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Crítica de ópera

Maratón de ópera en Madrid Arena, convertido en catedral para acoger a San Francisco de Asís

jueves 07 de julio de 2011, 10:16h
Cuando el actual director artístico del Teatro Real, Gerard Mortier, llegó a Madrid pocos dudaban de que, antes o después, la única ópera compuesta por Olivier Messiaen, San Francisco de Asís, se vería representada en la capital. Mortier nunca ha ocultado su fascinación por la obra del compositor francés, cuya música considera capaz de transfigurar a quien acude a ella “con el corazón abierto”. No ha habido que esperar mucho, anoche se estrenó, como penúltima cita de la primera temporada firmada íntegramente por Mortier, la ópera que le acompaña por los teatros de todo el mundo.

Sin embargo, además de tratarse, sin ninguna duda, de una obra muy especial, cargada de espiritualidad y de bella e impresionante partitura, culmen de la ópera del siglo XX, San Francisco de Asís es, por encima de todo, una ópera difícil. Lo es en su ejecución, que requiere de una orquesta de grandes dimensiones compuesta por 110 músicos, de un coro con 120 voces y de un protagonista barítono, que se mantenga “en pie” durante las casi cuatro horas que ha de permanecer activo en escena, del total de cuatro horas y media que dura la obra, otra de sus extremas particularidades. La escena, por otra parte, ha de acompañar al conjunto y ello hace que las veces que se incluye en la programación de una temporada, lo normal es que sea en versión concierto.

De hecho, la estrenada anoche en la capital es la primera versión escenificada que puede verse en nuestro país y ha obligado al coliseo madrileño a salir de la Plaza de Oriente para buscar otro escenario, capaz de albergar una escena de grandiosas dimensiones que transforma el pabellón Madrid Arena de la Casa de Campo en una catedral presidida por una magnífica cúpula, creación de los artistas rusos Emilia e Ilya Kavakov. Todo gira a su alrededor, el coro y la orquesta dispuestos bajo sus 22 toneladas, y un largo escenario en forma de pasillos y rampas la rodean cuidadosamente, según una impecable disposición, obra de Guiseppe Frigeni, que utiliza los grandes espacios en los que se representan las ocho escenas ideadas por Messiaen para contarnos la historia del santo más humilde y pobre. La acción, que en todo caso no es mucha, recorre el escenario de modo que el aficionado tiene que olvidarse de eso de mirar siempre de frente, y estar atento para “barrer” con la mirada los demás puntos, a izquierda y derecha, arriba y abajo, si no quiere perderse nada.

Y tanto los artistas rusos que alumbraron la cúpula, iluminada de elegantes colores que cambian al compás de lo que ocurre en escena y de los dictados de la música, como el coreógrafo italiano responsable de la disposición escénica, confesaban días antes del estreno que habían tenido que escuchar varias veces la obra para poder comprenderla. Igual declaración acerca de su dificultad realizaban los otros dos grandes protagonistas de la obra: Sylvain Cambreling reconocía lo complicado de dirigir esta música, que, por otra parte, calificaba de “verdadero regalo para el público”, y el barítono Alejandro Marco-Buhrmester, por su parte, contaba cómo tuvo que insistir Mortier para que aceptara un papel para el que pensaba que aún no estaba preparado, aunque enseguida añadía su satisfacción porque al final le hubiese convencido.

De modo que no puede resultar extraño que para el público que se enfrenta a esta obra calificada por quienes la han estudiado una y otra vez como difícil, la experiencia sea, por lo menos, una mezcla de sensaciones de diverso tipo. De hecho, durante los primeros veinte minutos del primer acto, lo que más parece pesar es la incomprensión, también la duda de a dónde nos va a llevar “todo aquello”. Se tarda en entrar en las cavilaciones del santo y en hacerse con el ritmo lento que caracteriza a una ópera que, en palabras de Gerard Mortier, no se debe ir a ver con prisas. Y lo cierto es que una vez ralentizado el ritmo interior, la aparición del Ángel rodeado de luz blanca en lo alto de las gradas, a quien interpreta la soprano sueca Camilla Tilling, funcionaba como eficaz engranaje para enganchar al espectador en la trama que tenía lugar abajo, en la tierra: la milagrosa curación del leproso, el tenor Michael König, cuando los lamentos y los reproches de su personaje se transforman en amor, gracias a San Francisco de Asís.

Sin embargo, después de este conmovedor pasaje, aún quedaba mucha noche, y ya durante el primer entreacto, de media hora de duración, se produjeron las primeras bajas entre aquellos espectadores que no habían conseguido dejar las prisas en casa. Lo cierto es que no todos los días se vive un intenso maratón de ópera de seis horas, aunque, precisamente por eso, valía la pena dejarse llevar por una representación que, en todo caso, roza lo impecable, así como vivir la experiencia de conocer una obra de tales dimensiones. Por supuesto, también de escuchar a la Orquesta Sinfónica de Baden-Baden – Friburgo, a las órdenes de la batuta de un virtuoso conocedor de esta ópera como es Cambreling, y al Coro Titular del Real, “aumentado” para la ocasión con el Coro de la Generalitat Valenciana. Fueron precisamente la orquesta y su director, junto con los miembros de ambos coros, dirigidos respectivamente por Andrés Máspero y Francesc Perales, los más premiados al final de la larga velada por ese público que no había desfallecido tampoco después del segundo entreacto, de una hora, en el que se cenó para reponer fuerzas de cara al tercer y último acto que finalizó pasada la medianoche. Igualmente premiada fue la única voz femenina de la obra encargada de “aparecerse” en los momentos más sublimes y conmovedores de la ópera que Messiane tardó ocho años en componer y que culmina con el apoteósico final de la muerte del santo después de recibir la gracia de los estigmas de la pasión de Cristo.
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