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El desprestigiado estado de la nación

martes 28 de junio de 2011, 17:24h
Mi querido maestro Agustín Andreu escribe en una de sus Sideraciones que se permite amar a España porque ama a Inglaterra, a Francia, a Alemania, a Italia... Con ello muestra que el sentimiento de pertenencia a una nación no tiene por qué presentarse de una forma excluyente. Sin llegar a ser tan pesimista como Cánovas, que decía que es español el que no puede ser otra cosa, uno se ha hecho en no pocas ocasiones el planteamiento de que se sentiría muy a gusto siendo francés, alemán, italiano, inglés..., y le incomoda profundamente la cutrez y chabacanería bullanguera que predomina aún en demasiadas cosas españolas, desde la tasca maloliente y sucia hasta la estulticia engolada de gentes que se creen superiores porque la vida les ha puesto en un lugar aparentemente privilegiado y de poder.

La mejor expresión del sentimiento de pertenencia a una nación la he leído en Ortega, quien escribió en 1935: “No he sido nunca nacionalista; pero he sido siempre nacional, y esto significa para mí sentir un entusiasmo siempre renaciente ante las dos docenas de cosas españolas que están verdaderamente bien y un odio inextinguible hacia todo lo demás que está verdaderamente mal. Claro es que este amor y este odio ejercitan su contraria operación sobre un fondo de radical solidaridad con todo lo que ha sido y es el pueblo a que pertenezco”.

Ortega pensaba que, se quiera o no, se pertenece a una nación, lo que significa heredar una historia y haber mamado unas tradiciones y modos de ser. Las naciones, no obstante, como el bien sabía, no son entes sustanciales estáticos, sino proyectos de futuro desde un punto presente que es herencia de un pasado, y que, a la postre, es en todo momento una construcción de los ciudadanos mediante lo que Renan llamaba el plebiscito de todos los días. La nación española, como todas las europeas, es fruto de una larga integración, que también, como en todas, no siempre ha sido pacífica. Una historia con muchos claros y muchas sombras, como todas.

Hay que preguntarse por qué en España hay un insistencia en fijarse en las sombras y ocultar los claros del bosque, por decirlo con expresión de María Zambrano. No tengo respuesta, aunque sí algunas hipótesis. Una de ellas es que un buen número de intelectuales de izquierdas sienten desafección a todo lo que suene a nacionalismo español por la apropiación que de la idea de nación española hizo el franquismo, heredero de esa España de “cerrado y sacristía” que criticaba Antonio Machado; una idea de España esencialista y excluyente que no admitía alternativas y calificaba a toda oposición como la “anti-España”. En ésta, muy al contrario de lo que las derechas cerriles en las que se apoyó el franquismo veían, algunos pensamos que está lo mejor de nuestra historia: desde Jovellanos a Francisco Giner de los Ríos, Ortega, Unamuno, Marañón..., y lo que estos nombres implican de modernización y europeización de la sociedad española.

Lo que estamos viviendo estos días en el País Vasco, tras el poder que ha conseguido Bildu en muchos entes locales, es un reflejo del desprestigio que la idea de nación española ha alcanzado, especialmente en algunos territorios donde el control de la educación por partidos nacionalistas excluyentes ha permitido acentuar, desde una explicación tergiversada de la historia, todo lo que separa a catalanes, gallegos y vascos del resto de España. Como he dicho en diversas ocasiones, la idea de España como nación no es comprensible sin la integración de estos otros pueblos, con sus culturas propias, que han enriquecido la cultura común.

El nacionalismo excluyente ha causado grandes catástrofes en los dos últimos siglos de la historia europea, pero no parece que aprendamos de los errores y seamos capaces de, por encima de las diferencias, prestigiar lo común, lo que nos une, y lo mejor de nuestra tradición con la vista puesta en Europa.

¡Ah! Zapatero y Rajoy han vuelto a discutir en el debate del estado de la nación, pero a ninguno le he escuchado ideas claras sobre esto, quizá porque la crisis económica obliga a otras prioridades.
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