El vigente campeón busca la Duodécima y hacer historia en la era Champions League.
"Aquí parece que todos nos hemos criado en Beverly Hills". Así respondía Sergio Ramos a la campaña lanzada por el Atlético de Madrid antes de la resolución de las presentes semifinales de la Liga de Campeones. El capitán merengue reaccionaba de este modo a las suspicacias alzadas, en el fragor de la rivalidad del derbi capitalino, sobre el sentimiento de arraigo de la plantilla y masa social madridistas. "Sudor, esfuerzo y sacrificio", fueron los valores que relacionó el central con la institución de Chamartín hace un año, en los aledaños de la final de San Siro. Pues bien, a estas alturas de calendario y de siglo XXI, todo cabe en el caldero de un Real Madrid que, al fin, ha encontrado la estabilidad y continuidad necesarias para aspirar al doblete -que no cosecha desde 1958- y a inscribir su nombre en la historia del balompié como el primer club, en la era Champions League, que conquista Europa en dos cursos consecutivos. Una gesta sin precedentes en las 25 ediciones del torneo continental más ilustre. El Milan de Capello (que enterró al Barça de Cruyff), el Ajax de Van Gaal, Kluivert, Finidi, Overmars, Litmanen y compañía (ganador en el 95 y subcampeón en el 96), la Juventus de Lippi, Del Piero y Zidane (que venció en el 96 pero perdió las dos finales siguientes) y el Manchester United de Ferguson, Giggs, Ronaldo y Rooney (triunfador en el 2008 pero doblegó la rodilla ante el mejor Barça de Guardiola) son los únicos equipos en contexto similar.
El caso es que la ancestral incapacidad del coloso madrileño para encadenar varias temporadas exitosas y, sobre todo, acercarse a la victoria simultánea en Liga y Copa de Europa es una anomalía rotunda. En su última etapa, la del primer y segundo mandato de Florentino Pérez, la enditad de Concha Espina se ha acercado más a la aureola hollywoodiense de los Lakers que a la de un equipo de fútbol. Porque ha poblado su camarín de estrellas, sacrificando la dinámica que cohesionaba a sus proyectos en favor de parámetros financieros y desprendiéndose de piezas clave para traer otras más pomposas, aunque ocuparan roles diferentes. Así, Makelele, Di María y Xabi Alonso figuran en el pasivo de la gestión de una plantilla que ha estado sometida a revoluciones cíclicas, con cinco o seis fichajes nucleares cada tres temporadas y metamorfosis en el estilo de los entrenadores. El peso de la inigualable fama y presión (en el ámbito del balompié) aparentaba apresar a un club acostumbrado a vivir como un nómada camaleónico, que mudaba la piel y se cambiaba de territorio para seguir sobreviviendo a sí mismo. Para seguir ganando. Así desfilaron y cayeron Del Bosque, Queiroz, Camacho, García Remón, Luxemburgo, López Caro, Capello, Schuster, Juande Ramos, Pellegrini, Mourinho, Ancelotti y Rafa Benítez. Trece preparadores en una horquilla de 13 años. Sólo el técnico luso, responsable de la simiente de competitividad que germinó con sus herederos, disfrutó de tres temporadas seguidas en la marejada continua que ha retratado los vaivenes de ideas futbolísticas y perfiles de futbolistas en Valdebebas.
La rocambolesca llegada al timón de Zinedine Zidane, culminada con un renacimiento legendario en cuanto al compromiso y el rendimiento colectivo del vestuario que desembocó en la Undécima (sorpresiva y promocionada por un sorteo ciertamente favorable), ha reafirmado la virtud de la quietud y el sosiego en el planteamiento de un proyecto. Así lo entendió Pérez, al fin, y después de toparse con que su apuesta populista facturó un inesperado techo glorioso en la final de Milán apartó sus impulsos (sálvese el caso De Gea) para apostar por el asiento y la perdurabilidad. Así, el mercado estival de 2016 resultó un oasis calmado en el encuadre madridista: Asensio y Morata resultaron las únicas incorporaciones (uno cedido y el otro, proveniente de la Juve) para un gasto pírrico de 30 millones de euros. Y, sobre todo, se alcanzó a retener el grueso de la plantilla campeona del Viejo Continente, con todos los puestos cubiertos por dos nombres internacionales. Isco y James, elementos devenidos en trascendentales en la consecución liguera, aceptaron ceder minutaje para aportar al grupo y Kovacic se confirmó como el recambio de Casemiro, el único peón indispensable para el equilibrio ganador de cualquier esquema. Esta vez mandó el verde y toda la entidad disfruta de los réditos de tal directriz.
