El central vasco Amorebieta y la federación venezolana de fútbol han coqueteado en las últimas semanas con la posibilidad de alejar al jugador de la selección española, con la que ha jugado en categorías inferiores. Tras mostrarse encantado con una posible convocatoria del país sudamericano -que finalmente se hizo efectiva-, el jugador del Athletic decidió rehusarla y guardarse la posibilidad de jugar con España. Este esperpéntico caso refleja el dilema que se presenta para los deportistas de doble nacionalidad. Luchar por ganar títulos para el Estado de “acogida” y el amor a los colores del país nativo se enfrentan en una batalla que condiciona la vida profesional de un futbolista. Evitar la lucha con compatriotas cualificados por un puesto en el combinado nacional desnivela, en ocasiones, la balanza patriótica. La polémica de los jugadores nacionalizados resurge.
Fernando Amorebieta, central del
Athletic de Bilbao, ha protagonizado uno de los casos que refleja con mayor claridad la peculiar situación que viven, en algún momento de su carrera, los jugadores que gozan de doble nacionalidad. La rocambolesca sucesión de decisiones adoptadas por el defensa de origen
venezolano, con coqueteó con la federación del país sudamericano incluido, ha desempolvado la polémica que genera la renuncia de algunos futbolistas a jugar con su selección –anteponiendo intereses personales al sentimiento patriótico de defensa de la propia nación-.
El universo del balompié se rige con eficacia a través de una serie de normativas que la
FIFA dispone, corrige y renueva sistemáticamente. Sin embargo, la rectitud del sistema organizativo permite algunas tretas que se cobijan en los bordes de la ley y que dan lugar a situaciones curiosas en relación a la doble nacionalidad y las selecciones nacionales. La argucia más representativa en este sentido pone en escena a un prometedor jugador -casi siempre menor de 25 años- que desempeña su carrera en el país adoptivo de turno. A pesar de haber nacido en otra nación o incluso continente, adquiere la nacionalidad del Estado donde compite con fines deportivos. Cuando su calidad en el terreno de juego florece, el profesional –y su entorno- se ve en la tesitura de
decidir qué colores defender y representar en las competiciones internacionales.
La extremada categoría de los compatriotas del país de origen en la misma posición en el campo inclina la balanza en el dilema y, en ocasiones, conduce al futbolista a la federación del país de la nacionalidad recién acuñada,
desechando el patriotismo a costa de la evolución personal. Fruto de esta lógica se han producido situaciones muy curiosas. En
Argentina se encuentran dos ejemplos muy significativos: el primero desde el punto de vista cronológico está protagonizado por
David Trezeguet. El delantero de la Juventus nació en Francia y jugó para los galos, a pesar del origen familiar argentino y del aprendizaje del balompié realizado en el país sudamericano, donde debutó (Platense). Sin embargo, Trezeguet decidió defender los colores franceses y se estableció en Mónaco. Fruto de esta decisión (evitando la competencia con delanteros como
Batistuta, Crespo, Messi o Tévez), el atacante consiguió la convocatoria para la nacional gala y se estableció como titular peleando el puesto con jugadores de menor nivel (
Dugarry, Wiltord o Govou). El resultado habla por sí mismo:
campeón del mundo y de Europa con Francia.
El segundo caso relaciona a Italia y Argentina. En esta ocasión el protagonista es el exquisito mediocampista
Mauro Camoranesi. Nacido en la provincia de Buenos Aires y criado en el balompié sudamericano desde 1995 (Club Atlético Aldosivi), el jugador llegó a Italia para jugar en el Hellas Verona y decidió nacionalizarse. Tras recalar en la Juventus, el centrocampista optó por intentarlo en la nacional transalpina evitando la pelea con jugadores como
Verón, Aimar, Zanetti o Mascherano, y prefiriendo medirse con
Perrota o Ambrosini, jugadores de manifiesta inferioridad técnica. El resultado ha sido inmejorable:
campeón del Mundial de 2006 (Argentina 0 nacionalizados 2).
Un caso familiar es el de
Marcos Senna. Nacido en Sao Paulo –Brasil- fue uno de los protagonistas de la histórica
Eurocopa de Austria y Suiza que elevó a España a los altares de este deporte. El medio del
Villarreal prefirió evitar jugársela con
Gilberto Silva, Juninho Pernanbucano o Ze Roberto. Como titular en la selección española el resultado fue espectacular tanto para él como para nuestro deporte.
Otra de las posibilidades que ofrece este recoveco es la pelea de federaciones por convencer al jugador. Cuando la calidad de un joven jugador de doble nacionalidad es desbordante, las federaciones se mueven con frenética voracidad para convocar y retener a la perla en su combinado nacional. El caso más cercano es el vivido por
Bojan Krkic. La esperanza de futuro blaugrana se vio en una complicada situación cuando contaba con 18 años. Después de asombrar en el
Europeo Sub-17 de Bélgica y lograr el campeonato con España, la selección serbia estaba planeando convocarle. Bojan nació en Lérida, pero su padre es de origen balcánico. La solución para el canterano del Barça fue la convocatoria de
Vicente del Bosque. El salmantino hizo debutar a Bojan anulando cualquier posibilidad de llamada serbia –
la FIFA ofrece la posibilidad de convocatoria de un futbolista si no ha debutado con la selección absoluta de un país, aunque si lo haya hecho en las categoría inferiores-. Por lo tanto, España se adelantó a
Radomir Antic y Bojan jugará para la selección ibérica en lugar de la balcánica.

Un caso romántico en medio de estas argucias alejadas de la poesía del deporte es el de
Frederic Kanoute. El delantero del Sevilla nació en la provincia francesa de Lyon y tiene doble nacionalidad ya que su padre es malí. A pesar de haber desarrollado su fútbol en la liga francesa, el excelente atacante decidió eludir los focos del éxito europeo y se enfundó la camiseta de la selección africana para defenderla sin complejos de tipo moral. Kanoute no ha podido saborear la gloria de jugar al lado de
Zidane y compañía en la final del Alemania 2006, pero si ha podido gozar del orgullo de ver progresar el balompié de Mali y participar en el desarrollo del país. Para Frederic sus
29 goles con la selección del país de su padre no se pueden comparar con ningún trofeo.