Los políticos, a quienes sólo interesa el teatro cuando lo utilizan, si de izquierdas distinguiendo a sus gentes y, si de derechas, premiando también a las mismas gentes; esos que mandan ahora y detentan el poder sobre el teatro como amos de sus escenarios, han hurtado de las tablas a Blanca Portillo, una de nuestras buenas actrices, a quien premian con una canongía remunerada, enriquecedora del bagage artístico de Portillo pero distanciadora de los escenarios que, ya solo vislumbrará desde su despacho de directora del Festival de Teatro Clásico de Mérida.
Blanca Portillo, la actriz madrileña que, con poco más de veinte años y licenciada en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (entidad expendedora de títulos universitarios), entró en la profesión, título y carné en mano, por la puerta de “Bodas de sangre” y prosiguió con clásicos y contemporáneos de primera línea, acumulando para su curriculo la mayoría de los premios que los cómicos reciben.
Lejos de aquella estudiante que en “Oleanna”, de David Mamet, exigía a su profesor una nota mayor que la obtenida de sobresaliente y que no se detenía ante ningún obstáculo para llegar a la cima deseada, Blanca Portillo (protagonista de la obra, junto a Joaquín Kremel, en 1994) no exigió nunca mayor nota ni reconocimiento alguno. Todos se lo dieron merecidamente; tan lo merecía que, para subir, no habría necesitado adscribirse a ninguna facción política -o al menos no haberse protegido tras el triste “cordón sanitario”, ni presumir de adversaria de la mitad del personal que sólo espera admirar su arte, desde la butaca de un teatro.
Se nos va -aunque ella afirme lo contrario- del lugar conseguido con mucho esfuerzo, sacrificio y talento, para sentarse en un sillón que, a nadie le importa; el puesto es político y, lo haga bien o mal, nadie aplaudirá o pateará su actuación. Portillo, más que nadie, percibirá la diferencia entre un aplauso a tiempo y un emolumento asegurado hasta que llegue la cesantía. Entonces desaparecerá, no por el foro, sino por una fría puerta hacia la nada y... Nadie aplaudirá.
