crítica de cine
[i]Hanna[/i]: la increíble historia de una adolescente entrenada por su padre para matar
sábado 11 de junio de 2011, 11:12h
El último trabajo del director Joe Wright, que se acaba de estrenar en nuestro país, lleva nombre de mujer. Hanna es una chica de dieciséis años, de aspecto dulce y demacrado, que ha crecido alejada de ordenadores, teléfonos móviles y pantallas de plasma. Su padre la escondió en el bosque recién nacida para alejarla de una bruja muy mala que pretendía matarla, y para enseñarle, a su vez, todo lo necesario para convertirse ella misma en una brutal asesina.
Con un guión así, en principio, se podrían hacer muchas cosas, aunque todas partan necesariamente de una especie de retorcido cuento de hadas terriblemente oscuro y difícil de creer. Por eso, si son de los que han pensado que se trata de un thriller de acción en el que, simplemente, se trata de cambiar al héroe o heroína adultos por una chiquilla delgaducha de grandes ojos claros, más vale que se den una vuelta por las críticas de la película o por los trailers de la misma. Está claro que, en esta ocasión, Joe Wright se sentía con ganas de rizar los rizos y hacer experimentos con algo más fuerte que La Casera, y de haberle salido bien, seguro que ahora estaríamos hablando de una cult movie, venerada en primer lugar por los aficionados más jóvenes, hartos ya de tanto vampiro enamoradizo.
Por desgracia, Wright sólo acierta a medias. Su dirección es como siempre impecable, la cámara tiene movimientos gráciles y originales, y hasta incluye un plano secuencia de varios minutos, verdaderamente retador sobre todo para su protagonista, el actor australiano Eric Banna, que interpreta al padre del angelito exterminador. Porque también el reparto ayuda lo suyo. Wright ha elegido para dar vida a Hanna a una prometedora actriz, Saoirse Ronan, que él mismo descubrió para interpretar en su cinta “Expiación” a la niña de trece años que acusaba al novio de su hermana mayor de abuso sexual. El papel le valió a la jovencísima actriz de origen irlandés para lograr nominaciones tan prestigiosas como las de los Globos de Oro, BAFTA y Oscar; y ya tiene una agenda llena al estilo de las consagradas estrellas de Hollywood. Como Hanna, la actriz construye un personaje que, si no fuera por las incongruencias del guión y los patinazos del planteamiento general, seguramente quedaría en la memoria. Pero no es así, y ni siquiera Eric Banna o Cate Blanchet, como la malvada que quiere acabar con ella, rescatan la acción. Sus papeles, y habría quizás que preguntar al director si es que lo quiso así, recuerdan demasiado a los héroes y villanos en una sola dimensión, que aparecen en los cómics que aún quedan en papel.
Si fue así como se lo propuso, entonces Wright está muy acertado y sus referencias constantes a los cuentos de los hermanos Grimm pueden ayudar a constatarlo. Los movimientos de sus personajes son de cartón piedra y lo más emocionante en las violentas escenas de acción es escuchar la banda sonora, a cargo de The Chemical Brothers. Sin duda, otro acierto del director. Desde que se estrenó, a Hanna, la película, ya la han comparado con muchos otros filmes y eso, de por sí, ya es una mala señal. Que si tiene muchos puntos en común con “León, el profesional”, que si recuerda a las peripecias de Bourne, las de Nikita o, incluso, a las de “Corre, Lola, corre”. Y sólo hay tantas comparaciones cuando la obra carece de una clara identidad propia, que no de pretendida originalidad, porque el director londinense la tiene. Sin embargo, donde consigue credibilidad es precisamente en la relación más normal y predecible de Hanna con una familia “convencional”, que conoce durante su huída hacia Berlín, recorriendo Marruecos y España – escena de flamenco incluida – y descubre un mundo que se supone absolutamente desconocido, aunque después la veamos tranquilamente manejando un ordenador, cuando minutos antes había jugado sorprendida al descubrir el fascinante interruptor de un tubo fluorescente. Pero es durante los momentos que comparte con la familia que viaja en furgoneta por Europa y en su relación con la hija, más o menos de su edad, que le enseña lo que es la amistad, cuando, por fin, podemos ver a Hanna en más de una sola y plana dimensión.