugar a duda los numerosos aplausos con los que el público le ha premiado. Su excelente interpretación de Pílades, el fiel amigo de Orestes dispuesto a morir por él, ha destacado especialmente por una elegancia vocal y un timbre ligero realmente apreciables.

Por su parte, Susan Graham es una Ifigenia en estado de gracia. Y si la ópera compuesta por el brillante compositor alemán tiene como gran protagonista a Ifigenia, queda claro que la producción procedente de la Ópera de Chicago, el Covent Garden y Ópera de San Francisco que se ha estrenado esta noche en el Real, triunfa a la vez que lo hace la mezzosoprano de Nuevo México con su poderosa voz, a pesar de que aún no se encuentre totalmente restablecida y haya tenido que cantar superando las secuelas del proceso gripal que ella también ha padecido. Porque, en definitiva, esta bellísima ópera, que resucita los mitos griegos en una historia de amistad y amor fraternal que habla de la vida más allá de la muerte, con maravillosas armonías cargadas de extraordinaria fuerza dramática y por las que no parecen haber pasado los años transcurridos desde su estreno en París en 1779, no podría emocionar y poner al público en pie sin una Efigenia que sepa transmitir las emociones que contiene.

Tampoco lo lograría, es verdad, sin una equilibrada orquesta que sepa templar la delicada composición de Gluck. La Orquesta Titular del Teatro Real, Orquesta Sinfónica de Madrid, ha trabajado duro durante las pasadas sesiones de ensayo a las órdenes de Thomas Hengelbrock, el reputado director de orquesta alemán con quien, según confesaba él mismo, no es fácil trabajar, por su altísimo nivel de exigencia y de intensidad en la preparación, y el resultado ha estado a la altura de una obra considerada como una de las más intensas y profundas del repertorio operístico e inspiradora del trabajo de Mozart. Por otra parte, hoy la orquesta tenía que apretarse un poco más para dejar espacio a los miembros del Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo), que, escondidos en el foso, sorprendían al público con unas voces que parecían llegar precisamente de ese más allá que representa el oscuro oráculo de Táuride, al que han ido a parar los hermanos Ifigenia y Orestes después de la trágica destrucción de su familia: padre que asesina a la hija, madre que mata al padre e hijo que venga con la sangre de su madre el asesinato de su padre. Pura tragedia griega.

Y ha sido la oscuridad del oráculo la que ha tomado Robert Carsen para ambientar una escena tan claustrofóbica como excesivamente minimalista, eliminando cualquier atisbo de atrezzo y condenando a los artistas, especialmente a Ifigenia, a vagar sin rumbo, enjaulada, con la mano aferrada al acero luminoso de la espada, único resplandor en la negra y más que discutible escenografía creada por Tobias Hoheisel, que empequeñece el escenario del coliseo madrileño sin por ello ganar en intensidad. Por otra parte, el también oscuro y exageradamente sencillo vestuario de los hombres, camisa y pantalón negro, no consigue aportar la deseada sobriedad, y perjudica, en parte, el viaje del público al núcleo de la mítica tragedia griega, a la que parecen acercarse más las clásicas túnicas reservadas para las intérpretes femeninas de la obra.

Plácido Domingo seguirá en Madrid durante todo este mes de enero interpretando a Orestes. Hace tiempo que dijo que quería celebrar su 70 cumpleaños en la ciudad en la que nació y su deseo se va a ver cumplido. El Teatro Real hierve estos días con los preparativos de la Gala que homenajeará al maestro en tan señalada fecha. Por una vez, el gran tenor español se sentará tranquilo junto al público, esperemos que con la gripe totalmente superada, y disfrutará de las sorpresas y los regalos que le llegarán desde el escenario durante la velada, que será retransmitida en directo a países de todo el mundo por TVE y Eurovisión.

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