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TERRORISMO BAJO EL PRISMA DEL HUMOR

[i]Burundanga[/i]: una ETA ridícula

sábado 20 de agosto de 2011, 17:06h
Actualizado el: 29/08/2016 22:07h
Burundanga, de Jordi Galcerán
Director de escena: Gabriel Olivares
Espacio escénico: Anna Tusell
Intérpretes: Eloy Arenas, Mar Abascal, César Camino, Marta Poveda y Antonio Hortelano
Lugar de representación: Teatro Maravillas. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

¿Qué haría usted si descubriera que ha invitado, sin querer y por error, a la cúpula de la organización terrorista ETA a su propio piso, reunida clandestinamente para su continuidad o su disolución? Situación dramática, angustiosa como una pesadilla, que probablemente le causaría más de una taquicardia. En “Burundanga”, de Jordi Galcerán, esta misma tesitura solo puede producirle una taquicardia… de risa. Con extraordinaria habilidad cómica, el autor de “El método Grönholm” ha empleado a fondo todo su ingenio para darle la vuelta al calcetín y presentar a repugnantes criminales como payasos grotescos, fracasados sin ideología, títeres ridículos, incompetentes sin personalidad y con la cabeza vacía, ilusos, en definitiva, que solo merecen la cruel mofa que el dramaturgo les aplica sin contemplaciones.

Ignacio Amestoy, cuya obra dramática se ha ocupado en profundidad del terrorismo etarra, no hace mucho llevó a los escenarios “La última cena”, donde el final agónico de un terrorista excedía los límites convencionales de lo trágico y lo cómico. Ahora Garcelán lo ha arrojado, con un violento y sarcástico empujón, al campo de juego de la más pura comedia para hacer reír al público ininterrumpidamente durante toda la función sobre un material a primera vista siniestro. La eficiente descarga de humor de “Burundanga” se ve notablemente enriquecida al absorber fórmulas extraídas de la inverosimilitud paródica de Jardiel Poncela y recursos cómicos que entroncan con Mihura y Gila, que Garcelán sabe sumar a la revolución teatral consumada por José Luis Alonso de Santos. Ninguno de estos puntos de entronque va en demérito del talento de Jordi Garcelán porque la valía de un creador también ha de medirse por los autores que ama, asimilándolos sin perder su propia personalidad. De Gila, Mihura y Jardiel, “Burundanga” extrae vueltas de tuerca que muestran situaciones costumbristas del revés que desembocan en avatares de un humor descacharrante e insólito. De José Luis Alonso de Santos toma la superación de los conflictos ideológicos para ser sustituidos por un conflicto de otra índole bien distinta: los triunfadores frente a los fracasados. Jaume Roldán, antiguo antifranquista que abandonó la lucha armada para convertirse en un empresario de éxito, encarna aquí a los triunfadores, hasta el punto de administrar su propio secuestro e impartir órdenes a los incompetentes secuestradores. Berta y su descerebrado novio etarra Manel se hallan en la línea divisoria entre los integrados y los delincuentes malogrados camino de la celda carcelaria. Gorka, jefe del comando, encarna al fracasado, el fosilizado, el eslabón perdido en la genealogía del terrorismo, el atrofiado que arrastra una ideología antidiluviana en la que ni él mismo cree y bajo la que se desmorona. Hasta el extremo de que cuando, en un arranque de sinceridad, confiesa: “¡Soy un mierdecilla!”, recibe las palabras de ánimo de su secuestrado: “¡No, hombre, no se sobrevalore usted!”

Llegados a este punto es imprescindible recordar en qué consiste la “burundanga”. Se trata del nombre popular que en países hispanoamericanos cercanos al trópico se le da a un producto similar a la “escopolamina”, dos sustancias preparadas con vegetales de la zona que producen un irresistible sopor, después un profundo sueño y finalmente, al despertarse, una amnesia total, en la que se olvida todo lo ocurrido desde que se bebió o inhaló. La “escopolamina” disuelta en una bebida o la “burundanga” inhalada a través de un cigarrillo, o simplemente respirada en el aire donde se ha soltado, permiten dormir y robar impunemente al vecino o al incauto viajero. Algo ante lo que usted debe estar alerta si no quiere verse como aquellos que tras una sospechosa compañía despertaron desnudos en la calle, desvalijados y sin la más remota idea de dónde, ni quiénes, les saquearon. A todas estas propiedades, la imaginación de Jordi Galcerán atribuye a la “escopolamina” una propiedad quimérica más: la de ser una especie de bebedizo mágico que obliga a decir la verdad –toda la verdad y nada más que la verdad- a aquellos que la toman.

