La frase infinita es una frase espléndida, más atractiva desde luego como título para el lector que “el arte de existir contra los hechos” (L’arte di esistere contro i fatti), que es el título de la edición póstuma que Marco G. Ciaurro preparó y prologó en 2017 de tres textos del filósofo italiano Aldo Giorgio Gargani (Génova, 1933-Pisa, 2009), que había sido su maestro; una edición que ahora, agotada, es muy difícil de encontrar.
La traducción de Pilar González Rodríguez —la primera al español de una obra de Gargani, a quien Jean Pierre Cometti ha traducido al francés en varias ocasiones— no incluye el prólogo de Ciaurro ni advierte de la procedencia de ninguno de los textos, que se remontan a la década de los noventa: “La frase infinita. Thomas Bernhard e la cultura austriaca” se publicó en 1990 e Il pensiero raccontato. “Saggio su Ingeborg Bachmann” en 1995; el último capítulo, “I linguaggi della cultura austriaca”, apareció en Comparatio: Revue internationale de littérature comparée en 1991.
Los tres textos forman ahora una unidad y resumen, con cierta exactitud, la carrera filosófica de Gargani, que empezó en 1966 con una monografía sobre la relación del lenguaje con la experiencia en la obra de Wittgenstein y terminaría en 2008 con otra monografía sobre Wittgenstein: Musica, parola, gesto. En 2020, durante un homenaje conmemorativo celebrado en la Universidad de Bolonia, Gargani fue presentado como el mayor filósofo italiano de la segunda mitad del siglo XX.
“La frase infinita” es una frase de Thomas Bernhard que Gargani no usa en el cuerpo de texto; en su lugar, parafrasea repetidamente la convicción expresada por Bernhard —si convicción no es una palabra inapropiada tratándose precisamente de Bernhard— de que “la escritura se convierte fundamentalmente en el ejercicio de un análisis crítico que deconstruye la escritura concebida como descripción verdadera de algo” (p. 18; el énfasis es de Gargani).
Por el contrario, “el arte de existir contra los hechos”, que también es una frase de Bernhard, aparece literalmente en numerosas ocasiones y se constituye en la clave de la exposición de Gargani: “Es el propio pensamiento el que sale transformado de la obra de Bernhard, en el sentido de que si el pensamiento significa por lo general coherencia analítica y correspondencia con la realidad, lo que Bernhard pone de relieve es la perturbadora actividad de la mente, que no se manifiesta en el pensar, sino en el pensar contra” (p. 43). La frase se solapa, incluso, al “pensamiento narrado” con el que Gargani trata de explicar la obra de Bachmann (pp. 95-6).
Como todos los grandes germanistas italianos, de Furio Jesi a Claudio Magris, Gargani ha tenido que sortear la dificultad de emplear inequívocamente los términos: filosofía, cultura o literatura no dicen exactamente lo mismo y, sin embargo, no es posible estudiar sus lenguajes sin correr el peligro de la confusión, que se extiende a los dominios de la música, la pintura, la arquitectura e incluso el periodismo. Por otra parte, “austríaca” no es lo mismo que “vienesa” o “centroeuropea”. Para todo ello ha de haber una correspondencia que no sea ficticia o mágica ni meramente histórica o historicista.
De hecho, que la haya —que haya una correspondencia o metáfora entre el ser y el pensar, mediada por el lenguaje— es el hecho mismo contra el que se dirige todo el “pensamiento narrado” y la “frase infinita” que Gargani estudia, mimetizando los procedimientos ideológicos de Bernhard y Bachmann para sustraerse, como se afirma en la última página del libro, a la locura y la muerte.
Hermann Broch, que fijó con su estudio sobre Hofmannsthal y su época la falsilla sobre la que han escrito, antes y después de él, todos los germanistas, advirtió que no había nada en la “cultura austríaca” que fuera original. Tampoco la “disolución de la epistemología fundacional” lo es. Roberto Vivero ha tenido la genialidad de referirse al anständiger Sophist para hablar de Wittgenstein. Por decente que sea, sin embargo, la sofística no es nunca preferible a la filosofía, que huye de la sofisticación. En la célebre Carta a lord Chandos, Hofmannsthal ofreció la pauta de lectura de toda la “cultura austríaca”, que llega hasta los epígonos Bernhard y Bachmann, al reconocer que había evitado a Platón (Platon vermied ich).