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Crítica de arte

Roma. Naturaleza e Ideal: el Prado rinde cuentas con el género del paisaje

Elena Viñas
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elenavinaselimparciales/11/5/11/23
miércoles 06 de julio de 2011, 17:37h
Actualizado el: 15 de diciembre de 2014, 18:41h
Decir que el Museo del Prado ha saldado una deuda con el género del paisaje no es una cuestión baladí. El centenar de obras que componen la exposición “Roma. Naturaleza e ideal”, que podrá verse hasta el 25 de septiembre, da cuenta de la importancia que ha adquirido en la Historia del Arte esta temática, no siempre apreciada y casi siempre inadvertida.
El Museo del Prado ofrece a sus visitantes hasta el 25 de septiembre la posibilidad de observar con detenimiento en qué consistió el origen del género paisajístico y apreciar la valía de esta temática, tantas veces denostada, aunque vital para que artistas de todas las épocas hayan conocido las técnicas de la perspectiva, la profundidad escénica o la iluminación.

Dado que la mayor parte del público del museo está compuesto por curiosos y turistas, y no tanto por expertos en la materia, el título de la exposición, “Roma. Naturaleza e Ideal”, no invita a pensar que el paisaje vaya a ser el gran protagonista de la misma si no es por un sumario que matiza “Paisajes. 1600-1650”.
Salvada esta confusión inicial, el visitante que se adentre en las salas de la pinacoteca en las que ha sido expuesto un centenar de obras de este género caerá en la cuenta de que la visita merecía la pena. El azul intenso de las paredes en las que cuelgan lienzos de Anibal Carracci, Claudio de Lorena o Poussin atraen la atención del espectador, que se ve envuelto en pocos segundos en una atmósfera acogedora que invita a acercarse a los cuadros, en los que prima un detallismo en ocasiones abrumador.

Agua, árboles, vegetación, animales, nubes y personajes en primer plano son las claves del contenido de las obras expuestas en esta muestra, en la que el Prado logra convertir en protagonista el telón de fondo de escenas bíblicas y mitológicas que dan nombre a los lienzos. Así ocurre en “El sacrificio de Abraham”, de Anibal Carracci, en donde la escena del Antiguo Testamento ocupa un espacio testimonial en una obra en la vegetación se impone, o en “La toilette de Venus”, de Francesco Albani. Ejemplos como estos lo son casi todas las obras expuestas.

Sorprende percatarse de la destreza artística de los pintores no sólo por haber dibujado con maestría la escena principal sino también por haberlo hecho en la que la rodea. Por eso resulta educativa esta muestra. También por dar cuenta de los conocimientos de aquellos genios del pincel, que supieron trasladar al lienzo edificaciones, monumentos y esculturas como si de escultores o arquitectos se tratara con un manejo de la perspectiva y de la profundidad asomboroso. Es el caso de los cuatro paisajes de De Lorena, que forman parte de la Galería de Paisajes del Buen Retiro, poseedores de una factura técnica que corrobora la idea de que el artista francés fue el paisajista de más talento del siglo XVII.

Así pues, esta exposición hace posible apreciar lo que antes pasaba inadvertido a ojos de aficionados al arte y, a buen seguro, de los entendidos. Visualizar la profundidad de un cuadro no es fácil. Requiere atención y sensibilidad. Algo que ha entendido el Prado y de lo que da cuenta en su planteamiento de la muestra aunque, como se ha dicho, desconcierte la el título de la misma, en la que, según la pinacoteca, “se aborda el nacimiento del género del paisaje hasta su pleno desarrollo, con todos sus protagonistas y con la ciudad de Roma en la cumbre de su esplendor de fondo”.

Pero, ¿por qué Roma? El Prado lo explica: “Para situar el contexto de la exposición es necesario conocer que a principios del siglo XVII, Roma se había convertido en un laboratorio de experimentación e intercambio de ideas entre artistas de diferentes nacionalidades. Italianos, franceses, holandeses, alemanes o españoles trabajaron simultáneamente en el mayor centro cultural de Italia, atraídos no solamente por la impresionante arquitectura de sus monumentos sino por las variaciones estilísticas sobre el tema del paisaje que ofrecía el vibrante entorno”. Aclarado queda.
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