Lucha por la permanencia de los chiringuitos en la playa. Tras la amenaza del Ministerio de Medio Ambiente de retirarlos de la arena, “chiringuiteros” y consumidores se han armado con todos los instrumentos que tienen a su alcance. Cuando a una sociedad le quieren prohibir los “ingredientes” de su cultura, ésta se rebela contra el poder. Toda regulación a favor de la salud pública o del Medio Ambiente que ataque de alguna manera la forma de vivir de los españoles está abocada al fracaso. El pueblo prefiere el chiringuito a la bandera azul.
"Playas con chiringuitos", "Los chiringuitos están perfectamente ubicados. ¡Perfectamente!", "No al cierre de los chiringuitos", "Sí a los chiringuitos", "Salvemos a los chiringuitos", "No a la ley de anti-chiringuitos", "Por una España con chiringuitos", "Que no me toquen los chiringuitos"... Estos son algunos de los nombres de las decenas de grupos creados en Facebook durante las últimas semanas en contra de las amenazas del Ministerio de Medio Ambiente de retirar estos establecimientos de las playas. Miles de personas han mostrado su indignación por una iniciativa que, por muy buena que sea para el Medio Ambiente, es vista como un ataque a la cultura y a la manera de vivir española.
Comentarios de todo tipo circulan en esta red social, ninguno a favor del Gobierno. Los españoles quieren seguir disfrutando de la playa tal y como lo han hecho hasta ahora, y más en estos tiempos de crisis económica. Los chiringuitos hacen la vida más agradable y muchos escriben que "no hacen daño a nadie".

Según el sociólogo
Amando de Miguel, “ésta es una de las reacciones típicas de la sociedad española ante un caso típico de arbitrismo”. La amenaza a los chiringuitos no es un hecho aislado en nuestra historia. El profesor recuerda el
Motín de Esquilache: al ministro de Carlos III “se le ocurrió cortar las capas y doblar los sombreros de los españoles” y ahora, al igual que en el siglo XVIII, cuando un orden municipal pretendía cambiar la vestimenta de los madrileños,
la sociedad española reacciona ante estas medidas que buscan suprimir “formas de vida simpáticas de una cultura en aras de extremismos higiénicos” y, en este caso, medioambientales,
explica De Miguel a este periódico.
Miles son los ejemplos de medidas “arbitrarias” contra aspectos que atañen a la manera de vivir de los españoles: hubo un intento de suprimir
las tapas para evitar intoxicaciones; en los años 40 el Gobierno exigió a los restaurantes ofrecer
“el plato único” como medida de ahorro; la ministra Salgado consideró al
vino una “bebida alcohólica peligrosa” para la salud… Pero a los españoles nos gusta que nos pongan un pincho o unas aceitunas cuando tomamos una caña y disfrutamos con tres platos en un almuerzo que dura horas que siempre acompañamos con un buen vino. Es nuestra manera de vivir y, como explica De Miguel,
“ir en contra de las costumbres de un pueblo es absurdo. Eso no es progreso”. La cultura local debe de ser respetada, preservada y protegida por los poderes públicos. De no ser así, se producirá el efecto contrario: el pueblo se rebelará y valorará todavía más ese elemento atacado. Esto pasó con el intento de retirada del
toro de Osborne. Cuando quisieron eliminarlo, la reacción popular convirtió este logo publicitario en un símbolo identitario español de tal magnitud que ahora se exhibe junto a la bandera nacional. El toro es España.

A los españoles nos gusta conversar, estar con los amigos en la calle y al aire libre y los chiringuitos sacian estas necesidades. Los veraneantes, explica a EL IMPARCIAL el presidente de la
Asociación de Chiringuitos de la Costa Tropical, Francisco Trujillo, “buscan la sombra, tomar un refresco o unas sardinas, sentarse a disfrutar de la brisa del mar…”. Es por eso por lo que los "chiringuiteros" se oponen al cemento.
Porque no sólo con argumentos económicos se puede justificar la batalla contra la política “anti-chiringuitos”. Es cierto, la interpretación de la
Ley de Costa realizada por
Elena Espinosa amenaza a
4.000 establecimientos que facturan 500 millones de euros al año y provocaría la destrucción de
40.000 empleos.
“Cierta contaminación perniciosa es necesaria” para poder disfrutar de las tradiciones y mantener el estilo de vida, considera el sociólogo. Los chiringuitos, según Laura González, técnico medioambiental, no producen impactos significativos. "
La playa no es un ecosistema vivo. No hay vegetación que pueda verse afectada por la actividad de los chiringuitos. Estos establecimientos no dañan el habitat natural de especies animales y vegetales puesto que no existen", afirma esta especialista. El impacto visual en el paisaje y la contaminación indirecta de los residuos que genera la actividad del sector son los dos tipos principales de daños medioambientales. Aún así, precisa la experta, "esta contaminación indirecta se evitaría con una adecuada gestión de residuos" y el mantenimiento correcto de la playa.
Chiringuitos con historia
En contra del cemento y de los paseos marítimos, Francisco Trujillo defiende que detrás de los chiringuitos hay una
historia de más de 60 años. No se trata de establecimientos de nueva creación, "forman parte de la playa y tienen que estar sobre la arena. Son un símbolo en la costa andaluza que ya existía cuando todavía se vivía del turismo”. En los 90, los “chiringuiteros” adaptaron sus negocios a los criterios que establecía el reglamento desarrollado por la Ley de Costas. Por eso, ahora, si no ha cambiado la ley ni su reglamento, no entienden porque les amenaza el Ministerio de Medio Ambiente.
“ Una playa sin chiringuitos no contaría con los servicios mínimos”, asegura Trujillo porque, además de cervezas y sardinas, “muchos acuden a nosotros en busca de vinagre para curar las picadas de medusas”. “¡Somos incluso el botiquín de la playa!”
Ante la incertidumbre creada por la amenaza ministerial, los “chiringuiteros” no pueden de momento renovar los contratos ni preparar la nueva temporada de verano. Como contrapartida, reciben el apoyo de la sociedad española que no sólo valora sus servicios sino que se identifica con ellos. Todo esto porque, según Trujillo, "todo el mundo, y no sólo los que tienen una casa o una urbanización a pie de playa, tienen derecho a tomar una cervecita disfrutando de la brisa del mar".