Así que la “burundanga” bebida por el primer terrorista, Manel, nos descubre muchas verdades silenciadas, entre las que destacan su cabeza hueca, su vacío mental donde solo resuena la percusión de la música electrónica y su amor simple y verdadero por su novia Berta. Bebida la “burundanga” por el segundo terrorista, Gorka, se nos exponen otra porción de jugosas revelaciones, que aquí mantenemos en secreto, excepto el hecho de que su comportamiento no obedece a ninguna creencia política, de la que el personaje está completamente ayuno. Es así como Galcerán elude en su comedia cualquier confrontación entre ideologías políticas y apunta a motivaciones más simples: el sexo y la búsqueda de una humilde felicidad, a través de la cocina o el amor. Como en “Bajarse al moro”, de Alonso de Santos, los protagonistas terribles de “Burundanga” expresan su desilusión ante cualquier credo o alternativa social, para optar por la búsqueda de una felicidad personal. Por cierto, la “escopolamina” bebida por la compañera de piso, Silvia, nos informa de otras tantas revelaciones, de modo que trago a trago de “burundanga” vamos de sorpresa en sorpresa, de peripecia en peripecia insospechada, a través de imprevisibles giros tras los que aguarda una carcajada aún más grande que la anterior. Mediante su dirección escénica, Gabriel Olivares comprime esta alta tensión cómica en el pequeño recinto de una sala diseñada con el hiperrealismo de los apartamentos típicos de las comedias televisivas, lo que involucra aún más al público identificándolo con la ya conocida estética de los platós de televisión. En ese pequeño recinto –que aumenta la presión dramática con las viejas virtudes de la unidad de espacio y tiempo-, Olivares traza un movimiento escénico limpio, moviendo las piezas con eficiencia y precisión, de modo que la obra se articula con la exactitud que requiere el engranaje de la máquina de relojería cómica. Antonio Hortelano, y más todavía, César Camino, realizan una gran exhibición de trabajo corporal heredero del “clown”, fortaleciendo con la gestualidad lo jocoso del texto de Garcelán. Mar Abascal y Marta Poveda siguen su estela, por más que sería conveniente que ésta última replantee su respiración en escena, ya que los malabarismos fonéticos que le exige su personaje podrían dejarle nódulos en las cuerdas vocales. Eloy Arenas ofrece un contrapunto de sobriedad expresiva que, en definitiva, refuerza, por contraste, la comicidad de todos los personajes.

Sabemos que, psicológicamente, la risa adquiere una vibración mucho más intensa cuando logramos reírnos de nuestros miedos interiores. Por eso la carcajada teatral frente a un comando terrorista puede alcanzar una tonalidad particularmente vigorosa en esta comedia de Garcelán. Es incluso posible que la figura del “terrorista calzonazos” sea un hallazgo con futuro en el teatro venidero, estando tan firmemente asentado en la tradición del “miles gloriosus” de la comedia clásica. En este sentido, el humorismo pudiera tener un saludable efecto sobre nuestros miedos.

Sin embargo, más allá de la psicología, “Burundanga” parece estar escrita como fiesta jocosa con la que celebrar la superación de la herida terrorista. Lo que pasa es que esa herida no está cerrada, por más que los cálculos diesen por hecho una disolución de la banda criminal para estas fechas. El dogmatismo ideológico cerril que lleva al crimen o el odio que induce a profanar la memoria de las víctimas no se han cancelado. Pudiera ser que el humor anticipe o colabore en conjurar parte de ese odio. Pero hoy día la pieza de Garcelán, precisamente por su eficacia cómica, corre el riesgo más que probable de administrar “burundanga” no solo a los personajes, sino también a los espectadores. Altas dosis de “escopolamina” o “burundanga” distribuidas generosamente entre un cuarto personaje encarnado por el público, y no con el imaginario resultado de hacerle sentir o decir la verdad, sino con el efecto tóxico verdadero de esta droga: suministrándole sopor ante un peligro real, durmiéndole para que no sea consciente de los costes reales de la “disolución de la banda” y causándole una severa amnesia sobre los verdaderos actos de los delincuentes de quienes se ríe. El público podría despertarse moralmente desvalijado, desnudo en la calle y sin memoria de lo ocurrido. ¿No sería mejor disfrutar de un humor sin amnesia?
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