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ORIENT EXPRESS

Sobre el antisemitismo de izquierda

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 02 de mayo de 2021, 20:11h

Se suele escuchar a menudo en los círculos de izquierda. Lo repiten los que frecuentan el mundo de la “cultureta” y el “moderneo”. Es una consigna que abre puertas y sirve como salvoconducto ideológico en determinados medios: “yo no soy antisemita, lo que soy es antisionista”. A veces, el tópico se formula en comparación con los nazis –“están haciendo con los palestinos lo que los nazis hicieron con ellos”- o con la Sudáfrica del Apartheid.

Si el interlocutor responde, si cuestiona la voz de mando o la fórmula establecida, se comenzará a desplegar un arsenal cuidadosamente seleccionado para que el discrepante no se atreva a cuestionar las autoridades invocadas: Amnistía Internacional, pongamos por caso, o la Asamblea General de Naciones Unidas y su famosa resolución 3379 (XXX) de 1975 que identificaba el sionismo con el racismo y la discriminación racial. Si usted responde que esa resolución -una de las más infames de las muchas que ha tenido la organización internacional- fue un triunfo de la influencia soviética contra Israel, obtendrá miradas de desaprobación. La URSS, a fin de cuentas, ya no existe. Si usted recuerda que otra resolución posterior -la 46/86- revocó la de 1975, probablemente lo dejarán como un caos imposible y ciertos ambientes intelectuales -esos que la propaganda comunista arrasó durante décadas- se convertirán para usted en territorio vedado.

Porque de eso se trata: de la formidable eficacia de la propaganda comunista.

El antisionismo tuvo, antes de la II Guerra Mundial, varias dimensiones. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, había judíos religiosos que se oponían a la fundación del Estado de Israel esgrimiendo argumentos religiosos. Los judíos marxistas aspiraban a la liberación de su pueblo junto al resto de la humanidad. Los revolucionarios del Bund creían que había que combatir allí donde uno estuviese. Los asimilados reivindicaban que no habían buscado la aceptación de sus conciudadanos para decir ahora que eran diferentes y que querían su propio Estado.

La II Guerra Mundial cambió todo eso. El Holocausto marcó un trágico hito en la historia del pueblo judío y, naturalmente, en las organizaciones sionistas. La destrucción de los judíos de Europa conmovió a la humanidad no sólo por la magnitud del crimen, sino también por el heroísmo de la resistencia judía en los guetos, en los campos, en los bosques y en otros lugares. Decenas de miles de judíos se unieron a grupos partisanos en Europa Central y Oriental o engrosaron las filas del Ejército Rojo. Estaban en las células de organizaciones de resistencia desde Lituania hasta Italia. El gran actor yiddish Solomón Mijoels (1890-1948) presidía el Comité Judío Antifascista. Si alguien había dado ejemplo de lucha contra los nazis, eran ellos. No debe sorprender, pues, que -en los primeros años- la Unión Soviética apoyase a Israel en la esperanza de poder atraer al recién nacido Estado judío democrático a su propia órbita de poder.

Sin embargo, la Guerra Fría disipó ese proyecto ya desde 1949-1950. La doctrina Zhdanov, que dividió al mundo entre “imperialistas”, sometidos a los Estados Unidos, el Reino Unido y las demás potencias occidentales, y las “democracias”, lideradas por la URSS, reservó a Israel un lugar especial entre los enemigos del pueblo, mejor dicho, de los pueblos. La propaganda soviética transfirió al sionismo los atributos del nazismo. El asesinato de Mijoels en Minsk (1948), la detención de los miembros del Comité Judío Antifascista (1948-1949) -trece de ellos fueron ejecutados en 1952- y, más claramente, el llamado “Complot de los médicos” (1953) fueron las primeras manifestaciones del antisionismo como doctrina. Durante las décadas de 1950 y 1960, nacen buena parte de los tópicos que hoy repite esa intelectualidad de izquierdas: el Estado colonial, imperialista capitalista, aliado de los Estados Unidos, opresor de los árabes, racista, xenófobo, militarista…

Mientras la URSS y sus satélites -por ejemplo, la República Democrática Alemana- suministraban fondos, armas, y entrenamiento tanto a los Estados árabes enfrentados a Israel como a las organizaciones terroristas palestinas, la revista satírica Krokodil -una de las más influyentes en la URSS a través del humor- representaba a Moshé Dayan como un nuevo Hitler brazo en alto. Los partidos comunistas de toda Europa tomaban partido por los “pobres” contra “los ricos” en el conflicto árabe-israelí. Se intenta negar su derecho a existir. Se trata de estigmatizar sus acciones. Se le aplica un constante doble rasero respecto del resto del mundo. En 1983, el KGB impulsó la creación del Comité Antisionista del Público Soviético a fin de desacreditar el movimiento de judíos que querían emigrar a Israel. Al frente puso, naturalmente, a un héroe de la II Guerra Mundial judío: David Abramovich Dragunsky (1910-1992). A los judíos antisionistas se los utilizaba con éxito en conferencias y actos públicos.

Así, como parte de un fenómeno que Pierre-André Taguieff ha descrito como “nuevo antisemitismo”, el odio a Israel fue camuflando el odio a los judíos. La narración del Holocausto en la URSS se integró en el relato de los “crímenes del fascismo”. Casi parecía de mal gusto hablar de seis millones de judíos asesinados cuando la URSS había tenido 27 millones de muertos. El interés por subrayar las evidentes especificidades del Holocausto se presentaba como egoísmo nacionalista.

El camino de la propaganda comunista iba del sionismo al fascismo para terminar en el nazismo. De ahí surge el imaginario de las pintadas que equiparan las estrellas de David a las esvásticas. Brota de ahí el ideario que asimila sionismo y “apartheid”. He ahí la fuente de ese antisemitismo que no se atreve a decir su nombre. El boicot a Israel -el infame BDS- tiene unas raíces tan antisemitas como el boicot a los comercios de los judíos que los nazis organizaron el 1 de abril de 1933, apenas dos meses después de que Hitler llegase al poder.

El antisemitismo es un discurso de odio que sigue caminos tortuosos. Se reviste de distintos disfraces. Se camufla en causas aparentemente justas hasta que termina corrompiéndolas. Es transversal y multiforme. Lo alimentan las ideologías totalitarias como el nazismo, el comunismo, el islamismo y el yihadismo. Goza de prestigio -con el nombre de antisionismo- en esa izquierda europea intoxicada por décadas de propaganda comunista.

Ese discurso, como las demás formas de antisemitismo, no debería tener cabida ni en la vida pública española ni en la del resto de nuestro continente.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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