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Ikea y la carne de cerdo

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
“¿Es posible que las generaciones futuras contemplen nuestra producción de comida y nuestras prácticas alimentarias aproximadamente como ahora contemplamos los espectáculos de Nerón o los experimentos de Mengele?” Así dice la pregunta que planteó David F. Wallace en Hablemos de Langostas, un largo artículo dedicado al festival de la langosta que se celebra anualmente en Maine. La costumbre, allí y aquí, es echarlas vivas a la olla de agua hirviendo, donde manotean entre convulsiones hasta morir. Con ese fin se las mantiene en contenedores de agua salada, las pinzas atadas con bandas elásticas para que no se destrocen unas a otras. Algo parecido se hace en las factorías avícolas, donde se despoja de su pico a los pollos para caldo y a las gallinas ponedoras. Metidas en espacios reducidos, agobiadas por el estrés de la cautividad, las gallinas se vuelven locas, como los cerdos confinados en factorías porcinas (lo habitual es cortarles el rabo para que no se los arranquen a mordiscos) y otros animales a los que se explota industrialmente. Gracias a estas prácticas comen diariamente carne millones de seres humanos.

Wallace escribió su artículo para una revista de gourmets, aunque no le constaba que estos suelan interrogarse por el sufrimiento de los animales que ingieren. ¿Qué convenciones éticas han adoptado para eludir la cuestión?, se pregunta el escritor. El gourmet podría objetar que una cosa es preocuparse de la comida y otra perderse con especulaciones a propósito de ella. Un buen comensal se limita a buscar el placer sin arruinarlo perorando sobre cuestiones inútiles. Ningún depredador se detiene a pensar en el sufrimiento de su presa. Si el hombre lo hace hoy es debido a una hipertrofia de su sensibilidad o a una pérdida de sus referencias naturales, nada razonable en definitiva.

El hombre actual inflige una violencia industrial sobre los animales. El derribo a golpes de focas en los bancos de hielo o la tortura de cobayas en los laboratorios resultan piadosos comparados con el trato científico-capitalista de las modernas granjas. Ahí apenas son materia prima, como piedras de cantera. En 1972 Marguerite Yourcenar habló de esto es un artículo titulado Une civilisation à cloisons étanches. Compartimentos estancos son tanto los lugares donde se confina al animal para su explotación como los prejuicios que favorecen nuestra indiferencia. El hombre no se compadece de los males que no ve. Por eso la misma gente que se horroriza con las corridas de toros pueden ser aficionada al macpollo. Elizabeth Costello, protagonista de la novela homónima de Coetzee, cree que esta actitud se parece a los de los alemanes con los campos de concentración: hacían como que ignoraban su existencia y se lavaban las manos.

La relación de los hombres con los animales se ha complicado mucho. Los mataderos industriales han proliferado al mismo ritmo que las clínicas veterinarias. Se habla de derechos animales, la ciencia niega que entre ellos y nosotros haya discontinuidad ontológica, proliferan los animales de compañía. José Lasaga hablaba hace ya veinte años de una especie de envidia alimentada por la creencia de que el animal vive en el eterno presente del instinto y nosotros en el pasado y el futuro, fuente de la culpa y el miedo. Este sentimiento nos habría llevado a protegerlos de nosotros mismos y a proyectarles ciertas propiedades humanas que favorecen la tendencia a no percibir lo que nos distingue de ellos.

Esto explica las contradicciones. Piensen en la reciente decisión de Ikea de no servir ya carne de cerdos castrados, criados en jaulas estrechas, con la cola amputada. Está bien que se escuche a quienes protestan contra la explotación industrial del ganado, pero: ¿cómo casa esto en un mundo que mide la riqueza nacional en kilos de carne consumida? Cuesta creer que lo que no valía para el toro bravo valga ahora para el cochino.

Naturalmente, hay que aplaudir cualquier forma de piedad. Los únicos perjudicados serán los gourmets. La castración se lleva a cabo tradicionalmente en muchos países europeos porque se piensa que el cerdo macho que llega intacto a la parrilla deja un olor desagradable. No se sí esto es peor o no que arrojar una cabra desde el campanario. Lo único cierto es que los españoles no percibimos ese olor y por eso no acostumbramos a castrar a los marranos. Es posible que el olor a político podrido tape todos los demás.

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