Dicha postura conservadora, entendida como equívoca por el presidente del club durante mucho tiempo, ha provocado que una de las mejores plantillas del mundo haya podido suturar las lesiones de larga duración de Gareth Bale, Luka Modric, Casemiro, la pareja de Ramos en el centro de la zaga o el infortunio de Keylor Navas. La continuidad evidenció su efecto certero, regalando a Zidane la siembra para ganar legitimidad tras el crédito sobrevenido con la Undécima. Y el técnico galo aprovechó la alternativa, alimentando el paso al frente de secundarios como Nacho, Marco Asensio, Lucas Vázquez, Matteo Kovacic o Mariano, en una gestión ejemplar de la nómina a su cargo. El colchón que supuso la respuesta positiva de un grupo de jugadores que reclamaban más minutos y se sintieron parte importante de la dinámica, por el cauce de la política arriesgada de rotaciones, edificó un ramillete de variantes que el estratega galo supo usar. De su suicida e integrista premisa de repartir descansos han aterrizado a tiempo el mejor cierre de ejercicio paladeado por un Ronaldo en punto de ebullición, la recuperación de ritmo de la brújula Modric o la evolución de menos a más del descodificador Benzema, tan importante en el sistema de juego que si él brilla, lo hace el conjunto. "Este año ha sido muy bonito porque hemos sido todos importantes, y por eso hemos ganado la Liga y estamos en la final de Champions", analizó el goleador portugués, que es candidato a su cuarta Liga de Campeones y su quinto Balón de Oro, con 40 goles (25 dianas en el entorchado liguero, 14 en competición europea y 10 en Copa de Europa).
Los datos exponen una fracción básica de la filosofía de Zizou. Los madrileños han sido el equipo más goleador de la Champions (32 goles, por 28 de su perseguidor, el Borussia Dortmund), son perseguidos por una racha de 64 partidos anotando un gol de forma concatenada, Cristiano es el segundo pichichi y mejor asistente de la competición continental (seis pases de gol, dos por detrás del registro de Messi) y es el líder en disparos totales (226, por los 188 del Bayern, segundo clasificado), tercero en porcentaje de acierto en el pase (88%, sólo por detrás de Bayern y Barça) y Kroos y Modric son segundo y séptimo en el Top-10 de jugadores con más pases completados. Además, es el bloque con más goles de cabeza, córners lanzados, centros intentados y completados de la competencia (de ahí la preeminencia de los laterales en el ajedrez que maneja el dominador del balompié de España).
Precisamente en la jurisdicción de lo doméstico, donde se escruta la regularidad, la relación estadística explica que su puesta en escena les llevó a ser punteros en 33 de las 38 jornadas, a encadenar 40 duelos como invicto, pero también a encajar 41 goles. En competición europea esa cifra se dispara hasta las 17 dianas concedidas, un monto que les coloca como la tercera peor defensa. Sólo mejora al Legia de Varsovia y al Monaco. Este indicio final, síntoma a lo largo de la temporada, pareció neutralizarse cuando Ramos, Ronaldo o cualquiera cerraban los tres puntos o el empate de turno que salvaba la inercia de imbatibilidad mencionada. Pero cuando se rompió esa trayectoria que salvaguardaba los muebles, quedó al desnudo el gusto sui generis de este equipo por abrazar la épica y lo agónico. Los cuartos de final ante el Bayern, las semis ante el Atlético o un buen puñado de duelos ligueros refutan ese caminar por el filo que les ha condecorado como el club de mejor ratio goleador en el último cuarto de partido y, de paso, les ha arrebatado la sonrisa en varias fechas. "Hasta el final" es uno de los lemas de la tribuna y el vestuario, pero se antoja que lo han llevado demasiado a la radicalidad durante buena parte del año.
