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El chivato

Cuando el perro Paco asistía a un estreno de teatro

jueves 03 de abril de 2008, 12:04h
En España no nos quedamos atrás. Aquí los perros ya van al teatro. Es la sala Pradillo, de Madrid, la primera que se atreve a programar un espectáculo exclusivamente para perros. Los dueños dejan en la sala a sus mascotas, previo pago de dos euros. La compañía experimental Velvet&Crochet promete no maltratar ni dar de comer a los animales. El espectáculo, titulado “El poder”, consiste en una lectura de poemas para perros y juegos malabares para cautivar su atención.

Hubo un precedente, allá por los setenta del siglo XIX, en el Madrid entrañable de la época. Un perro vagabundo sin dueño, al que llamaban “Paco” y al que algunos clientes del Café Fornos sentaban a su mesa, como si de una persona se tratase. El perro Paco devoraba su comida, y esperaba a que el resto de los comensales finalizasen, para acompañarlos hasta la puerta del local. Decía el gran actor Enrique Chicote, abundando en la leyenda: "Cuando el perro Paco asistía a un estreno de teatro, si los chistes no tenían gracia, lanzaba un lastimero aullido entre las carcajadas del público, que premiaba al simpático chucho con una gran ovación".

Buen aficionado a los toros, acudía a las corridas y novilladas si se le invitaba y ocupaba su localidad como un aficionado más, hasta que una tarde de primavera, un mal aprendiz de torero, enfurecido porque no sabía dominar la faena, dio un estoconazo al perro Paco. Tanta fue la pena, que se hizo una colecta para levantarle una estatua en el Parque del Retiro, donde fue enterrado.
Ignoro si el perro que yo vi un amanecer frente al “Gato Negro”, el café cercano al Teatro de la Comedia, era el espíritu de Paco. Fue al final de una de esas veladas de trasnoche tertuliano, en las que uno se enreda en chácharas interminables. Ya de madrugada, mis contertulios, un perro sentado en la acera y yo, esperábamos la apertura del café. Al perro no lo conocíamos pero, también esperaba.

Bien lo comprobamos cuando, una vez abierto el establecimiento, el perro entró el primero, hizo unas carantoñas al camarero y este le sirvió un café con leche y un “suizo” en una cazuelita acostumbrada. “Viene todos los días, desayuna y, ya no vuelve hasta el día siguiente” se justificó aquel camarero más considerado con el vagabundo que con nosotros. ¿Sería Paco aquel perro campechano?

Mariano Torralba


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