La predisposición guerrera, contestataria frente al devenir, es uno de los puntos identitarios del finalista y rival de la Juve. Su tendencia a aceptar y soltar las riendas del juego les ha llevado, en multiplicidad de episodios, a dormitar y despertar, con urgencia, en un mismo enfrentamiento. "Es normal", ha asegurado con asiduidad machacona Zidane en las ruedas de prensa en que ha comparecido a lo largo y ancho del curso. Pero ese inexorable intercambio de fases de dominio monopolístico y reclusión doliente, que muy a menudo les ha costado goles encajados y el trazo de remontadas apresuradas, susurra la vigencia de la complacencia que ha negado al Madrid, durante tantos años, la oportunidad de celebrar en Cibeles un doblete. Las lagunas de concentración, apagones de intensidad y desatenciones de algunos peones distinguidos técnicamente a las labores en fase defensiva (desequilibrando al colectivo) son los fantasmas sistémicos que también han penado esta temporada. Sin embargo, el refresco de los nombres en competición ha sido el antídoto con el que Zinedine ha amainado tales agujeros perniciosos para la candidatura merengue a cualquier torneo. "Tú sabes, hace parte y en la temporada larga como es vamos a sufrir", avanzaba el francés y repetía en cada encrucijada hasta llegar a esta cima.
Este sábado se miden a la antítesis de la irregularidad y del galope de lo improvisado. La Vecchia Signora es el rigor y la consistencia llevadas al grado sumo, por lo que no caben descuidos tácticos en el despliegue coral que demanda la cita. La plantilla lo conoce y también se sabe superior técnicamente, por lo que se trata de reproducir la intensidad física y mental con que conquistaron la ribera del Manzanares en Liga o el Allianz Arena bávaro (ejemplos paradigmáticos). Casi siempre han dado por supuesto los futbolistas que participaban en un envite ante el Madrid que éste iba a anotar, al menos, un gol. También lo tiene asumido el protagonista, de ahí nace su seguridad. Pero esta vez se atraviesa la mejor defensa del torneo (sólo tres goles en contra) y uno de los muros más venenosos que se recuerdan (como atestigua Luis Enrique). También el hambre de un aristócrata que pelea por recobrar su estatus después de más de una década sin verse en este elevado escenario cuenta en la receta, por lo que la concentración, más que los detalles tácticos a pulir por el cuerpo técnico merengue en los días previos al combate, es un epígrafe de cumplimiento obligado. Sin duda.
Así pues, la primera aventura sosegada de Florentino Pérez le ha posicionado como el presidente que puede alcanzar la unicidad en la historia de la entidad capitalina, si sus asalariados repiten Champions. Y a Zidane como un busto digno de ser esculpido en alguna de las infraestructuras del club. No es un brete sencillo, ni mucho menos, pero a nadie se le escapa el favoritismo de los españoles. Su mayor fondo de armario y la atmósfera que les circunda, de seriedad en los propósitos y confraternidad en lo endógeno de su convivencia, les contemplan como el equipo que más cerca ha tenido la gesta que constituye la empresa que enfrentan. La mejor versión es requerida, esa que controla el balón y golpea con centros de Marcelo y Carvajal, con el manejar entre líneas de Isco y Benzema o con las jugadas de pizarra; o esa otra que se hace examinar la solidez de su achique para perforar al vertignoso contragolpe. El test psicológico será soberano, pues la paciencia ha de lucir con vitalidad, la puntería debe resplandecer y de los cortafuegos tras pérdida es necesaria su aplicación industrial. Aún así, ojo, porque, como ha sido tendencia en estos nueve meses, la calidad madridista se ha adelantado a cualquier otro parámetro propio o ajeno de manera tozuda. El misticismo de la amenaza perenne les pertenece y es un factor que acompleja fácilmente a los oponentes.